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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Ad Astra: cuando el viaje a las estrellas se trata, en el fondo, de reencontrar al viejo

La película de James Gray lleva a Brad Pitt desde la Luna hasta los confines del sistema solar, pero el motor de la historia no es la exploración: es un hijo que todavía busca a su padre y necesita entender quién fue realmente.

MC
Melina CortezCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Ad Astra: cuando el viaje a las estrellas se trata, en el fondo, de reencontrar al viejo

Hay algo que me sigue pasando cada vez que alguien me recomienda una película espacial: imagino la butaca, la fila del cine, el momento en que las luces se apagan y arranca la música. Con Ad Astra, la promesa era la de siempre: naves, planetas, soledad. Y sin embargo, lo que terminé llevando a casa no fueron las imágenes de la Luna o de Marte, sino esa sensación que te queda cuando un personaje mira al vacío y, sin querer, te hace pensar en tu propia mesa familiar.

La película se llama Ad Astra y la dirige James Gray, un realizador que suele contar historias íntimas disfrazadas de géneros grandes. Esta vez, la apuesta es ciencia ficción, con fotografía de Hoyte van Hoytema, ese holandés que también se lució en Interstellar y en Dunkirk. La historia tiene a Brad Pitt como Roy McBride, un astronauta modélico, de esos a los que les miden el pulso y la presión hasta en mitad de una tormenta solar, y que aun así mantiene el pulso casi en reposo. Un tipo entrenado para no quebrarse. Un tipo que, justamente por eso, se rompió hace mucho, cuando su padre se fue.

Un padre desaparecido, un hijo que se quedó esperando

El punto de partida es conocido: el viejo de Roy desapareció hace décadas, durante una expedición que buscaba vida inteligente más allá de los límites del sistema solar. La versión oficial, durante años, fue la del héroe muerto en acto de servicio. Pero el espacio guarda sus secretos, y de tanto en tanto llegan señales. Una de esas señales, que presagian algo raro en el rumbo de la nave del padre, es lo que pone en marcha la nueva misión. A Roy lo convocan para ir a buscarlo. O, en el peor de los casos, para cortar la comunicación de forma definitiva.

Lo que más me gusta de cómo está escrito el personaje de Brad Pitt es esa calma tan trabajada, tan de manual, que en realidad es una manera de sobrevivir. Roy contesta, acata, informa su ritmo cardíaco. Pero por dentro hay un pibe que todavía quiere impresionar a un padre que nunca está. Esa pelea interna es, para mí, el verdadero motor de la película, más que cualquier persecusión o batalla en la superficie de un planeta.

La Luna, Marte y el silencio como escenario

Visualmente, la película aprovecha cada parada para reforzar el estado de ánimo del protagonista. La Luna aparece como un lugar casi laboral, con colonias ya instaladas y hastaribus espaciales que recuerdan a cualquier ciudad con tráfico pesado. Después llega Marte, con su luz más cálida, sus tormentas rojas y sus bases enterradas. Y finalmente, el viaje hacia los confines del sistema solar, donde la escala del universo empieza a jugar en contra de la cordura de los personajes.

La fotografía de Van Hoytema trabaja mucho con esa soledad. Hay planos del espacio que parecen tomadas de documentales de la NASA, pero también primeros planos muy cerrados de Pitt, como si la inmensidad de afuera sirviera para agrandar lo que pasa por dentro. La música de Max Richter, además, ayuda a sostener un ritmo más bien contemplativo, que a veces puede sentirse lento pero que termina pegando en el momento justo.

  • Una misión espacial que funciona como excusa para un drama familiar muy terrenal.
  • Brad Pitt contenido, midiéndose el pulso, interpretando a un hombre que aprendió a no sentir para poder trabajar.
  • Escenarios de la Luna y Marte con look realista, más cerca del documental que del space opera clásico.
  • Un padre ausente como motor de la historia: ¿se lo admira, se lo perdona, se lo entiende?
  • Ritmo pausado, con persecuciones y suspenso, pero sin perder de eje la relación padre e hijo.
“Cuando uno se pasa la vida intentando ser lo bastante fuerte como para que lo quieran, cualquier misión al espacio se vuelve un viaje a la propia casa.”Crítica deSight & Sound, 2019

Me gusta pensar en Ad Astra como una de esas películas que parecen un blockbuster y se comportan como una terapia. No es perfecta: hay tramos donde el ritmo se hace denso y uno empieza a impacientarse, sobre todo si fue a la sala esperando puro vértigo. Pero si uno se entrega, lo que queda es la historia de un tipo que tuvo que irse hasta el borde del sistema solar para entender qué hacer con la memoria de su viejo. Y eso, créanme, no se ve todos los fines de semana en la pantalla grande.

Para ir cerrando, les dejo la pregunta que me quedó dando vueltas después del cine, esa que también les tiro a ustedes: cuando se sientan a ver una película de astronautas, ¿qué les pesa más, la exploración del universo o las historias de los personajes que van adentro de las naves? Yo, que antes creía que era un tema de planetas y estrellas, después de Ad Astra ya no estoy tan segura. La próxima función, mientras tanto, la tienen en la cartelera: la pueden ver en la sala del barrio o desde el sillón, pero si pueden, váyanla a buscar a un cine con buena pantalla y buen sonido, que el silencio del espacio se disfruta mejor a oscuras.

MC
Melina CortezCultura y espectáculos

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