Aftas en la boca: por qué la mayoría se va sola y en qué momento conviene dejar de bancarla y consultar al médico
Esas llagas blancas y dolorosas que aparecen de la nada suelen resolverse en una o dos semanas sin tratamiento, pero hay cuatro señales claras que indican que ya no alcanza con el gel de la farmacia y la espera en casa.

Estoy acá, en la vereda de casa, con un café en una mano y un dato que me llamó la atención en la otra: casi una de cada cuatro personas va a tener aftas en algún momento de su vida, y aun así seguimos tratándolas como si fueran una rareza o, peor todavía, como si fueran algo que se contagia, cosa que no pasa. Las aftas son heridas chiquitas pero bravas que aparecen por dentro de los labios, en las mejillas o sobre la lengua, duelen como si tuvieran mala leche y, en la enorme mayoría de los casos, se van solas entre los siete y los catorce días sin que uno haga demasiado. Eso dice, textualmente, el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos, que aclara además que no son infecciosas y que no se transmiten por un beso, por compartir un vaso ni por nada que se les ocurra.
Por qué aparecen y qué las empeora
La consulta con la gente del barrio, mientras se acomoda el termómetro en la pared y afuera el sol de la siesta aprieta de lo lindo, suele arrancar con la misma pregunta: de dónde salen, si yo no hice nada. La respuesta, según la Clínica Mayo, tiene que ver con detalles de lo más cotidiano, desde morderse accidentalmente el interior de la mejilla hasta cepillarse los dientes con una fuerza que ya quisiera levantar un mueble, pasando por el roce constante de un aparato de ortodoncia mal ajustado, una prótesis que molesta o el borde filoso de una caries que nadie fue a arreglar. A esa lista se suman los alimentos ácidos, los picantes y los muy salados, que irritan la zona y alargan el martirio. La buena noticia es que, cuando uno identifica y corrige el factor que las provoca, las chances de que vuelvan bajan bastante.
Y acá viene lo importante, lo que me parece que vale la pena anotar y pegar en la heladera: la Clínica Mayo es muy clara a la hora de marcar cuatro situaciones en las que la espera en casa deja de ser una opción y la consulta profesional se vuelve una necesidad. Primero, si la llaga supera las dos semanas sin mostrar señales de mejoría. Segundo, si reaparece una y otra vez, como invitada pesada que no entiende que no es bienvenida. Tercero, si la lesión es grande, más grande de lo que uno espera para una afta común. Y cuarto, si aparece una nueva antes de que la anterior haya terminado de cicatrizar, lo que sugiere que algo en el cuerpo no está funcionando como debería.
- La llaga dura más de dos semanas sin mejorar.
- Vuelve de forma repetida, varias veces al año o más seguido.
- Es inusualmente grande o se extiende más allá de lo habitual.
- Aparece una nueva antes de que cicatrice la anterior.
- El dolor no se controla, impide comer, beber o hablar con normalidad.
- Se acompaña de fiebre o de malestar general.
Lo que puede haber detrás de las aftas que no se van
Ahora bien, cuando las aftas se repiten con cierta regularidad, la historia cambia y hay que prestarle atención, porque pueden estar dando un aviso sobre algo más profundo. La Clínica Mayo menciona que, en algunos casos, estas lesiones frecuentes se asocian a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12, nutrientes que cumplen un rol clave en la reparación de los tejidos. Pero ojo con sacar conclusiones apuradas: eso no quiere decir que cualquier persona que tenga llagas recurrentes tenga automáticamente una carencia ni que deba salir a comprar suplementos como quien se lleva un caramelo del kiosco. Lo que corresponde, en esos casos, es una evaluación médica que incluya la historia clínica, un análisis de sangre si el profesional lo considera necesario y, eventualmente, un tratamiento dirigido a la causa de fondo. Mientras tanto, para las molestias más leves, los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos suelen ser aliados razonables para calmar el dolor y acompañar el proceso de cicatrización, aunque los especialistas remarcan que ningún tratamiento garantiza que las aftas no vayan a volver a aparecer más adelante.
“Antes de etiquetar las lesiones como aftas recurrentes, hay que descartar otras causas posibles, porque no todo lo que parece afta es afta.”Revisión publicada en el repositorio científico PMC
Esa advertencia, que parece técnica y fría pero resulta clave, apunta a algo que muchos pasamos por alto: que existen otras lesiones en la boca que pueden confundirse con aftas y que requieren un abordaje distinto. Por eso, en los episodios que se repiten, la evaluación profesional incluye revisar los síntomas que aparecen tanto dentro como fuera de la boca, para no quedarse con el diagnóstico a medias. Lo concreto, para el lector que me acompaña cada mañana con el mate y la pantalla del celular, es que una llaga ocasional no es motivo de alarma ni de googlearse a las tres de la mañana, pero tampoco es algo para naturalizar cuando empieza a aparecer más seguido de lo razonable o a durar más de lo que el cuerpo debería tolerar. La consulta a tiempo, como me dijo Marta, vecina del segundo B, mientras bajábamos juntos por el palier con el zonda colándose por la puerta: uno se banca un dolor de muela, se banca un resfrío, pero cuando algo en la boca no cicatriza como debería, hay que ir al médico sin pensarlo dos veces.
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