Cansancio que no se va, ánimo por el piso: la psicóloga que pide mirar también el plato
La británica Kimberley Wilson propone sumar la evaluación nutricional a la consulta de salud mental. Cita vitaminas, minerales y ácidos grasos que el cerebro necesita para funcionar, aunque aclara que ninguna carencia explica por sí sola un trastorno.

El sol cae sin piedad sobre la vereda de cualquier barrio porteño a las tres de la tarde, y una de esas vecinas que una cruza en la panadería suelta la frase que se repite en la cola, casi como un suspiro colectivo: "Estoy cansada, doctorcita, no sé qué me pasa, duermo y sigo igual". Esa fatiga que no se va con el descanso, esa apatía que se instala sin aviso y ese ánimo que parece haberse caído al sótano forman parte del universo de síntomas que Kimberley Wilson, psicóloga británica, propone revisar con una mirada más amplia, que no se quede sólo en la camilla del consultorio psicológico sino que abra la puerta de la cocina.
Wilson, que se formó en el Reino Unido y trabaja como psicóloga clínica y forense, sostiene que cuando una persona llega a la consulta contando que arrastra un cansancio persistente, que le cuesta concentrarse o que siente que el mundo perdió color, el profesional de salud mental debería incorporar preguntas concretas sobre cómo come, cómo descansa y cómo se mueve. No se trata, aclara, de convertir al psicólogo en nutricionista, sino de entender que un cerebro que funciona con el tanque vacío difícilmente pueda responder del mismo modo que uno bien alimentado. En su planteo, una evaluación completa debería incluir antecedentes personales, situaciones de estrés y, también, un repaso por la alimentación y el sueño.
Nutrientes en la mira, sin magia
La especialista menciona un puñado de nutrientes cuyo rol en el funcionamiento cerebral está bastante estudiado: las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los ácidos grasos omega-3. La aclaración que hace, y que vale la pena repetir porque suele ser la parte que se pierde en el boca a boca, es que una insuficiencia de cualquiera de estos componentes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental. O sea, nadie debería pensar que comiendo un poco más de salmón se le cura una depresión. Lo que sí puede pasar, según Wilson, es que esa carencia termine de empeorar un cuadro que ya venía complicado por el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. Por eso, la propuesta es investigar posibles déficits cuando los síntomas persisten, no transformar al plato de comida en una farmacia.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, fuente principal de omega-3, con al menos una porción semanal recomendada.
- Vitamina B12, presente sobre todo en carnes, huevos y lácteos, clave para el sistema nervioso.
- Vitamina B3 o niacina, que se obtiene de carnes, legumbres y cereales integrales.
- Zinc, presente en carnes rojas, semillas de calabaza y legumbres.
- Selenio, que aportan las nueces de Brasil, los pescados y los huevos.
- Para vegetarianos y veganos, suplementación evaluada con un profesional de salud, ya que algunos de estos nutrientes se consiguen sobre todo en productos animales.
El plato, el sueño y la historia de cada uno
El interés de Wilson por esta articulación se despertó en un lugar que difícilmente se asocia con la conversación sobre alimentación y bienestar: la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde trabajó como psicóloga. Ahí, cuenta, empezó a ver cómo una parte de las dificultades de regulación emocional que presentaban las internas parecían (perdón, asociadas, mejor dicho, porque acá escribimos en castellano y no queremos meter palabras en otros alfabetos) a carencias alimentarias. La investigadora también menciona ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles en los que la administración de ciertos micronutrientes se vinculó con una disminución de episodios violentos entre los participantes, aunque aclara que esa relación no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de lo que come.
La revisión que propone Wilson no se agota en el plato. Incluye también el sueño, el nivel de actividad física, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral. Es una mirada que, como ella misma repite, entiende que el sufrimiento emocional suele tener varias capas y que cada caso necesita su propio mapa. La psicoterapia y los medicamentos siguen siendo herramientas centrales cuando el cuadro lo requiere; la alimentación viene a sumarse, no a reemplazar. Los efectos de modificar la dieta, además, no son inmediatos: pueden pasar meses hasta que una persona empiece a notar diferencias en su energía o en su ánimo, algo que vale tener presente para no abandonar el barco a las dos semanas.
“Una insuficiencia de nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.”Kimberley Wilson, psicóloga clínica
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Cómo identificar señales de malestar emocional cuando los niños rechazan la escuela

Efecto Miguel Ángel: qué es y por qué puede beneficiar la vida en pareja

