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Cuando el corazón avisa sin avisar: las señales que muchas mujeres dejan pasar

Una cardióloga británica advirtió que el infarto femenino suele disfrazarse de indigestión, dolor de mandíbula o agotamiento. Cuándo preocuparse y por qué la menopausia cambia las reglas del juego.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 21 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

El zonda bajaba tibio por la vereda cuando Marcela, vecina de Maipú, me escribió para contarme que hacía meses arrastraba un cansancio raro al subir las escaleras del trabajo. Lo atribuía al estrés, a la menopausia, al ritmo de estos años. Hasta que una mañana, mientras tendía la cama, sintió un apretón en la mandíbula y un sudor frío que no venía a cuento. La encontraron en la guardia con dos arterias tapadas. La historia de Marcela es la misma que repite la cardióloga Shrilla Banerjee, consultora del Hospital London Bridge, cada vez que habla de cómo se manifiesta el infarto en las mujeres: a veces no avisa con un dolor de pecho fulminante, sino con señales que parecen cualquier otra cosa.

La especialista británica, en una entrevista retomada por medios internacionales, insistió en un punto que en Argentina todavía cuesta incorporar: el dolor torácico no es la única señal, ni siquiera la más frecuente cuando el corazón empieza a pedir socorro. Hay un patrón que, según Banerjee, debería encender la luz amarilla: que el síntoma aparezca una y otra vez con el esfuerzo físico, sin una causa evidente. Subir dos pisos por escalera, cargar las bolsas del súper, hacer la cama, correr para tomar el colectivo. Si el cuerpo repite el llamado de atención en esos momentos, algo está pasando.

Dolor en lugares que parecen no tener nada que ver

Acá viene uno de los tramos más counterintuitive del asunto. Cuando el corazón recibe menos sangre de la que necesita, dispara señales que viajan por la médula espinal. Como esas vías comparten conexiones con el cuello, la mandíbula, los hombros, la espalda o los brazos, el cerebro termina leyendo la molestia en cualquiera de esos puntos. Por eso muchas mujeres llegan a la consulta contando un dolor en el hombro izquierdo, una molestia en la mandíbula o un peso en el cuello que aparecen al caminar y se van en reposo. Y por eso también, con frecuencia, se van a casa convencidas de que se tiraron un músculo.

  • Mandíbula, cuello u hombro: el clásico dolor referido que se siente lejos del corazón.
  • Brazos: puede ser uno o los dos, a veces solo hormigueo, a veces dolor sordo.
  • Espalda alta: a menudo atribuido a malas posturas ocontracturas.
  • Pecho: no siempre está, y cuando está puede sentirse como pinchazos o pellizcos, no como una presión clásica.

La indigestión que no es indigestión

Banerjee describió un caso que me dejó pensando: una paciente con episodios de eructos y malestar digestivo recurrentes, a la que finalmente terminaron colocándole stents por una enfermedad coronaria grave detectada con un angiograma. La especialista recomienda consultar cuando la acidez o la indigestión aparecen sin relación con lo que se comió, en horarios insólitos, incluso de madrugada. La lógica es simple: si el estómago no encuentra explicación, el corazón está pidiendo pista.

También hay un combo de síntomas que justifica ir directo a una guardia, sin escalas. Según la cardióloga, la combinación de sudoración fría, náuseas, mareos o una sensación difusa de pánico acompañada de dolor o molestia en el pecho no admite espera. Lo mismo vale para quienes ya tuvieron un antecedente cardíaco: cualquier cambio en el patrón habitual amerita una consulta en el día.

La menopausia como punto de inflexión

Acá el tema deja de ser estrictamente cardíaco y empieza a hablar de género y medicina. Banerjee recordó que después de la menopausia el riesgo cardiovascular de la mujer da un salto que muchas veces se subestima. La caída de estrógenos modifica la presión arterial, el colesterol y favorece la acumulación de grasa abdominal. A eso se suma que muchos de esos síntomas se solapan con los malestares menopáusicos clásicos, los sofocos, el cansancio, los cambios de ánimo, y entonces la consulta se posterga. Por eso la recomendación es concreta: a partir de cierta edad, controles periódicos de presión y colesterol, sin esperar a que algo duela.

Si algo dejó claro la entrevista de Banerjee es que el infarto en la mujer suele ser más sigiloso y más difícil de leer que en el varón. Lo que parece estrés es a veces angina, lo que parece acidez es a veces una arteria tapada, lo que parece un hombro contracturado es a veces el corazón quejándose a distancia. La regla de oro que rescaté para llevar a la mesa familiar: prestar atención a cuándo aparece el síntoma, qué lo dispara y si se repite. Tres datos que, juntos, valen más que cualquier análisis de rutina, y que Marcela, la vecina de Maipú, hoy repite cada vez que toma el ascensor sin pensarlo dos veces. Como me dijo ayer, todavía conmovida por el susto: 'Yo creía que era la edad, y era el corazón pidiéndome que frenara'.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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