Cuando el cuerpo sigue funcionando pero ya no da más: las marcas invisibles del estrés que no se apaga
Dormir mal, perder el hilo de una frase o explotar por una pavada pueden parecer cosas sueltas, pero cuando se repiten dibujan un patrón que la medicina empieza a tomar muy en serio.

La mañana en Mendoza empieza con un vaso de agua tibia y la duda de siempre: si hoy va a ser un día de esos en los que el aire seco de la calle le raspa a uno la garganta antes de llegar al colectivo. Pero más allá del clima, hay algo que hace rato viene cambiando en la cabeza de mucha gente: uno se levanta cansado, llega al trabajo con la sensación de que ya corrió una maratón y, sin embargo, la rutina sigue su marcha como si nada. Acá, en pleno centro, la queja se repite entre compañeros de oficina, padres en la puerta del colegio y comerciantes que atienden con una sonrisa mientras por dentro cuentan los minutos para sentarse un rato.
Porque esa es justamente la trampa del estrés crónico: no te tira abajo de un golpe, te va desgastando de a poco, en silencio, mientras la vida sigue adelante. Uno sigue llegando a horario, sigue respondiendo mensajes, sigue cumpliendo con todo, pero por dentro hay un motor que hace rato viene funcionando en rojo y que, tarde o temprano, empieza a pasar factura.
La diferencia entre una semana brava y una alerta que no se apaga
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, los famosos CDC, vienen insistiendo en algo que muchos argentinos todavía subestiman: el estrés sostenido en el tiempo no es un tema de actitud ni de debilidad, es un problema de salud real que toca el sueño, la concentración, el humor y hasta la capacidad de tomar decisiones. Y lo peor es que los síntomas casi nunca llegan todos juntos ni en paquete cerrado: aparecen de a uno, mezclados con la vida cotidiana, y por eso cuesta tanto verlos como lo que son.
Una persona se despierta a las tres de la mañana sin ninguna razón aparente, mira el techo y tarda una hora en volver a dormirse. A otra se le borra a mitad de frase lo que iba a decir y se queda con la palabra en la punta de la lengua. Hay quien reacciona con una furia desmedida porque el colectivo se le escapó por un segundo o porque el cajero le rechazó la tarjeta. Cada cosa por separado parece una pavada, un mal día, un momento. Pero cuando el patrón se repite, ahí empieza a dibujarse otra cosa.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology juntó 45 revisiones y más de dos mil estudios sobre el tema y llegó a una conclusión bastante clara: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. No es casualidad, no es sugestión, es algo que se repite estudio tras estudio. Otro trabajo publicado en 2024 en Neurobiology of Stress sumó otra pieza: la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, o sea, esas funciones que uno usa todo el día sin darse cuenta y que cuando fallan se notan en el laburo, en la casa y hasta en la calle.
- Dormir peor: noches cortas, despertares en medio de la madrugada o sensación de no haber descansado ni un segundo a pesar de haber estado ocho horas en la cama.
- Perder el hilo: olvidarse de lo que uno iba a decir, repetir preguntas o no encontrar la palabra justa con una frecuencia que ya no es normal.
- Reaccionar de más: enojarse o angustiarse por cosas que antes no movían el amperímetro, desde un mensaje fuera de lugar hasta un trámite que sale mal.
- Cumplir igual: seguir yendo a trabajar, contestando mensajes y cumpliendo con los compromisos mientras por dentro se va armando un cansancio que ya no se recupera el fin de semana.
Marcela, que trabaja en el área de liquidación de sueldos de una empresa del centro y vive en Godoy Cruz, me lo contó mientras tomábamos un café con la calefacción a todo trapo porque el zonda de ayer todavía se hacía sentir: "Yo sigo laburando igual que siempre, llego a horario, entrego todo, pero hace meses que me levanto como si me hubieran pasado una aplanadora encima. Y lo peor es que nadie lo nota, porque por fuera estoy bien, pero por dentro siento que estoy viviendo en modo ahorro, como si el cuerpo estuviera guardando energía para no sé qué". Esa idea del modo ahorro no es un término médico, circula por ahí entre coaches y especialistas en bienestar, pero describe bastante bien lo que sienten muchos: un estado de alerta sostenido en el que uno funciona, sí, pero a un costo que empieza a notarse en el cuerpo, en el ánimo y en la paciencia.
Lo que los especialistas remarcan es que no hace falta esperar a un estallido para prestar atención. Si las señales aparecen y se quedan, si el patrón se sostiene en el tiempo y si el descanso del fin de semana ya no alcanza para la energía, conviene tomárselo en serio y hablarlo con un profesional. A veces, reconocer que uno viene funcionando al límite es el primer paso para empezar a desactivar esa alerta que no se apaga sola.
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