Cuando el paraíso te queda grande: el viaje ético de The Good Place
La serie de Michael Schur convierte la pregunta "cómo vivir" en una comedia de cuatro temporadas, con Eleanor, Chidi, Tahani y Jason como guías imperfectos de un recorrido que mezcla filosofía, chistes y dilemas muy humanos.

La fila para entrar al lugar prometía ser eterna, aunque, según Eleanor Shellstrop, esa no fue la peor parte. Lo que terminó de arruinarle la tarde fue descubrir que, por un error administrativo del más allá, la habían mandado a un sitio reservado para gente decente. Y ella, por su propia confesión, de decente tenía poco. Así arranca The Good Place, la comedia de Michael Schur que durante cuatro temporadas y 53 episodios se tomó muy en serio algo que muchas ficciones evitan: preguntarnos en serio qué hicimos con nuestra vida, pero con la cortesía de hacerlo entre chistes.
En el elenco aparecen William Jackson Harper como Chidi, un profesor de filosofía que se pasa el día dudando hasta de sus propias dudas; Jameela Jamil como Tahani, cuya perfección de portada esconde una inseguridad de manual; Manny Jacinto como Jason, un muchacho más apto para tirar a un aro que para discutir a Kant; y Ted Danson como Michael, el arquitecto del vecindario que oficia de anfitrión con una sonrisa que siempre parece guardar algo. Todos orbitan alrededor de Eleanor, que carga con la culpa de saber que su pasado no la hizo merecedora de ese sillón en el paraíso.
Filosofía con ganas de carcajada
Lo que vuelve a la serie distinta es la decisión decolar utilitarismo, el consecucialismo y la ética deontológica en el mismo plano que criaturas fantásticas y gagsbrotantes. Las referencias a Kant conviven con tortugas invisibles y moteles sospechosamente parecidos a los de las rutas estadounidenses. Esa mezcla no es un adorno: funciona como una forma de hacer digeribles preguntas que, presentadas en un ensayo, espantarían a más de uno.
- Utilitarismo: la idea de que lo correcto es aquello que produce el mayor bienestar para la mayor cantidad de personas.
- Consecuencialismo: el juicio moral se mide por las consecuencias de cada acción, más allá de la intención.
- Ética deontológica: hay actos que son correctos o incorrectos en sí mismos, sin importar el resultado.
A lo largo de las cuatro temporadas, la serie cambia de forma. No quiero spoilear a quien todavía no la vio, pero alcanza con decir que la trampa inicial, ese truco de escenario que parece pensado para un solo chiste largo, termina siendo apenas la puerta de entrada a una historia que se ocupa del paso del tiempo, de la pérdida y de lo que significa vincularse con otros. Las decisiones de Eleanor, Chidi, Tahani y Jason sirven para discutir cuánto pesa un acto y qué tan posible es, en serio, modificar la propia manera de ser.
Hay algo reconfortante en mirar esta ficción siendo adulto y reconociéndose en esos personajes que se esfuerzan por mejorar y muchas veces no saben cómo. La serie no promete respuestas fáciles, y tampoco las necesita: le alcanza con plantear las preguntas correctas, en el momento justo, con el tono justo. Para quien quiera maratonearla, las cuatro temporadas están disponibles en distintas plataformas de streaming y la experiencia mejora si uno se permite tomar nota de los temas que van apareciendo, como si la propia serie fuera una clase amena de filosofía disfrazada de sitcom.
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