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Cuando el WhatsApp se vuelve a la pelea: por qué leemos mensajes que la pareja nunca escribió

Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño explican cómo la sobreinterpretación de mensajes erosiona la confianza y qué hacer antes de responder con el dedo caliente.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 17 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Hay tardes en San Juan en que el calor no te deja pensar y la pantalla del teléfono se vuelve una pequeña ventana al infierno. Uno mira el chat, la otra persona tardó cuatro minutos en responder, y de pronto el cerebro empieza a tejer una novela: seguro está enojada, seguro ya no le intereso, seguro me está dejando en visto mientras habla con alguien más. Esa película interna, que todos hemos padecido alguna vez, es la que dos psicólogas argentinas intentan desarmar con herramientas concretas. La neuropsicóloga Karina Carreño y la psicóloga Marina Mammoliti coinciden en que la sobreinterpretación de mensajes es uno de los caminos más cortos hacia la desconfianza en la pareja, y que se puede frenar antes de que la discusión empiece.

Lo que pasó versus lo que imaginamos

La diferencia parece obvia cuando uno la escucha en un consultorio de Capital, pero en la cocina de casa, con el corazón acelerado, se vuelve casi imposible de sostener. Carreño lo resume así: que tu pareja haya contestado con tres palabras es un hecho comprobable; que esté molesta, que esté distante o que esté pensando en terminar, es una interpretación. Y acá está el nudo de la cuestión: el cerebro, cuando tiene un hueco de información, lo rellena con lo que tiene a mano, que suelen ser experiencias pasadas, miedos arrinconados y viejas inseguridades. Entonces una demora cualquiera se transforma en una señal de desinterés, aunque no haya ningún elemento real que sostenga esa conclusión.

“Cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos ajenos, el cerebro intenta anticiparlos. Para completar lo que desconoce puede recurrir a vivencias anteriores, temores e inseguridades.”Karina Carreño, neuropsicóloga

A esa altura ya no estamos hablando del mensaje que mandó la otra persona, sino del mensaje que nosotros mismos escribimos con la imaginación. Y acá aparece la primera herramienta que proponen las especialistas: antes de responder, conviene distinguir qué pasó de qué significado le estamos dando. Regular la ansiedad, respirar, y conversar para aclarar en lugar de dar por cierta una intención que todavía desconocemos. Suena simple, pero requiere un esfuerzo que muchas veces choca con la costumbre de reaccionar en caliente.

Tres movimientos para cortar el círculo

  • Distinguir lo que efectivamente dijo el mensaje de lo que uno está agregando por su cuenta, y aceptar que las respuestas breves o demoradas no equivalen necesariamente a enojo o desamor.
  • Reconocer la emoción propia antes de tipear: preguntarse qué me está pasando frente a ese silencio o esa respuesta seca, en lugar de intentar descifrar al otro.
  • Preguntar de manera directa y concreta lo que se necesita saber, en vez de dar vueltas ni de montar la respuesta sobre suposiciones, y aprender a tolerar que la aclaración a veces no llegue en el momento.

Mammoliti insiste en ese segundo punto, el de mirar hacia adentro antes de mirar al celular. Para ella, en lugar de concentrarse exclusivamente en descifrar qué quiso decir la pareja, la tarea es reconocer qué nos pasa frente a ese intercambio. Hay gente, me decía esta semana un amigo de Pocito mientras tomábamos unos mates en la galería, que lee un punto final como si fuera una bofetada; y lo que está leyendo, en realidad, es su propio miedo al abandono. La psicóloga lo formula así: una necesidad genuina de estar a solas puede ser vivida como indiferencia cuando existe una herida vieja, cuando la autoestima viene raspando el piso o cuando hubo antecedentes de infidelidad que dejaron al cerebro en estado de alerta permanente.

El desgaste, coinciden las dos, aparece cuando esas conjeturas empiezan a dirigir las respuestas y a marcar el ritmo de la relación. Carreño describe un cuadro que muchos van a reconocer: discusiones largas por situaciones que nunca ocurrieron, pedidos reiterados de seguridad que terminan asfixiando a la otra persona, y una confianza que se va erosionando de a poco, no por lo que hizo la pareja sino por lo que uno imaginó que hizo. En esos casos, la propuesta de ambas especialistas es volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la pantalla se convierta en un muro. Como me resumió hace poco una vecina del departamento de al lado, mientras esperábamos el colectivo en la vereda de siempre: a veces lo más razonable es preguntarle al otro qué le pasa, en vez de pasar dos horas inventándole una novela.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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