Cuando la despedida se vuelve fiesta: cinco rituales que transforman el duelo en memoria colectiva
De Nueva Orleans a Ghana, pasando por México y Bolivia, distintas culturas encontraron en la música, la comida y el color una manera de procesar la pérdida sin reírse del dolor.

El sol pega fuerte sobre la vereda y el aire se siente espeso, como suele pasar en estas tardes de enero en Buenos Aires. Mientras camino pienso en algo que me contaron hace poco y que me quedó dando vueltas: no todas las culturas entierran a sus muertos en silencio. Las hay que los despiden con banda, con flores, con cenizas tiradas al mar o con un ataúd con forma de avión. La primera vez que lo leí, confieso, me llamó la atención. Después, charlando con vecinos y conocidos, entendí que acá, aunque no lo parezca, también tenemos lo nuestro: el café servido a los que llegan al velorio, las rosquitas que se reparten a la salida del cementerio, el silencio respetuoso de los que se acercan a dar el pésame sin saber bien qué decir.
Lejos de ser una rareza, estas formas de despedida tienen una lógica que la psicología y la antropología reconocen: el duelo necesita un marco colectivo para no aplastar a nadie. Cuando el dolor se comparte en un ritual, se vuelve más llevadero. Eso es lo que repasé al conversar con María Eugenia, del departamento de Flores, que el año pasado perdió a su padre y me dijo, todavía con la voz un poco rota: "Yo al principio quería estar sola, pero después entendí que la gente que se acercó a casa con un plato de guiso me estaba salvando, aunque ellos no lo supieran". Esa frase me pareció el mejor resumen de lo que vamos a contar acá.
Nueva Orleans: banda, baile y un cortejo que termina en fiesta
En la ciudad estadounidense de Nueva Orleans, cuando alguien muere, la despedida tiene banda. La música arranca lenta cuando el féretro sale de la iglesia y se va acelerando a medida que el cortejo avanza hacia el cementerio. Los familiares, los amigos y hasta los vecinos bailan al lado del ataúd. No es una falta de respeto: es la manera que esa comunidad encontró para honrar la vida del que se fue y, al mismo tiempo, contener a los que quedan. El llanto está, pero también está el ritmo.
México: altares, flores y una muerte que vuelve cada año
En México, el Día de Muertos, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial, parte de una idea tan simple como profunda: los muertos regresan, aunque sea un rato, al mundo de los vivos. Las familias arman altares con las comidas favoritas del difunto, con flores, con velas y con objetos personales. Los cementerios se llenan de colores y de gente que pasa la noche entera junto a las tumbas. La muerte, en esa tradición, no se vive como ausencia sino como presencia fugaz. Es, en el fondo, una manera de decir que quien se fue nunca termina de irse del todo.
Bolivia, Ghana y el mar: tres modos de decir adiós que sorprenden
- En Bolivia, cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz. Los creyentes llevan cráneos humanos, los visten con flores, les ofrecen coca, cigarrillos y velas y los hacen bendecir. La tradición dice que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran.
- En Ghana, la creatividad se mete en el ataúd. Es habitual que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto: un pez para un pescador, un avión para un piloto, una máquina de coser para una modista. La ceremonia puede durar tres días e incluye coreografías durante el traslado.
- Entre los surfistas del Pacífico, la despedida ocurre en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar, mezcladas con la espuma del mar.
Lo que tienen en común todas estas tradiciones, y esto me parece lo más importante para pensar acá, en nuestra esquina del mundo, es que ninguna niega el dolor. Al contrario: le dan un lugar, un horario, un escenario. Llorar, cantar, comer, bailar o rezar son formas distintas de hacer lo mismo, que es no quedarse solo con la pérdida. Como me decía María Eugenia aquella tarde, mientras le servíamos un café con leche en su casa: "Uno no supera a nadie, aprende a convivir con la falta. Y los otros, los que te abrazan sin preguntar nada, son los que te enseñan cómo se hace".
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