Cuando la vida sacude la imagen de uno mismo: qué le hace una pérdida a la autoestima y por qué la mayoría sale adelante
Un estudio de la Universidad de Zúrich siguió durante seis meses a más de mil adultos que habían atravesado un golpe fuerte y comprobó que la mayoría logra rearmar su valía personal con el paso de los meses. La psicología advierte, igual, que hay un porcentaje chico que queda trabado en niveles bajos y que ciertos factores son clave para entender por qué.

Acá, en esta Redacción, suele pasar que cuando alguien pierde el trabajo, termina una relación de años o ve cómo se le rompe una amistad importante, lo que más le cuesta no es la cuestión práctica, ese laburo que falta, ese departamento que se vacía, sino esa vocecita interna que le empieza a decir que no vale, que algo en uno está fallando. Esa es la cuestión, me parece a mí, que más duele: la caída de la autoestima, esa imagen que uno se armó de sí mismo durante décadas y que de golpe se ve sacudida por un evento que, a veces, no dependía ni de nosotros. La pregunta del millón, la que se repite en cualquier café de Buenos Aires cuando se juntan dos o tres conocidos a ponerse al día, es cuánto tarda esa sensación en volver a un lugar más o menos estable y por qué a algunos les lleva semanas y a otros, en cambio, les cuesta años.
Un equipo de la Universidad de Zúrich se tomó el trabajo de responderla con datos concretos, no con frases motivacionales de Instagram. El estudio, publicado en 2026, hizo algo que en investigación psicológica no es tan habitual: siguió a más de mil adultos alemanes durante 24 semanas, o sea seis meses enteros. Todos habían atravesado un episodio adverso en las seis semanas previas al arranque del trabajo: la muerte de un ser querido, una separación, la pérdida del empleo, el final de una amistad importante o la reprobación de un examen que les había pegado fuerte. A lo largo del período cada participante completó cinco evaluaciones, aparte de responder cuestionarios de personalidad y de autoestima, con lo cual los investigadores pudieron ver, en tiempo real, cómo iba cambiando esa percepción que cada uno tiene de su propio valor.
La buena noticia que arroja el seguimiento
Lo que encontró el equipo dirigido por la psicóloga Emily C. Willroth, y que se publicó en el European Journal of Personality, fue bastante esperanzador, aunque con un matiz que no hay que perder de vista. Solo el 11% de los participantes se mantuvo durante todo el seguimiento en niveles muy bajos de autoestima. O sea, la gran mayoría, incluso quienes habían arrancado la investigación en situaciones bastante desfavorables, fue mejorando con el paso de los meses. La explicación que dieron los propios investigadores es que la habituación y la adaptación son la respuesta más frecuente del ser humano frente a un evento negativo, algo que en criollo quiere decir que uno, poco a poco, se va acomodando a la nueva realidad, deja de mirarla todo el tiempo con el mismo dolor y empieza a funcionar de nuevo, aunque sea a media máquina.
Por qué a algunos les cuesta más que a otros
Los investigadores identificaron que los eventos negativos no se viven de la misma manera en todos los casos, ni siquiera cuando son objetivamente parecidos. Importa el peso emocional que cada persona le asigna a lo que le pasó, el grado de control que sintió tener sobre la situación, el impacto que tuvo el hecho en su posición social y, sobre todo, si esa experiencia le modificó la visión del mundo, por ejemplo, si lo dejó con la sensación de que la vida es injusta o de que las cosas buenas no son para uno.
La personalidad, como era de esperar, también juega su partido. Las personas con altos niveles de neuroticismo, o sea quienes tienden a interpretar cualquier cambio desde una perspectiva negativa, mostraron una dificultad mucho mayor para recuperarse. Esa forma de ser puede alimentar lo que los psicólogos llaman rumiación, esa costumbre tan argentina de darle vueltas y más vueltas a lo mismo, de preocuparse de manera constante y de terminar concluyendo que un mal resultado dice algo definitivo sobre el propio valor como persona, cuando en realidad muchas veces no dice nada de eso.
- La pérdida de empleo y el fin de una amistad fueron los dos eventos con mayor asociación a la dificultad para reconstruir la autoestima. En el primer caso pesa la cuestión práctica del sustento y del lugar social que da un trabajo; en el segundo, duele porque una amistad suele ser un espejo en el que uno se ve reconocido.
- Las separaciones de pareja afectan de manera particular cuando se viven como rechazo. No es lo mismo entender que la relación se terminó porque ya no funcionaba que sentir que al otro no le alcanza uno, y ese matiz cambia bastante el tiempo de recuperación.
- La edad apareció como un factor protector: las personas mayores mostraron mejor recuperación, probablemente porque a lo largo de los años ya acumularon varias caídas aprendidas y cierto oficio emocional que los más jóvenes todavía no terminaron de construir.
Lo que me deja pensando todo esto, en una mañana cualquiera de Redacción, es que la autoestima no es una pared sólida que se rompe de un solo golpe y queda hecha pedazos para siempre, sino más bien una superficie que se lastima, que se agrieta, pero que en general tiene cierta capacidad de volver a acomodarse si uno se lo permite y si el entorno no insiste en recordarle el golpe todo el tiempo. Como me decía ayer Marta, que trabaja en Administración y vive en el departamento de al lado, ella tardó casi un año en volver a sentirse ella misma después de quedarse sin laburo a los 54, y lo que más la ayudò no fue ningún curso ni ninguna frase hecha, sino una vecina que la llamó cada mañana las primeras semanas para preguntarle cómo estaba y para invitarla a tomar un mate, algo tan simple y tan nuestro que a veces parece poco y termina siendo un montón. Yo creo, dicho esto con todo el respeto por el rigor de la ciencia, que la autoestima se reconstruye un poco con tiempo, un poco con personalidad, pero mucho con los otros, con esa red de gente que uno tiene cerca cuando el mundo se cae, que es justo el momento en que uno menos ganas tiene de salir a buscarla. En ese sentido, los datos de Zurich nos dejan una enseñanza bastante tranquilizadora para los lectores de 40, 50 y 60 años que están pasando por un mal rato: lo más probable, según las probabilidades, es que la imagen de uno mismo vuelva a un lugar más amable, aunque hoy no lo parezca.
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