Jueves, 24 de septiembre de 2026
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Cuando pagar la tarjeta requiere otro préstamo: la trampa cotidiana de los hogares vulnerables porteños

Un relevamiento de la UBA y el Movimiento Evita en barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires muestra que siete de cada diez familias acumulan deudas y que más de la mitad de los que usan plástico ya no llega a fin de mes con los saldos al día.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · 24 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Una mañana cualquiera de invierno en el conurbano porteño, con la humedad pegada en los pisos de baldosa y el termómetro peleando por subir de los cinco grados, uno se cruza con la realidad que describen los números: la misma gente que madruga para llegar a su changa termina, al caer la tarde, contando billetes para ver si le alcanza para respirar hasta el próximo fin de mes. Y cuando no alcanza, aparece la tarjeta. Y cuando la tarjeta se desborda, aparece el préstamo. Y cuando el préstamo se atrasa, aparece otro préstamo para tapar al anterior. Esa rueda, que parece un lugar común, acaba de ser confirmada con cifras por un estudio del Observatorio de Economía Popular, Social y Solidaria de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires junto con el Movimiento Evita: siete de cada diez hogares relevados en barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires están endeudados, y la mayor parte de ellos camina por una cornisa muy fina entre el consumo del mes y la promesa de pago que se estira hasta el siguiente vencimiento.

Lo más crudo del diagnóstico, a mi entender, no es el dato de superficie sino el que cuenta cómo se sostiene la deuda en el tiempo. De la hilera a la góndola, del changarín a la verdulería, lo que muestra el trabajo es que para una porción enorme de esas familias pedir dinero prestado ya no es un evento extraordinario sino el mecanismo ordinario con el que cierran el mes. El 71,3 por ciento de los hogares que usan tarjetas de crédito reconoció haber tomado dinero ajeno, o un nuevo préstamo, específicamente para pagar los saldos que habían quedado pendientes en el plástico. Es decir: la tarjeta no financia un consumo diferido, financia una deuda anterior. Y esa es la trampa que el relevamiento pone sobre la mesa con una claridad que a mí, como lector crónico de estos informes, me resulta difícil pasar por alto.

Para qué se endeudan y cómo se combinan los instrumentos

El estudio no se queda en el lamento ni en la descripción general, sino que entra en el menú de gastos que motorizan la deuda. La compra de alimentos y medicamentos aparece en el tope de las respuestas, como era de esperar en hogares donde la inflación de la canasta básica se come cualquier proyección. El 54 por ciento de las familias endeudadas destinó los fondos a gastos de salud, una cifra que golpea porque muestra hasta qué punto la salud se paga de contado y con tarjeta, sin red pública que funcione como amortiguador. En paralelo, el 44 por ciento de los hogares se endeudó para pagar impuestos y servicios, lo que confirma que ya no alcanza con el ingreso disponible para cubrir obligaciones tan elementales como la luz, el gas o las tasas municipales.

  • Siete de cada diez hogares relevados en barrios populares porteños están endeudados.
  • El 72 por ciento se financia mediante tarjetas, préstamos personales o una combinación de ambos.
  • La mitad de las familias endeudadas mantiene en simultáneo compromisos con tarjetas y préstamos personales.
  • Entre los que tienen deuda de tarjeta, el 56 por ciento no está al día con los pagos; entre los que tomaron préstamos personales, los atrasos llegan al 66 por ciento.
  • El 71,3 por ciento de quienes usan tarjeta pidió dinero prestado para cancelar los saldos pendientes del plástico.
  • El 54 por ciento de las familias se endeudó para gastos de salud y el 44 por ciento para impuestos y servicios.
  • En el 66 por ciento de los hogares relevados hay personas con trabajos informales.

Cuando se cruzan los datos, lo que aparece es un cuadro bastante elocuente sobre la arquitectura financiera de los sectores más golpeados: la tarjeta sola explica el 14 por ciento de los casos, el préstamo personal el 34 por ciento y la combinación de ambos instrumentos el 50 por ciento restante, lo que significa que la mitad de las familias endeudadas está, técnicamente, expuesta a dos frentes de vencimiento y no a uno. Si a eso le sumamos que en el 66 por ciento de esos hogares hay integrantes con empleos informales, es decir sin recibo de sueldo que respalde un crédito bancario en blanco, lo que queda en claro es que el sistema financiero formal que suele presentarse como solución termina funcionando, en los hechos, como una soga corta alrededor del cuello de los que menos tienen.

Lo que el Estado todavía no resolvió

A esta altura, a mí no me queda ninguna duda de que el dato que más debería incomodar a quienes diseñan política pública no es el porcentaje global de hogares endeudados sino la mecánica descrita: una familia que cobra en negro, que paga la luz con la tarjeta, que paga la tarjeta con un préstamo y que paga el préstamo con otro crédito personal. Es una cadena que solo se rompe desde arriba, porque desde abajo hace rato que se cortó. Y sin embargo, el Estado todavía no resolvió lo elemental: no ofreció una línea de refinanciación accesible para deudores sin recibo de sueldo, no garantizó que los servicios públicos ajusten por debajo de la inflación en los barrios más vulnerables y no construyó un puente serio entre la economía popular y el sistema financiero, que sigue tratándola como un cliente de segunda o directamente como un cliente invisible. Mientras esa discusión siga pendiente, las cifras de este relevamiento no van a ser una foto del momento: van a ser el guion de los próximos meses.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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