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Lunes, 12 de octubre de 2026
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Cuarenta y dos años después, dos gigantes de Hollywood se miraron a los ojos en Manhattan

Robert De Niro y Meryl Streep encabezaron un drama adulto dirigido por Ulu Grosbard que la crítica recibió con frialdad y el público acompañó con discreción. Una película sobre la culpa, los trenes de cercanías y lo que se cruza cuando ya no debería cruzarse nada.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · · 3 min de lectura
Cuarenta y dos años después, dos gigantes de Hollywood se miraron a los ojos en Manhattan

El almanaque marca 1984 y la industria de Hollywood todavía digería la herencia de los filmes pos-Vietnam que habían dominado la primera mitad de la década. En ese contexto, Paramount Pictures apostó por un movimiento inesperado: volver a juntar a Robert De Niro y Meryl Streep, esta vez lejos de las trincheras de El francotirador, en un drama íntimo donde la única batalla era interna. El resultado fue Enamorarse (Falling in Love), una película que acaba de cumplir 42 años y que hoy vuelve a estar disponible para quienes no la vieron en su estreno original o quieren revisitar una de las colaboraciones menos comentadas entre dos de los intérpretes más celebrados del cine estadounidense.

Una librería, un intercambio de paquetes y un viaje en tren

La historia arranca en Manhattan, en pleno clima navideño, con un error doméstico: Frank Raftis, el personaje de De Niro, y Molly Gilmore, el de Streep, intercambian por descuido los paquetes que llevan a sus respectivas familias. Lo que parece una anécdota menor se convierte en el primer hilo de un vínculo que se irá tensando con el tiempo, sobre todo cuando ambos coinciden de manera repetida en los mismos trayectos de tren. La ciudad funciona como escenario y como coartada: la librería, los vagones de cercanías y los puntos de encuentro cotidianos hacen posible que algo extraordinario ocurra dentro de geografías completamente ordinarias. Es, en definitiva, una película sobre la rutina que se rompe.

Lo que distingue al filme de otras comedias románticas de la época es su negativa a resolver el conflicto con facilidad. Frank y Molly están casados, tienen hijos y obligaciones, y la aparición de un sentimiento nuevo los obliga a revisar lo que sintieron cuando eligieron a sus parejas originales. El drama no está tanto en el romance como en lo que ese romance pone en cuestión: los compromisos asumidos, la lealtad, la distancia entre lo que uno siente y lo que está dispuesto a hacer con esa sensación. El guion de Michael Cristofer, dramaturgo ganador del Pulitzer, se tomó en serio a sus personajes adultos y les dio diálogos que esquivan el melodrama.

De Niro y Streep, en registros poco habituales

Ver a De Niro sin un arma en la mano y a Streep sin un desafío institucional que enfrentar resultaba, en 1984, casi una rareza. El director Ulu Grosbard, formado en teatro, les pidió algo distinto a lo que venían haciendo: contención, escucha, una vulnerabilidad que no recurriera al estallido. Ambos respondieron con interpretaciones medidas, más cerca del understatement neoyorquino que de los papeles por los que el público los identificaba. Roger Ebert, en su crítica de la época, le otorgó dos estrellas sobre cuatro y objetó el guion, aunque reconoció que había momentos puntuales en la interacción entre los protagonistas que justificaban la película.

Elenco de apoyo y un recuerdo que volvió

  • Harvey Keitel interpreta al mejor amigo de Frank y funciona como la voz de la cautela, el que recuerda lo que está en juego.
  • Dianne Wiest, años antes de su consagración en Hannah y sus hermanas, compone a la esposa de él con una dignidad silenciosa que sostiene varias escenas clave.
  • Jane Kaczmarek, futura protagonista de Malcolm, encarna a la esposa de Molly y aporta el contrapunto de quien intuye antes de saber.
  • David Clennon completa el elenco central como el partenaire laboral de Frank, un recordatorio constante de la vida que sigue afuera del romance.

El resultado en taquilla fue discreto: Box Office Mojo registró poco más de 11,1 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá, con un debut cercano a los 2,3 millones. Algunos comentaristas de la época la emparentaron con Breve encuentro, el clásico británico de 1945, por la estructura de encuentro fortuito y separación inevitable, aunque Enamorarse llevó ese planteo a un Manhattan de los años ochenta con clases de dibujo, ferrocarriles suburbanos y un New York que ya empezaba a ser otra cosa. Cuatro décadas después, la película sobrevive menos por sus números que por la curiosidad de ver a dos gigantes compartiendo pantalla en un registro que casi no exploraron en el resto de sus carreras.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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