De dos a nueve en la mesa: la historia de María Laura, la maestra que adoptó a seis hermanos y siguió de largo
Conocía a dos de los chicos del aula, se anotó igual y atravesó un proceso que incluyó una separación, el "te elegimos para ser mamá" en un recreo y la sorpresa de un embarazo que llegó cuando todavía se acomodaba la guarda. Hoy, en su casa, conviven siete hijos de 1 a 20 años.

Acá en Mendoza, cuando el sol cae a plomo sobre la vereda y el viento zonda se hace sentir desde temprano, hay una casa donde la rutina de la mañana parece una coreografía ensayada durante años. Pero no lo es: la armaron en apenas un puñado de meses. La familia de María Laura pasó de dos a nueve personas casi de un día para el otro, y la protagonista asegura, con esa mezcla de cansancio y orgullo que solo conocen los que se levantan al alba, que hoy no se imagina la vida de otra manera. Son las palabras que repite cada vez que cuenta cómo fue eso de anotarse para adoptar a seis hermanos, terminar el proceso y, como si fuera poco, descubrir que estaba embarazada cuando todavía estaba acomodando la primera guarda.
Una maestra que ya los conocía del aula
María Laura tenía 38 años y es docente. En su trabajo conoció a dos de los seis chicos que hoy son sus hijos: eran sus alumnos. Pero el vínculo venía de más lejos. Hacía cinco años que ella colaboraba con el hogar donde vivían los seis hermanos, un grupo que había pasado buena parte de la infancia dentro del sistema de protección. Esa presencia cotidiana fue lo que le permitió ver, de a poco, algo que al principio le parecía directamente inalcanzable: la posibilidad de adoptarlos a todos juntos.
"Vivía en un departamento chico y la idea de hacerse cargo de seis chicos a la vez generaba dudas también en su pareja, que en ese momento temía no poder sostener económicamente la responsabilidad. La pareja se separó por un tiempo y ella inició los trámites sola", reconstruye María Laura, todavía con asombro, cuando repasa aquel primer tramo. La decisión de ir igual, incluso con el departamento que no le sobraba y con los miedos de quien sabe que está por meterse en algo enorme, fue lo que terminó definiendo todo lo que vino después.
El recreo donde todo cambió
El proceso de vinculación pasó por varias etapas y nadie apuró a nadie. Los chicos tampoco querían ser adoptados de entrada y ella tampoco se sentía lista para dar el paso definitivo. La figura que funcionó para todos fue la de referente afectivo, ese rol intermedio que permite ir construyendo confianza sin forzar la palabra "familia" antes de tiempo. Cuando le preguntaron si estaba dispuesta a quedarse con uno, con los gemelos o con los mellizos, la respuesta fue clara y la pronunció como quien no negocia: "Quiero estar con los seis".
El momento bisagra llegó donde casi nunca llegan estas historias: en un recreo. Algunos de los chicos se le acercaron en el patio de la escuela y le dijeron, con la naturalidad con la que se dicen las cosas importantes, que la habían elegido para ser su mamá. "Te elegimos para ser nuestra mamá", le soltaron, y desde ese día los trámites se reorientaron hacia la convivencia. No hubo grandes discursos ni escenas solemnes: hubo chicos que dieron un paso y una mujer que lo recibió como se recibe lo que se viene esperando en silencio.
Una hermana mayor que tuvo que aprender a soltar
Los seis hermanos habían construido dentro del sistema un bloque muy sólido. Daiana, la mayor, los había cuidado durante todos esos años. Cederle ese lugar a otra persona fue un proceso propio, dolorosamente propio, y María Laura lo sabe porque lo vio de cerca. "La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco", recordó la mujer, que cada vez que habla de Daiana lo hace con un cuidado que se nota.
“La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco.”María Laura
La casa de hoy: siete hijos de 1 a 20 años
- Daniel y Milo (13), los gemelos, y Maiara y Lionel (16), los mellizos: cursan en una escuela técnica.
- Zaira (18): termina el secundario este año.
- Daiana (20), la mayor: estudia Abogacía.
- Nahitan, de poco más de un año: el bebé que llegó después de la adopción, cuando la guarda todavía era reciente.
El embarazo fue una sorpresa dentro de la sorpresa. María Laura cuenta que uno de los gemelos, antes de que ella supiera que estaba esperando, se acercó y le besó la panza. "Hola, bebé", le dijo al oído. Cuando el test dio positivo, lo primero que hizo fue reírse: ya tenía seis y se venía el séptimo. La pareja, que se había separado en medio del proceso, volvió a acercarse, retomó el vínculo y hoy ocupa en la casa el rol de padre. Los hermanos mayores, en tanto, cuidan a Nahitan con una dedicación que a la propia María Laura todavía la deja sin palabras. "Son el amor de mi vida. Es la familia que siempre esperé, siempre quise una familia grande y hoy la tengo unida", resume, y la frase le sale con la voz un poco quebrada, como le sale siempre que habla de ellos. Vocera y cara visible de la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes, María Laura insiste con lo mismo cada vez que le preguntan por qué anotarse a un grupo de hermanos y no a un solo chico: los hermanos crecen mejor juntos, y separarlos es un costo que después no se vuelve a pagar. Acá, en esta casa donde la mesa es chica y el ruido es enorme, la lección se ve sin necesidad de explicarla demasiado.
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