Lunes, 31 de agosto de 2026
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De la hiperinflación al dígito: la lección que llega desde el resto de América Latina

La Argentina tocó 2,1% mensual en julio de 2026, pero la variación interanual sigue clavada arriba del 30%. Los casos de Brasil, Ecuador, Chile y Colombia muestran que el último tramo de la desinflación es el más lento y el más caro para el bolsillo.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · 30 DE AGO DE 2026 · 6 min de lectura

Enero y febrero vienen siendo los meses más amables del calendario para la viña mendocina, y este año no es la excepción: las parras descansan con la poda recién terminada, el suelo todavía conserva algo de humedad y las primeras yemas todavía no mostraron los daños que suelen dejar las heladas tardías. Esa pausa invernal me deja tiempo para mirar otros números, los que llegan desde Buenos Aires, y la pregunta que más repiten los productores en cualquier almuerzo o whatsapp de estos días es la misma: ¿cuánto falta para que la inflación vuelva a un dígito? Porque en la viña se sabe: el viñatero no mira solo la lluvia de esta semana, mira cómo viene la curva de los últimos diez años. Y la curva macroeconómica argentina, hoy, se parece a un viñedo al que le costó muchísimo domar la vegetación y al que todavía le queda un tramo de poda fina.

El dato más reciente que publicó el INDEC, correspondiente a julio de 2026, muestra una inflación mensual del 2,1%. Es una buena noticia: implica que los precios dejaron de correr al 25% mensual de fines de 2023 y se ubicaron en un ritmo mucho más manejable. Sin embargo, la variación acumulada en doce meses todavía se mantiene por encima del 30%, y la mayoría de las consultoras privadas coinciden en que el año cerrará sin perforar ese umbral. Para el bolsillo, eso significa que los aumentos no desaparecen de golpe: se vuelven más lentos, pero siguen presentes durante un período prolongado. La diferencia entre vivir una inflación del 30% anual y una del 8% no es menor, y por eso mirar lo que pasó en otros países de la región sirve para dimensionar cuánto puede durar este último tramo.

Lo que muestra la experiencia regional

La recorrida no fue en línea recta. Desde mayo de 2025, con una suba mensual del 1,5%, los precios retomaron impulso y llegaron al 3,4% en marzo de 2026. En los meses siguientes la tendencia volvió a mejorar, aunque julio trajo un repunte vinculado al rubro Esparcimiento y Recreación, que tiene comportamiento estacional en invierno. Esa volatilidad mensual es, justamente, una de las características de la fase en la que está la Argentina: cuando la inflación cae desde niveles muy altos, las cifras de un mes aislado pueden confundir, y lo relevante es mirar la tendencia de fondo.

Los antecedentes regionales permiten ordenar las expectativas. Brasil y Ecuador lograron pasar de una inflación anual superior al 30% a menos del 10% en apenas dos años, aunque en circunstancias muy particulares: Brasil con el Plan Real de 1994, que incluyó una nueva moneda y un ancla cambiaria, y Ecuador con la dolarización del año 2000. México, Perú y Uruguay necesitaron cuatro años para el mismo recorrido; Guatemala, seis; Paraguay y Colombia, nueve; y Chile, El Salvador y Honduras, diez. Es decir, salvo los dos casos más extremos, la región tardó entre cuatro y diez años en consolidar la inflación de un dígito de manera sostenida.

“Los procesos de desinflación no son lineales, y el tramo final suele ser el más difícil. Salvo Ecuador y Brasil, al resto de la región le llevó entre 4 y 10 años bajar la inflación desde niveles cercanos al 30% hasta un dígito de forma sostenida.”Ignacio Sniechowski, jefe de Research de IEB

La razón detrás de esa demora tiene una lógica concreta. Federico Filippini, jefe de Research de Adcap Grupo Financiero, explicó que la primera etapa de una baja de inflación suele ser más rápida porque se revierten grandes shocks de precios relativos, se estabiliza la energía, se modera la inflación de bienes y se normalizan cadenas de suministro. La segunda etapa es más lenta porque el foco se traslada hacia los componentes más persistentes: alquileres, servicios médicos, seguros, servicios de transporte y salarios. Esas categorías ajustan con rezago porque dependen de contratos, costos laborales y expectativas.

  • Brasil y Ecuador: dos años para bajar del 30% al dígito anual sostenido (Plan Real de 1994 y dolarización de 2000).
  • México, Perú y Uruguay: cuatro años para completar el mismo recorrido.
  • Guatemala: seis años.
  • Paraguay y Colombia: nueve años.
  • Chile, El Salvador y Honduras: diez años para consolidar la desinflación.

Qué significa esto para la Argentina

Si se toma como referencia el caso más habitual de la región, el de los países que no dolarizaron ni cambiaron de moneda, el viaje desde un 30% interanual hasta un dígito sostenido demandó entre cuatro y diez años. Eso no implica que la Argentina vaya a replicar exactamente esos plazos, pero sí marca un piso de paciencia. El primer tramo, el que va desde la hiperinflación mensual hasta una inflación anual del orden del 30%, suele resolverse más rápido; el tramo final, el que va del 30% al dígito, es el más trabajoso, el que más depende de expectativas ancladas y de decisiones sostenidas en el tiempo. Para una familia promedio, eso se traduce en que el salario, los alquileres y las cuotas siguen perdiendo poder de compra durante varios años, aunque a un ritmo cada vez más bajo.

En el campo, donde los costos se atan a la inflación con varios meses de demora, el fenómeno se siente en el precio de los insumos, en las tarifas de flete y en los valores de los contratos con las bodegas. Por eso, cuando un viñatero de San Martín me dice que ya pasó lo peor, suelo contestarle con prudencia: lo peor ya pasó, sí, pero el tramo final, el que va de la hilera a la góndola con un dígito estable, es justamente el que la mayoría de los países de la región tardó entre cuatro y diez años en completar.

Lo que el Estado todavía no resolvió

El cuadro regional muestra, además, un patrón que se repite: los países que lograron bajar la inflación de manera sostenida combinaron disciplina fiscal, política monetaria consistente y, sobre todo, credibilidad acumulada a lo largo de los años. En la Argentina, la transición entre la hiperinflación mensual y una inflación anual de un dígito todavía exige decisiones que el Estado no terminó de definir: la continuidad del ancla cambiaria, el tratamiento del déficit fiscal, la regulación de los servicios públicos que concentran los componentes más rígidos del índice y la forma en que se actualizan los contratos de alquiler y los acuerdos paritarios. Mientras esos frentes sigan abiertos, el último tramo de la desinflación será más lento de lo que sugieren las cifras mensuales y más caro de lo que admite cualquier discurso oficial. La poda fina, en la viña y en la macroeconomía, nunca es la más rápida: es la que más cuidado demanda.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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