Martes, 15 de septiembre de 2026
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Diego Leuco y Sofi Martínez: ocho años después, el cruce de preguntas que reabrió todo

El conductor confesó que la extraña más veces de las que quisiera; ella contó que lo silenció el mismo día de la separación. Una escena televisiva que volvió a poner en el centro de la escena pública a una de las parejas más comentadas del periodismo argentino.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · 15 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

La mañana de Buenos Aires arrancó templada, con esa bruma que en las zonas de viñedos suele ser promesa de una jornada larga y sin sobresaltos, y mientras acomodaba el termo para iniciar la recorrida por una finca de Mendoza me topé con un fragmento de televisión que, sinceramente, me dejó pensando más de lo que esperaba sobre los modos en que esta sociedad elige despedirse. La expareja que conformaron durante casi ocho años el periodista Diego Leuco y la también periodista Sofi Martínez aceptó sentarse frente a frente en un programa de entretenimientos para someterse a un cuestionario cruzado sobre su propia historia sentimental, y lo que surgió de ese encuentro fue, para quien esto firma, algo más complejo que un simple show televisivo: fue una radiografía bastante precisa de cómo se cierra (o de cómo se intenta cerrar) un vínculo cuando las cámaras están al lado, cuando las audiencias miran y cuando, sobre todo, todavía queda piel viva debajo de la ropa que se dejó de compartir.

Porque lo que quedó en el aire no fue un reproche ni una denuncia, sino algo bastante más incómodo de procesar, que es la ternura que sobrevive a una ruptura cuando ambos están dispuestos a mostrarla en público. Leuco, consultado por el conductor del envío, terminó reconociendo algo que muchísimos ex parejas se animan a decir a media voz y rara vez en un estudio con cámaras: todavía la extraña. "Muchas veces, sí. Más veces sí que no", respondió, después de haber intentado esquivar durante varios segundos la pregunta más filosa del segmento, la que apuntaba directo al sentimiento y no a la rutina. Y Martínez, del otro lado, lejos de mostrarse gélida o distante, eligió un tono que combinó firmeza con cierto humor cariñoso, describió cómo tomó la determinación de silenciarlo en redes el mismo día de la separación, lo que para mí dice bastante de un estado de ánimo muy específico: el de quien necesita cortar de cuajo la exposición diaria al otro para poder empezar a pensar en otra cosa.

Lo que se dijo, punto por punto

  • Sobre el vínculo: ambos coincidieron en que la relación tuvo dos etapas claramente diferenciadas; Martínez fue la encargada de poner el número concreto: ocho años desde el primer encuentro hasta la ruptura definitiva en 2024.
  • Sobre las redes: la frase más tajante de la noche la dijo ella, al admitir que silenciarlo le resultó preferible a eliminarlo, un detalle menor en lo técnico pero enorme en lo simbólico.
  • Sobre la rutina: Leuco describió que lo que más nota en la ausencia es la energía que ella despliega los fines de semana, esa diferencia cotidiana que, según sus propias palabras, se volvió más visible después de cortar.
  • Sobre los mensajes borrados: el conductor confesó haber escrito y luego borrado mensajes sin enviar en incontables ocasiones, y agregó que él es "de escribir largo", detalle que Martínez celebró entre risas al señalar que efectivamente tiene talento para eso.
  • Sobre la pregunta sentimental: tras varios intentos de evasión, Leuco respondió "más veces sí que no" a si la extraña, la respuesta más honesta (y la más dolorosa en términos editoriales) de toda la charla.
  • Sobre las fotos: Martínez reveló que no las eliminó, pero configuró el teléfono para que la cara de su expareja no aparezca en los recuerdos automáticos del dispositivo.
  • Sobre el día que borrarían: Leuco eligió el día de la separación y argumentó que no hubo jornadas tristes durante el vínculo, una forma muy personal de envolver el cierre.

A mí, que sigo estos temas con el mismo pulso con el que sigo el ciclo de una vid desde la poda hasta la góndola, lo que más me interesó de todo esto no fue el juego de preguntas y respuestas en sí, que insume su cuota de_show como cualquier producto de la televisión actual, sino el modo en que ambos eligieron correrse del papel de víctimas y mostrarse, otra vez, como personas que todavía se tienen cierto aprecio. No hubo golpes bajos, no hubo ironías destructivas ni hubo terceros mencionados con mala intención. Hubo, en cambio, una voluntad declarada de tratar la propia historia con respeto, que es algo que, en medio del vértigo que suele dominar a los medios argentinos, se agradece y mucho. Y lo digo como alguien que ha visto suficiente de la industria del entretenimiento local como para desconfiar por defecto de cualquier formato que monte un cara a cara entre ex parejas.

El formato y lo que deja pendiente

Ahora bien, hechas las elogio del tono, corresponde hacerse la pregunta incómoda que sobrevuela la nota: este tipo de reencuentros televisivos, ¿realmente ayudan a cerrar etapas, como muchos quisieran creer, o más bien funcionan como una reapertura controlada que mantiene el vínculo latente bajo la apariencia de una conclusión? Mi lectura personal, y acá me hago cargo de la opinión sin pedirle permiso a nadie, es que estas puestas en escena dejan más preguntas de las que responden. Sirven para que el público valide una versión edulcorada de la separación, le ponen palabras en la boca a los protagonistas y, sobre todo, generan un nuevo ciclo de exposición que, paradójmente, trabaja en dirección contraria al desapego. Leuco mismo lo dejó entrever cuando reconoció que todavía hoy le escribe mensajes que después borra. Si todavía hay impulsos de ese tipo, el formato no parece haber cumplido, del todo, la función que sus organizadores probablemente promocionaron.

Mientras tanto, en lo que al cierre concreto de cualquier historia se refiere, lo que el Estado todavía no resolvió -y acá me salgo deliberadamente del universo mediático para volver a lo mío, que es la producción y los mercados- es cómo se garantiza que estos formatos no terminen condicionando la vida privada de gente que, en definitiva, sólo quería separarse en paz. Porque una cosa es que dos adultos consientan sentarse frente a las cámaras y otra muy distinta es que la maquinaria del rating termine disponiendo de sus emociones cada vez que baja la audiencia. Esa discusión, que excede a esta pareja puntual y atraviesa a buena parte de la farándula vernácula, sigue abierta. Y como acostumbro a decir cuando recojo opiniones en las fincas, hasta que no aparezca un reglamento serio que ordene el territorio, vamos a seguir viendo este tipo de escenas: muy humanas, muy emotivas y, en el fondo, bastante menos sanadoras de lo que parecen.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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