Jueves, 17 de septiembre de 2026
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El llamado que frenó a Porcel: el testimonio de Graciela Alfano y la red de mujeres que la contenía

La actriz reconstruyó un episodio de fines de los 70 en el que pidió a su padre que interviniera tras un gesto que la incomodó; Georgina Barbarossa sumó su recuerdo y el papel de Carmen Vallejo como escudo cotidiano.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · 16 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Les cuento que en estas horas de redacción me topé con una historia que vuelve a poner sobre la mesa los modos en que se ejercía el poder dentro de los sets de filmación argentinos, y me parece que vale la pena recorrerla con detalle porque describe, episodio por episodio, cómo se tejían las redes de cuidado cuando todavía no existían los protocolos que hoy —al menos en el papel— forman parte de cualquier producción. Lo que sigue es la reconstrucción que Graciela Alfano hizo pública sobre un tramo de su vínculo laboral con Jorge Porcel, y que se suma al relato de Georgina Barbarossa, dos voces que, desde lugares distintos, describen una misma lógica de abuso y, sobre todo, distintas formas de defenderse.

Lo que Alfano dice que ocurrió en una pausa

Según el recuerdo de la actriz, la escena se sitúa a fines de la década del setenta, cuando ella y Porcel compartían rodaje. Alfano contó que, en uno de los cortes de grabación, el humorista relataba —como era habitual, dijo— anécdotas de contenido sexual. En un momento, y mientras hablaba, la miró, sacó la lengua y le dijo, textual: "Mirá qué lengua tengo". Ella sostuvo que esa frase, en ese tono y dirigida a ella, le provocó rechazo, y que esa noche tomó una decisión: llamó a su padre para pedirle que interviniera.

Yo quiero detenerme aquí, porque me parece significativo el modo en que se activa la cadena: no es una denuncia pública, no es un llamado a la producción, no es un abogado. Es un pedido a la figura masculina de confianza para que oficiara de límite. Alfano explicó que su padre y Porcel mantenían una relación previa: el humorista lo había consultado, años antes, sobre participar en proyectos de televisión y de cine, y su padre le había pedido —en aquel momento— que la cuidara a ella. Esa advertencia, dijo, fue la que la decidió a usarlo como escudo.

“Sacó la lengua y me dijo "Mirá qué lengua tengo". Esa noche hablé con mi padre para que interviniera y, al día siguiente, Porcel se acercó a pedirme disculpas.”Graciela Alfano

Al día siguiente, de acuerdo con su relato, Porcel se acercó y se disculpó. El episodio habría quedado allí, sin escala institucional, resuelto entre hombres. Alfano lo cuenta como un triunfo del llamado, pero también como un retrato de época: para que un gesto se detuviera, hacía falta que alguien con peso simbólico —en este caso, su padre— levantara el teléfono.

El testimonio de Barbarossa y la figura de Carmen Vallejo

El segundo hilo del material lo aporta Georgina Barbarossa, quien describió un cuadro más extendido en el tiempo. La conductora afirmó que, cuando era joven y atravesaba problemas económicos, el actor la tocó "de una manera espantosa" durante una grabación. Contó que salió llorando hacia su camarín y que allí le explicó lo sucedido a Carmen Vallejo, una de las referentes de producción de aquellos años.

  • Barbarossa asegura que, después de esa conversación, Vallejo permanecía junto a ella cada vez que debía compartir escena con Porcel.
  • Afirma que más tarde aceptó volver a trabajar con él por necesidad económica, y que el hostigamiento continuó incluso durante su embarazo.
  • Alfano, por su parte, describió la presencia frecuente de mujeres frente al camarín de Porcel en los estudios San Miguel, aunque aclaró que no vio directamente lo que sucedía adentro.
  • Al referirse a sus compañeras, señaló que varias dependían de esos ingresos para sostener a sus familias.

Hay un dato que a mí, como lector, me parece clave y que aparece en los dos relatos: el acompañamiento femenino dentro del set. En el caso de Alfano, fue su padre quien ofició de límite; en el de Barbarossa, fue Vallejo quien montó una vigilancia cotidiana, casi cuerpo a cuerpo, para que las escenas pudieran filmarse sin que la situación se repitiera. Son dos modelos de protección que conviven en el mismo universo laboral: el de una figura masculina externa, con peso simbólico, y el de una red interna de mujeres que se ubica físicamente entre la víctima y el agresor. Ninguno de los dos reemplaza a una institución; los dos la suplantan.

Lo que el Estado todavía no resolvió

Pienso, y se lo dejo planteado al lector, que estos relatos muestran con crudeza el vacío que existía —y que, en buena medida, sigue sin llenarse del todo— entre la producción audiovisual y el Estado. No había, en aquellos años, un protocolo de intervención ni un canal formal dentro del set; tampoco había, en muchos casos, la posibilidad económica de renunciar sin perder el ingreso del mes. Hoy existen herramientas: la Ley de Víctimas, los protocolos contra la violencia de género en ámbitos laborales, las unidades especializadas en el seno de los sindicatos. Pero lo que estos testimoniosponen en evidencia es que, durante décadas, la defensa se resolvió en el cuarto de al lado, en un camarín, en un llamado a casa. La pregunta que me queda —y que creo que también le queda a cualquiera que lea estos dos relatos seguidos— es si la industria audiovisual argentina cuenta, de la hilera a la góndola del producto terminado, con mecanismos que eviten que la próxima vez la decisión vuelva a recaer en un padre, una productora amiga o una colega que se planta en la puerta del camarín. Lo que estos relatos muestran es que esas redes salvaron a alguien; lo que todavía no sabemos es si, cuando esas redes no están, el sistema tiene cómo reemplazarlas.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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