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Domingo, 4 de octubre de 2026
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El pollo le ganó la pulseada a la carne vacuna y los argentinos ya lo sienten en el changuito

Por primera vez en un balance anual, el consumo per cápita de carne aviar superó al de carne bovina: 47 kilos contra 46,7. La diferencia de precios —un kilo de vaca equivalió a 3,6 kilos de pollo— explica buena parte del cambio de hábito, que la industria venía anticipando desde fines de 2024.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · · 5 min de lectura
El pollo le ganó la pulseada a la carne vacuna y los argentinos ya lo sienten en el changuito

El calor de marzo aprieta sobre los gallineros del interior bonaerense y las aves piden agua a cada rato, mientras en las góndolas de los supermercados argentinos el paisaje hace rato que viene cambiando: ya no es la carne vacuna la que manda en la lista de compras, sino el pollo entero, más barato, más rendidor y, sobre todo, más accesible para un bolsillo que viene perdiendo contra la inflación desde hace años. Lo que durante décadas fue un dato casi de manual —los argentinos como los mayores consumidores de carne vacuna del mundo—, empezó a reconfigurarse con paciencia y, según el último informe del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), acaba de plasmarse en una cifra que la industria avícola venía anticipando desde fines de 2024: entre agosto de 2025 y julio de 2026, el consumo promedio por habitante llegó a 47 kilos de pollo contra 46,7 kilos de carne vacuna. Es, técnicamente, la primera vez que la carne aviar supera a la bovina en un balance anual en la Argentina.

Una diferencia chica en kilos, enorme en el bolsillo

La brecha entre ambas carnes fue de apenas 300 gramos por habitante en doce meses, una distancia fina si se mira el número crudo, pero que se vuelve elocuente cuando se la traduce a plata. De acuerdo con el IERAL, un kilo de carne vacuna costó, en promedio, lo mismo que 3,6 kilos de pollo entero o que 1,9 kilos de pechito de cerdo durante el período analizado. Dicho de otro modo: con el mismo dinero que alcanzaba para llevarse un kilo de asado o de roast beef, una familia podía regresar a casa con tres kilos y medio de pollo, suficiente para varias comidas de la semana. Esa relación de precios no es un detalle menor en un país donde la carne forma parte casi obligada de la mesa diaria, y donde cada suba de la hacienda en pie se traslada con velocidad al mostrador.

  • Consumo per cápita de pollo (agosto 2025-julio 2026): 47 kilos por habitante.
  • Consumo per cápita de carne vacuna en el mismo período: 46,7 kilos por habitante.
  • Equivalencia de precios: 1 kilo de carne vacuna = 3,6 kilos de pollo entero = 1,9 kilos de pechito de cerdo.
  • Período medido: doce meses corridos, no el calendario 2026 completo.
  • Fuente: informe del IERAL sobre consumo y precios relativos de carnes.

El informe del IERAL es claro al advertir que las cifras corresponden al período comprendido entre agosto de 2025 y julio de 2026, y no al año calendario 2026, por lo que cualquier lectura hacia adelante o hacia atrás debe hacerse con ese recorte temporal en la mano. También recuerda que se trata de promedios por habitante, lo que no significa que todas las personas hayan consumido exactamente esas cantidades: hay hogares que comen más pollo, hay zonas donde la vaca sigue reinando, y hay ciudades del interior donde el asado del domingo sigue siendo una suerte de ritual innegociable. Pero la tendencia, vista desde la cadena de producción, viene afirmándose hace rato.

De la hilera a la góndola: cómo se traduce el cambio

La transformación que muestran los números no nació de un día para el otro. La industria avícola viene anticipando desde fines de 2024 que la combinación de precios relativos más convenientes y de cambios en los hábitos de compra de las familias iba a terminar volcando la balanza, y el resultado anual no hizo más que confirmar ese pronóstico. Para dimensionarlo alcanza con mirar lo que ocurrió en las góndolas: el pollo, que durante mucho tiempo fue pensado como una opción complementaria o de reemplazo momentáneo, empezó a ganar espacio propio en la planificación semanal de las compras, y muchas familias dejaron de pensar la carne vacuna como el centro de la alimentación para correrla al lugar de un gusto más espaciado.

El dato, además, junta dos aspectos que suelen analizarse por separado: cuánto se compra y cuánto se puede comprar con el mismo dinero. Esa mirada de conjunto es la que vuelve elocuente al 3,6 a 1, porque no es solo un número de mercado sino una radiografía del presupuesto alimentario de los hogares. En un país donde el salario viene perdiendo contra los precios de la carne desde hace años, la opción más barata no solo se elige por preferencia, sino por necesidad, y eso reconfigura tradiciones culinarias de décadas.

Lo que el Estado todavía no resolvió

Mientras la pulseada entre el pollo y la vaca se dirime en las góndolas, hay un capítulo que el Estado todavía no termina de cerrar y que pesa sobre el futuro de la cadena cárnica en su conjunto. Los precios relativos que hoy favorecen al pollo son, en parte, un espejo de la distorsión que arrastra el mercado de la carne vacuna: cargas tributarias que se acumulan a lo largo de la cadena, una presión fiscal que golpea distinto según el corte y la jurisdicción, y una estructura de costos que incluye impuestos que el productor paga pero no siempre puede trasladar. El IERAL pone el foco en la diferencia de precios, pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿cuánto de este cambio de hábito es decisión libre de los consumidores y cuánto es consecuencia de un bolsillo que ya no llega? Ahí, todavía, la política económica no terminó de dar respuestas, y mientras tanto, el pollo sigue ganando terreno, kilo a kilo, en la mesa de los argentinos.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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