Lunes, 28 de septiembre de 2026
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El ritual de sacarse los zapatos en la puerta, un escudo cotidiano que muchos subestiman

Polvo con plomo, restos de pesticidas, polen y bacterias viajan en las suelas desde la vereda hasta el living. Especialistas de Cleveland Clinic explican por qué dedicar un rincón al calzado y limpiar con trapo húmedo puede cambiar la calidad del aire que respiramos adentro.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 28 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Acá, en el barrio, las tardes de enero se hacen largas y el zonda baja tibio por la calle Juan B. Justo, y uno termina sentado en la vereda mirando cómo los chicos vuelven del colegio arrastrando los pies, con esas zapatillas blancas que a las dos cuadras ya parecen un mapa. Pienso en eso porque en las últimas semanas me crucé con varios vecinos que se quedaron mirando raro cuando les dije que la suela de esos zapatos es, probablemente, una de las cosas más sucias que entran cada día a su casa. Y no lo digo yo: lo sostiene un equipo de la Cleveland Clinic que viene estudiando desde hace años qué es lo que efectivamente arrastramos cuando caminamos por la ciudad, por un parque o por el baño de un shopping.

Qué se trae la suela, según los especialistas

La idea suena simple pero esconde un universo: después de pasar por veredas, baños públicos, colectivos o jardines, las suelas pueden cargar tierra, restos orgánicos y un cóctel de sustancias químicas. Entre los compuestos que identificaron los investigadores figuran los llamados PFAS, unas moléculas sintéticas conocidas por su persistencia en el ambiente y hasta en el organismo, además de polvo con plomo y residuos de pesticidas. En un estudio que analizó datos del programa DustSafe, recopilados en 35 países, aparecieron también arsénico, cromo y níquel en el polvo doméstico, y se observó una asociación entre viviendas más antiguas y concentraciones superiores de plomo y arsénico, algo que en Buenos Aires, con tanta casa de los años treinta y cuarenta con sus capas de pintura al óleo, debería hacemos pensar más de una vez.

Lo concreto, lo que sirve llevarse a casa, es lo que propone el médico internista Daniel Sullivan, de la propia Cleveland Clinic, y que resumo acá para que se entienda sin tener que andar traduciendo: dedicar un sector junto al ingreso para dejar el calzado, colocar una alfombra de entrada y limpiar los pisos con métodos húmedos, esa vieja costumbre del trapo rejilla bien mojado o el balde con agua y detergente, que es la que realmente levanta las partículas en lugar de mandarlas de paseo por el aire. Para quienes necesitan apoyo al caminar, Sullivan sugiere contar con otro par reservado para usar dentro de la vivienda, una manera de sostener la autonomía sin resignar higiene.

Por qué importa especialmente donde hay chicos

El plomo es el punto más sensible de toda esta discusión, y acá Sullivan no deja lugar a dudas cuando advierte que puede dañar el cerebro, el sistema nervioso y otros órganos. El polvo que se desprende de pinturas antiguas deterioradas puede viajar adherido al calzado, y eso merece especial atención donde hay bebés y chicos que juegan sobre el suelo y suelen llevarse las manos a la boca, un reflejo tan lindo como preocupante desde lo sanitario. El contacto con espacios verdes, además, puede sumar polen y restos de fertilizantes, insecticidas y pesticidas aunque uno no los aplique en el jardín propio, porque basta con haber pisado el césped de una plaza o el cordón de una rambla para traerlos en la goma. Y ese polen que viaja en la suela, claro, después termina flotando en la habitación de quien tiene alergias y se pregunta por qué estornuda incluso adentro.

  • Destinar un rincón fijo junto a la puerta para dejar el calzado, idealmente con una bandeja o un mueble bajo, y evitar que las zapatillas queden dispersas por el pasillo.
  • Colocar una alfombra de entrada en el umbral, que actúa como primer filtro antes de pasar al interior.
  • Limpiar los pisos con métodos húmedos, trapo rejilla o mopa húmeda, porque el barrido en seco solo levanta el polvo y lo pone de nuevo en circulación.
  • Si alguien en la casa necesita apoyo para caminar, mantener un par de pantuflas o zapatillas de interior con buena tracción, para no resignar estabilidad ni limpieza.
  • Lavarse las manos y, en casas con bebés, limpiar con mayor frecuencia las superficies bajas donde los chicos suelen gatear o jugar.

Bacterias sí, infección no necesariamente

Hay un detalle que me parece justo aclarar para no asustar a nadie en demasía, y que el propio Sullivan se encarga de remarcar: encontrar microorganismos en los zapatos no significa que automáticamente vayan a provocar una infección. Retirar el calzado reduce una de las vías de ingreso de contaminantes, no los elimina por completo, y eso es una distinción clave, porque a veces uno lee este tipo de notas y termina convencido de que pisar la calle descalzo es un riesgo, cuando en realidad se trata de achicar el camino que recorren esas partículas hasta la mesa del living o hasta la alfombra donde el nene arma sus legos. Hablando de vecinos, consulté a Marta B., que vive en un tercer B de un edificio de Palermo, y me dijo, mientras acomodaba una bandeja con tres pares de zapatillas de sus hijos, que ella adoptó la costumbre cuando le nació el más chico: 'Al principio me daba vergüenza pedirles a las visitas que se sacaran los zapatos, hoy me molesta más ver a alguien entrar con los pies embarrados a la pieza del bebé, así que prefiero el momento incómodo antes que una infección que se podía evitar', resumió, y la frase me parece que condensa bastante bien de qué se trata todo esto: de un pequeño gesto cotidiano, casi de etiqueta, que puede mejorar el aire que respiramos adentro.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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