Empezar a saltar sin volverse un ruido: tres movimientos para meterse en la pliometría sin ser atleta
El doctor Howard LeWine, de Harvard Medical School, propone una puerta de entrada accesible para quien nunca hizo pliometría: saltos laterales, soga y saltos frontales, con la mecánica del aterrizaje como obsesión central.

La térmica acá, en la redacción, no baja de los treinta grados ni a las nueve de la mañana, así que abrir esta nota con una excusa para hablar de saltos fue casi un alivio. Pero el tema de fondo es serio y nos toca a todos los que, después de los cuarenta, queremos volver a movernos sin que el cuerpo nos pase factura al día siguiente. La pliometría, ese nombre tan elegante para una cosa tan simple como saltar bien y muchas veces, dejó hace rato de ser un patrimonio exclusivo de los deportistas de elite. Y un médico de Harvard Medical School, el doctor Howard LeWine, se tomó el trabajo de explicar, en un lenguaje llano, por dónde conviene empezar cuando uno nunca se animó.
Por qué saltar y por qué no cualquier cosa
La idea de fondo, como aclara LeWine, es que la pliometría trabaja sobre esfuerzos breves y de alta intensidad, orientados sobre todo a las fibras musculares de contracción rápida de las piernas. Sus beneficios, enumerados sin exagerar, incluyen mejoras en la fuerza, la potencia, la velocidad de desplazamiento y la capacidad de salto, además de una ganancia de coordinación y de rendimiento cardiovascular. O sea: no es magia, es estímulo bien dosificado.
El médico planteó, además, que no hace falta empezar con movimientos complejos. Los tres ejercicios que recomienda sirven, precisamente, para familiarizarse con la mecánica pliométrica antes de animarse con variantes de mayor dificultad. Y acá viene lo importante: en los tres casos, LeWine subraya la necesidad de entrenar sobre superficies acolchadas que amortigüen el impacto, y de mantener las rodillas ligeramente flexionadas al caer. Con la práctica constante, señaló, aumentan tanto la distancia como la altura que se logra en cada salto.
Los tres movimientos de la entrada
- Saltos laterales: se parte con los pies juntos, se salta hacia un costado desplazando el pie derecho lo más lejos posible y se aterriza sobre el pie izquierdo; después se repite hacia el lado contrario. La clave, según LeWine, es aumentar progresivamente la velocidad de ejecución. Requiere poca técnica, lo que lo convierte en un punto de entrada concreto para quienes no tienen experiencia previa.
- Saltar la soga: actividad habitual en la preparación de los boxeadores. La recomendación es arrancar con unos cinco minutos diarios e ir sumando tiempo conforme mejora el nivel. Quienes tienen dificultades para coordinarse con la cuerda pueden practicar primero sin ella: hacer los saltos y dar palmadas sobre las caderas con cada movimiento entrena la sincronización entre brazos y piernas antes de sumar el implemento.
- Saltos frontales: se salta hacia adelante con los pies juntos, se controla el aterrizaje y se regresa a la posición inicial con otro salto. Los brazos pueden usarse como impulso. El punto crítico, insistió LeWine, es la recepción: aterrizar con suavidad reduce el impacto sobre las rodillas.
La progresión gradual es el principio que atraviesa toda la propuesta: empezar con intensidad moderada, dominar la técnica y subir la exigencia solo cuando el cuerpo lo permite. Nada de apurarse, nada de querer volar el primer día. Como me dijo mientras tomaba un café en la vereda un vecino de Boedo, Ricardo, que arrancó a saltar la soga hace dos meses a los cincuenta y tres: uno no vuelve a sentirse un pibe, pero sí vuelve a sentirse alguien.
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