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Domingo, 11 de octubre de 2026
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En Argentina, subirse al colectivo puede salir hasta cuatro veces más caro según la ciudad

Pinamarca el boleto más alto del país, con 3.176 pesos, mientras que los servicios de jurisdicción nacional del AMBA figuran entre los más baratos, con 743 pesos. La brecha entre extremos supera los 2.400 pesos y se da en un contexto de caída de pasajeros y un aumento del costo real que paga cada usuario.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · · 4 min de lectura
En Argentina, subirse al colectivo puede salir hasta cuatro veces más caro según la ciudad

Soy Hugo Elizondo y arranco esta columna como arranco cada mañana: mirando el cielo antes de subir a la góndola de la información. En Pinamar amanece con brisa del mar y con la tarifa de colectivo más alta del país: 3.176 pesos el boleto mínimo, según el último relevamiento de la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor sobre tarifas urbanas. La cifra llama la atención porque no estamos hablando de un servicio diferencial ni de un recorrido interurbano: es el precio que paga cualquier vecino para moverse dentro del partido.

La fotografía del país, a partir de ese dato, se vuelve un mapa de contrastes que pocas veces se ve tan marcado. Entre el extremo más caro y el más barato la diferencia supera los 2.400 pesos por viaje, y esa brecha no se explica solamente por la distancia ni por la cantidad de pasajeros: se explica por una combinación de decisiones políticas locales, costos operativos y modos de financiamiento que varían de distrito en distrito, y que terminan dibujando un país con cuatro colectivos distintos para una misma tarea, que es llevar gente de un punto a otro.

Las ciudades más caras y las más baratas

  • Pinamar, 3.176 pesos por boleto mínimo, el más caro del país.
  • San Martín de los Andes, 2.900 pesos, en segundo lugar.
  • Pergamino, 2.784 pesos, con fuerte presión sobre el usuario.
  • Eldorado, 2.500 pesos, y Centenario, 2.478 pesos, completan los primeros cinco.
  • Partido de la Costa, 2.410 pesos, con una suba del 20 por ciento respecto de septiembre.
  • Bariloche, 2.333 pesos, y Orán, 2.200 pesos, en el tramo siguiente.
  • Rosario y Córdoba, ambas con 2.150 pesos, con Rosario trepando 25 por ciento frente al mes anterior.

En el otro extremo del ranking aparece el universo más barato, encabezado por los servicios de jurisdicción nacional del AMBA, donde el boleto mínimo se ubica en 743 pesos y se convierte en el valor más bajo del relevamiento. La Ciudad de Buenos Aires cobra 920 pesos, con una suba del 3,66 por ciento respecto de septiembre, y el AMBA bonaerense, 1.215 pesos, con un incremento del 4,39 por ciento. Entre las ciudades con tarifas más bajas también figuran Ramallo, con 950 pesos, y La Rioja, Villa Mercedes y General Pico, las tres con 1.000 pesos. El contraste es elocuente: el boleto pinamarense cuesta más de cuatro veces lo que se abona en los colectivos nacionales del Área Metropolitana.

Menos pasajeros, más peso sobre el usuario

El precio, sin embargo, cuenta solo una parte de la historia. En el AMBA, que es el distrito donde el boleto resulta más barato, el sistema además transporta menos gente. En septiembre de este año el promedio diario de pasajeros en días hábiles fue de 8.232.858, contra 9.158.089 del mismo mes del año anterior: una baja del 10,1 por ciento, equivalente a 925.231 viajes menos por día. Los sábados la caída fue del 12,1 por ciento y los domingos, del 9,8 por ciento, lo que confirma que la retracción no se limita al de los días hábiles sino que atraviesa toda la semana.

La tendencia, mirada en perspectiva, preocupa todavía más. Entre agosto de 2022 y agosto de 2026 los viajes mensuales en el AMBA pasaron de 241 millones a 200 millones: 41 millones de viajes menos por mes, en un período donde la población del área no se redujo sino que, por el contrario, siguió creciendo. Y en ese mismo período, medido en pesos constantes, el costo real por pasajero trepó 225 por ciento, al saltar de 244 a 794 pesos, mientras que el subsidio real bajó 37 por ciento. El resultado es un reacomodamiento silencioso pero profundo: en 2022 el pasajero cubría el 15 por ciento del costo total del sistema, y hoy cubre el 43 por ciento, lo que significa que casi la mitad del boleto ya sale del bolsillo de quien lo usa, sin intermediación del Estado.

Esa matemática explica por qué, en varias ciudades del interior, las cooperativas y las empresas chicas que operan los servicios locales están trasladando a la tarifa el peso que antes absorbía el subsidio nacional, y por qué los intendentes de partidos turísticos como Pinamar o San Martín de los Andes terminan validando boletos que duplican o triplican el promedio del conurbano. Lo que se ve, en definitiva, es de la hilera a la góndola: del modo en que se distribuye la carga entre el usuario, el municipio, la provincia y la Nación, depende que subirse a un colectivo sea un derecho o un lujo.

Mientras tanto, hay una pregunta que sigue abierta y que el relevamiento no responde, pero que cualquier lector de entre cuarenta y sesenta años se formula al llegar a la parada: cuánto más va a pesar el precio del boleto a la hora de decidir si se toma el colectivo o se busca una alternativa, y, sobre todo, qué es lo que el Estado todavía no resolvió para que en un mismo país moverse en transporte público pueda costar cuatro veces más según el código postal.

HE
Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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