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Martes, 13 de octubre de 2026
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Esteban Fontana, el abogado que se construyó palabra por palabra en la Patagonia

Nació con sordera profunda en Neuquén y sufrió violencia desde chico. Acompañado por una fonoaudióloga durante casi veinte años, aprendió a hablar y a leer los labios. Hoy es el primer abogado hipoacúsico de la región y la Legislatura lo reconoció por su título.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · · 3 min de lectura
Esteban Fontana, el abogado que se construyó palabra por palabra en la Patagonia

El sol cae con fuerza sobre la vereda de la Legislatura neuquina y el viento zonda empieza a hacer de las suyas en pleno centro de la ciudad. Acá, en esta provincia donde el termómetro suele jugarle una mala pasada a la gente, esta mañana el calor queda relegado por la historia que se cuenta adentro del recinto. Un vecino de 41 años, nacido con sordera profunda, recibió un diploma que lo transforma en el primer abogado hipoacúsico de la Patagonia. Se llama Esteban Fontana y, antes de hablar él mismo, aprendió a mirar los labios de los demás durante casi veinte años de la mano de una fonoaudióloga.

Una infancia atravesada por la violencia

La historia de Esteban no arranca en los tribunales ni en las aulas universitarias, sino en una sala de espera donde sus padres, sin antecedentes de discapacidad auditiva en la familia, recibieron el diagnóstico cuando él todavía era un bebé. Ahí empezó una búsqueda que cambió para siempre la vida de cada miembro de la familia. Desde los cinco años, el chico del barrio Copol tuvo que aprender a convivir con burlas, empujones, golpes y un aislamiento que lo empujaba contra las paredes del mundo. La escuela primaria fue el primer campo de batalla.

A los ocho años, cuando la mochila ya pesaba más de lo que cualquier criatura debería cargar, fue su hermana Noelia la que lo sostuvo y lo trajo de vuelta a la superficie. Una tarde, en medio de una de esas crisis que suelen quedar grabadas a fuego, ella lo frenó en seco y le dijo una frase que él repite tal cual la escuchó: Esperá, porque en el futuro te esperan cosas muy lindas. Esa escena, según me confiaron quienes la conocen de cerca, fue un punto de quiebre. Yo me prometí que no importara cuánto sufriera, iba a superar las barreras y demostrar que podía ser alguien valioso, reconstruye Esteban cada vez que cuenta el tramo más crudo de su vida.

La carrera que parecía imposible

El camino al título fue largo y sinuoso. La secundaria la completó en dos instituciones distintas y, cada vez que cambiaba de aula, tenía que empezar de nuevo a explicarle a profesores y compañeros cómo leía los labios y modulaba cada palabra. Cuando llegó a la Universidad Siglo 21 y eligió Derecho, el escenario fue idéntico: muchas clases iban más rápido de lo que su ritmo le permitía seguir y tuvo que apoyarse en el estudio autodidacta y en la paciencia de sus compañeros para completar lo que no llegaba a captar del todo. Cursó seis años y, el día de la defensa de su tesis sobre maternidad en el servicio penitenciario, pidió a los profesores que le hablaran despacio. La calificación fue sobresaliente.

El caso de Esteban reabrió en la Legislatura neuquina un debate que viene pendiente desde hace rato: hasta qué punto una persona con discapacidad puede avanzar si la única ayuda que recibe es la que ella misma se construye con esfuerzo propio. En los fundamentos del reconocimiento, los legisladores plantearon que el mérito académico no debería depender de la capacidad de cada uno para compensar por sí solo las barreras que el Estado todavía no logra eliminar. Mientras tanto, acá en Neuquén, en las veredas que siguen soportando el calor y el zonda, una frase de un vecino que prefiere mirar a los ojos antes que pedir permiso para ser escuchado empieza a sonar con más fuerza que nunca: Gracias a ese esfuerzo, aprendí a leer, a modular, a hablar, a construir palabra por palabra un puente hacia el mundo.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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