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Estrés en la mochila: cuando el colegio se vive más allá del aula

La presión por las tareas y las calificaciones puede instalarse en la cocina del hogar, traducirse en cambios de humor y hasta en molestias corporales. Una especialista de Cleveland Clinic insiste en acompañar desde la calma, ordenar el día y sostener los vínculos cara a cara.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 25 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

La térmica en Mendoza hoy pega de lleno, con esa sensación de aire pesado que se mete por la ventana abierta del living y te hace buscar la sombra de la cortina antes que cualquier otra cosa. Pero antes de que el sol termine de afirmarse, ya hay otro calor dando vueltas en muchas casas de la provincia: el de la mochila del colegio, que en estos meses pesa más que nunca. El timbre de la puerta sonó y me atendió Marta, vecina de Godoy Cruz, mientras acomodaba la planilla de notas de su hijo sobre la mesa de la cocina. Me dijo, con esa sinceridad que solo aparece cuando alguien te cuenta lo suyo en chancletas, que el chico llega con una contractura en la nuca que antes no tenía y que ya ni el termo con mate alcanza para distender la tarde.

Ese cuadro, que se repite en incontables hogares argentinos con el cierre del año lectivo y la cercanía de las finales, es el que describe la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic. Para la especialista, la manera en que responden los adultos que rodean a un estudiante define buena parte de cómo ese chico procesa la exigencia. Hacer una pausa antes de reaccionar, mostrar con el propio ejemplo que es válido pedir ayuda y sostener la calma se vuelven, en la lectura de Albers, herramientas tan concretas como repasar un tema antes del examen.

Cuando la presión se muda a la casa

El acompañamiento no se agota en la familia directa. Albers subraya el valor de que existan otros adultos de referencia, personas de confianza que puedan regular sus propias emociones y estar disponibles cuando la tarea o la fecha de un trabajo práctico desbordan al estudiante. Hasta el hecho de que quien cuida esté pasando por un momento de agobio puede transformarse en una oportunidad pedagógica: mostrar cómo se trabaja sobre esa dificultad y cómo se busca apoyo, en vez de fingir una fortaleza que no existe.

Acá, en la vereda de cualquier barrio, se ve seguido el contraste: padres y madres que llegan del trabajo con la mandíbula tensa y, del otro lado de la mesa, chicos que arrastran la suya propia. El dato clínico que aporta la especialista ayuda a entender por qué esa escena se repite tanto. La presión del colegio, advierte Albers, no siempre se traduce en palabras. Puede manifestarse con cambios de humor, con irritabilidad a la hora de la cena o con síntomas físicos que aparecen sin causa médica clara. A las tareas y a las expectativas sobre las notas se suman las comparaciones fugaces en redes sociales y la sensación de estar siempre conectado con la demanda escolar, como si el aula tuviera una notificación push pegada a la muñeca.

Una exigencia que estimula y un estrés que agota

“Cuando la respuesta de estrés se vuelve demasiado frecuente o demasiado prolongada, el organismo tiene menos oportunidades para recuperarse, y la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo que son los que permiten manejar información en el momento y recuperar lo aprendido.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic

Esa distinción es clave para entender cuándo la presión puede ser motor y cuándo empieza a jugar en contra. Según Albers, explicar esta relación en lenguaje llano, en la sobremesa o camino a la escuela, ayuda a que el propio estudiante advierta por qué cuidar el sueño, las pausas y los vínculos presenciales no es un premio consuelo sino parte del mismo plan para llegar más lejos con el aprendizaje. La propuesta concreta de la especialista para ordenar una jornada cargada pasa por revisar, con una lapicera en la mano si hace falta, qué requiere resolución inmediata, qué admite una espera y qué puede delegarse o directamente dejarse de lado. Después, la obligación prioritaria se separa en acciones chicas. Una demanda que parecía imposible se vuelve, así, una sucesión de pasos manejables.

  • Revisar pendientes y separar lo urgente de lo que puede esperar o delegarse.
  • Dividir la tarea principal en pasos chicos y concretos.
  • Reservar espacios diarios para actividad física o al aire libre.
  • Sustituir parte del scrolling nocturno por actividades artísticas o meditación.
  • Mantener un horario de descanso protegido y cenas sin pantallas.
  • Asegurar vínculos cara a cara, aunque sean breves, en familia y con amigos.

El tiempo libre, señala Albers, también merece estrategia. Para ella, las redes sociales pueden prolongar la sensación de estar bajo evaluación permanente, como un examen que nunca termina. Como alternativa al desplazamiento automático por publicaciones, propone actividades artísticas, caminatas o unos minutos de meditación que devuelvan al cuerpo al presente. La especialista insiste en que ese cambio se complementa con hábitos firmes: horarios estables de sueño, rutinas que respeten los momentos de descanso y vínculos presenciales que funcionen como red de contención. Cuando el colegio deja de vivirse solo dentro del aula, el sostén cotidiano se vuelve una tarea compartida.

Antes de irme de la casa de Marta, mientras el ventilador de pie giraba lento y el termo se vaciaba, ella me resumió lo que había quedado dando vueltas en la cocina: a veces el mejor cuaderno de apoyo no se compra en la librería, sino que se arma entre todos los que estamos del otro lado de la puerta del aula. Como me dijo al despedirse, ya en la galería, con esa frase que vale para más de un hogar acá en Mendoza: “Cuando uno respira antes de contestarle, el pibe también aprende a respirar antes de la prueba”.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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