Guardar un secreto, perdonar y aprovechar el tiempo: las tres batallas que Franklin vio venir hace más de dos siglos
Una frase atribuida al estadista e inventor estadounidense vuelve a circular con fuerza en tiempos de pantallas abiertas y rencores que no se procesan. La coincide: el autocontrol, más que un talento innato, se entrena.

Acá, en la redacción, la mañana arrancó pesada, con ese calor que se pega al teclado y un café que apenas alcanza para espantar el sueño. Mientras la térmica subía, me crucé con un artículo viejo que vuelve a aparecer cada tanto en las redes: una sentencia atribuida a Benjamin Franklin sobre las tres cosas más difíciles de esta vida. Y la verdad es que, leído en este contexto, pega distinto. No es un consejo de autoayuda ni una frase bonita para enmarcar: es una descripción bastante ajustada de lo que nos pasa todos los días, sobre todo a los que arrastramos la costumbre de contar todo lo que sabemos, de guardar broncas viejas como reliquias y de quejarnos porque el día no alcanza.
La frase que sigue dando vueltas
"Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo", escribió Franklin, uno de los padres fundadores de Estados Unidos y un tipo que, además de firmar la Declaración de Independencia, se dio el gusto de experimentar con rayos y cometas. Lo que en el siglo XVIII sonaba a admonición moral, hoy se lee casi como un manual de supervivencia urbana. Porque los tres puntos que menciona tienen más en común de lo que parece: los tres son, en el fondo, ejercicios de autocontrol.
Cuando uno mira en detalle, lo que Franklin puso en una sola línea son tres batallas internas distintas, cada una con su propia lógica, pero atadas por un mismo hilo. Vamos por partes.
Los tres ejes, uno por uno
- Guardar un secreto. Contar algo que nos confiaron produce una sensación rápida de protagonismo, de estar "adentro" de algo. Es una gratificación inmediata que el cerebro registra como un premio. Sin embargo, sostener la discreción es un acto de respeto concreto hacia la persona que confió: cada confidencia es un compromiso ético que va más allá de la comodidad del momento. En la práctica, esta tarea se volvió más difícil en la era de las redes, donde la sobreexposición presenta la reserva como algo casi anticuado.
- Perdonar un agravio. Perdonar no es justificar lo que el otro hizo ni borrar el hecho de la memoria. Es, sobre todo, una herramienta para soltar el peso emocional que consume energía mental. El resentimiento ocupa recursos cognitivos propios de quien lo sostiene: mientras la bronca sigue activa, la atención y el bienestar quedan atados a las acciones de terceros. Soltar ese peso es recuperar el manejo sobre la propia cabeza.
- Aprovechar el tiempo. A diferencia del dinero o de los objetos, las horas no se recuperan. Franklin describía el tiempo como un activo no renovable. Hoy, plataformas digitales y empresas de entretenimientos compiten de manera activa por capturar la atención de las personas durante el mayor tiempo posible. Por eso, estar ocupado no siempre significa haber avanzado: la diferencia la marca la alineación entre lo que uno quiere hacer y lo que efectivamente decide hacer hora a hora.
El hilo común: gobernar los propios impulsos
El denominador común de los tres desafíos es, justamente, el autocontrol. Y acá viene un dato que a mí, al menos, me sacó un peso de encima: la lo trata como una capacidad que se entrena, no como un rasgo de personalidad fijo de nacimiento. Eso quiere decir que no es cuestión de "ser de tal o cual manera": es cuestión de práctica, de tropezar muchas veces y de volver a intentar.
Lejos de negar los impulsos, la idea es aprender a tomar decisiones conscientes frente a ellos. En un contexto de sobreexposición digital, de rencores que se archivan en silencio y de agendas que se llenan de cosas que no elegimos, la vigencia de esa observación de hace casi tres siglos resulta, cuando menos, llamativa. Como dijo una vez una vecina de Maipú con la que charlé hace tiempo sobre estos temas: "El problema no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa". Y vaya si tenía razón.
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