Imágenes falsas, daño real: el caso de Lomas de Zamora que golpea a cuatro chicas y reabre un debate urgente
Adolescentes de un colegio secundario de Lomas de Zamora vivieron vergüenza, angustia y sensación de vulnerabilidad después de que compañeros crearan y difundieran imágenes sexuales generadas con inteligencia artificial. La Justicia investiga a cuatro menores y la causa reaviva la discusión sobre el daño psicológico concreto que produce este tipo de material aunque las víctimas sepan que las imágenes no son reales.

La mañana del miércoles amaneció pesada en el sur del conurbano, con esa humedad que se te pega a la piel y te obliga a buscar la sombra del primer árbol que aparezca en la vereda. En uno de esos barrios de Lomas de Zamora, lejos del ruido de la avenida y del ritmo de la gente que va y vuelve del trabajo, hay un colegio secundario que durante las últimas semanas dejó de ser un lugar de rutina para transformarse en escenario de un caso que todavía cuesta dimensionar: cuatro chicos, también alumnos de la misma institución, habrían usado herramientas de inteligencia artificial para fabricar imágenes de contenido sexual a partir de fotos reales de varias de sus compañeras, tomadas de sus perfiles públicos en redes sociales, y después hacerlas circular en grupos digitales. Lo que empezó como una travesura que ellos aparentemente subestimaron se convirtió, en cuestión de días, en una causa judicial por producción y distribución de material de abuso sexual infantil (MASI) y en una de las situaciones más delicadas que les tocó atravesar a las familias y al equipo directivo de la escuela.
Cuando uno escucha la frase "aunque sé que es falso, me dio vergüenza", que dijo una de las adolescentes afectadas, entiende de un golpe lo que está en discusión acá: que la falsedad técnica de una imagen no neutraliza el daño emocional que produce en quien aparece en ella. Esa es, justamente, la paradoja central del fenómeno que hoy preocupa a padres, docentes y equipos de orientación: el archivo no muestra algo que pasó en la vida real, pero el cuerpo, la cabeza y la vida social de la víctima reaccionan como si hubiera pasado. Varios especialistas vienen señalando hace tiempo que el impacto de este tipo de material manipulado puede ser tan profundo como el de una imagen auténtica, porque lo que se activa en quien lo sufre no es sólo el miedo a ser vista, sino la sensación de haber perdido el control sobre la propia imagen y, con ella, sobre la propia intimidad.
Lo que sintieron las chicas y por qué lo que sintieron alcanza para dimensionar el daño
Las víctimas de este caso son chicas de entre catorce y diecisiete años que, hasta hace muy poco, tenían como preocupación más grande el examen de la semana o el grupo de estudio para la prueba de matemática. De un día para el otro se encontraron con que había imágenes suyas en formato de desnudo o de contenido sexual, generadas con programas de inteligencia artificial que toman una fotografía real y la modifican para que parezca otra cosa. Las chicas relataron a sus familias y a la Justicia una seguidilla de emociones que, contadas por ellas mismas, conmueven: asco, vergüenza, miedo, sensación de vulnerabilidad y una preocupación constante por no saber hasta dónde llegó ese material.
Una de ellas contó que tardó varios días en hablarles a sus padres porque no quería que la vieran así, pese a saber que las imágenes eran manipuladas. Otra, en cambio, expresó algo que resume el alcance que tomó el caso: "Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo". Y no es un detalle menor: los programas que se usan para este tipo de prácticas son cada vez más accesibles, más rápidos y más baratos, y los grupos digitales donde circulan los archivos se multiplican a una velocidad a la que las familias, y a veces las propias plataformas, no pueden responder. Esa sensación de que la imagen puede estar en cualquier lugar del mundo es, para cualquier adolescente, una carga que pesa todos los días.
La Justicia tomó intervención a partir de la denuncia de las familias y ordenó una serie de medidas que muestran la gravedad con la que se encara el expediente: se realizaron allanamientos, se secuestraron dispositivos electrónicos y se identificó a cuatro menores como los principales sospechosos de haber producido y distribuido el material. Además, se dictó una medida de cese de hostigamiento y se solicitó que los chicos investigados pasen a la modalidad virtual, justamente para evitar el contacto entre las partes dentro del mismo edificio escolar.
La escuela, las familias y el silencio que se rompió en la puerta
Dentro del colegio, la primera reacción institucional fue tardía e insuficiente según el relato de varias de las alumnas afectadas, que concurrieron al establecimiento cuando descubrieron lo que estaba pasando y sintieron que no había una respuesta a la altura de la situación. Días después, las autoridades reorganizaron la respuesta: jornadas de diálogo con los cursos, acompañamiento del equipo de orientación y la decisión de que los cuatro chicos investigados siguieran las clases desde sus casas. Lo cierto es que la escena terminó desbordando a la escuela y se trasladó a la calle, donde se concretó una protesta organizada por las propias alumnas, con presencia de chicos de distintos cursos y de muchas familias que se acercaron a acompañar.
Los videos de la manifestación se difundieron con rapidez en redes sociales y, como suele pasar en estos casos, abrieron la puerta a testimonios de jóvenes de otros colegios que contaron haber vivido situaciones parecidas, con herramientas similares y con el mismo tipo de circulación. Esa viralización de la protesta tuvo un costado doble: por un lado, le dio visibilidad a un problema que muchas veces queda encerrado entre cuatro paredes; por el otro, dejó en evidencia que el fenómeno no es un hecho aislado sino una práctica con la que muchas escuelas del conurbano y de la Ciudad de Buenos Aires ya se están cruzando.
En ese contexto, lo que queda flotando para padres, docentes y equipos de orientación es un listado de preguntas que no tienen respuesta fácil: qué hacer si un adolescente descubre que una imagen suya manipulada está circulando, cómo acompañar a las víctimas para que la vergüenza no se transforme en aislamiento, qué obligaciones tienen las plataformas para detectar este tipo de material y retirarlo de circulación, y de qué forma se discute el tema dentro del aula sin banalizar el daño que produce. Son preguntas que, en muchos hogares del sur del conurbano, ya se empezaron a hacer en voz alta.
Antes de cerrar esta nota, mientras el sol de la tarde empieza a bajar y el aire vuelve a moverse entre las ramas de los jacarandaes de la vereda, me quedo pensando en una de las frases que dijo una vecina del barrio, mamá de una de las chicas, con la voz todavía un poco quebrada por los días que le tocaron vivir: "Lo que más me duele es que mi hija, a esta altura, ya no sabe qué foto de ella en redes es segura". Es una frase que, acá a la vuelta, en cualquier barrio del conurbano, puede empezar a ser la de cualquier familia.
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