Joshua Slocum, el lobo de mar que le ganó al océano sin cronómetro y sin saber nadar
En 1898 se convirtió en el primer navegante solitario en dar la vuelta al mundo, a bordo de un balandro reconstruido en un pastizal. Once años después, el mar se lo llevó sin devolverlo. Un viaje por la vida y laítica desaparición del capitán del Spray.

Acá, en plena siesta de enero, con el asfalto temblando bajo un sol que parece vengativo, me puse a leer la historia de un tipo que, hace más de un siglo, decidió que el vapor le había robado el alma al mar y que él iba a recuperarla a remo y a vela, sin más compañía que un reloj de hojalata sin cristal y un balandro podrido levantado tabla por tabla en un potrero de Massachusetts. La historia de Joshua Slocum, el primer navegante solitario que le dio la vuelta al mundo, es una de esas que uno termina leyendo con la ventana abierta, como si el viento de la cubierta del Spray se hubiera colado por el living. Y se queda ahí, dándole vueltas a la idea de que haya sido un canadiense que no sabía nadar, y al que el océano, al final, se lo llevó sin testigos.
Un balandro reconstruido en un potrero
Para entender a Slocum hay que empezar por el barco, porque el Spray era él y él era el Spray. Slocum era un lobo de mar de manual: nacido en 1844 en una granja de Nova Scotia, se fugó a los dieciséis enrolándose como cocinero y grumete para no terminar arando la tierra familiar. De ahí en adelante, décadas de navegación mercante, oficios varios en cubierta y un conocimiento enciclopédico de barcos, velas, maderas y mareas. Cuando el vapor empezó a dejar sin trabajo a los capitanes de vela, Slocum recaló en un astillero improvisado de Massachusetts y encontró el casco del Spray abandonado en un pastizal, casi deshecho. Lo reconstruyó durante trece meses, sin más capital que sus manos y su cabeza. Y cuando lo vio listo, no pensó en venderlo ni en pescar con él: pensó en dar la vuelta al mundo. Solo.
El 24 de abril de 1895 zarpó de Boston. Sin fanfarria, sin oficial, sin un segundo tripulante. Tres años después, el 27 de junio de 1898, entró en Newport, Rhode Island, y se convirtió en el primer navegante solitario documentado en circunnavegar el globo. En el medio había cruzado el Atlántico, bajado por el Estrecho de Magallanes bordeando el cabo de Hornos, atravesado el Pacífico y el índico, y completado más de 46.000 millas náuticas. Sin cronómetro marino, sin radio, sin GPS y sin saber nadar. Como él mismo decía: en mitad del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.
- El Estrecho de Magallanes: para espantar a los fueguinos que intentaban abordar el Spray de noche, Slocum esparcía tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Subían descalzos, pisaban las puntas y salían corriendo.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por comida en mal estado, creyó ver a un piloto fantasma timoneando el barco. Cuando se le pasó la fiebre, el Spray seguía su rumbo como si nada.
- Navegó tres años con un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal: compensaba la falta de cronómetro con estimaciones a ojo, observaciones lunares y una memoria corporal del mar que había empezado a los dieciséis años.
- En 1900 publicó 'Sailing Alone Around the World', un libro que empezó como serie en revistas y se transformó en un éxito inmediato por su estilo seco, irónico y sin heroísmos de cartulina.
El último viaje, sin testigos
La fama no lo amarró a puerto. En noviembre de 1909, con 65 años, Slocum volvió a zarpar. Esta vez el destino era el Río de la Plata, la Patagonia, los canales del sur. Llevaba un proyecto enorme: recorrer los ríos y costas de América del Sur, escribir un nuevo libro y, de paso, sacudirse de encima el vértigo de un mundo que ya navegaba a vapor y a motor. El Spray, su compañero de tres años, iba con él. En enero de 1910 zarpó de la isla de Barbados hacia Venezuela. Y después, el silencio.
Nunca más se supo de él. No hubo mensaje de, no apareció un bote, no se rescató un cuerpo. Tampoco se encontraron restos del Spray, ni siquiera una boya, ni un mástil, ni un casco varado en alguna costa. La hipótesis más fuerte, barajada por historiadores navales, es que el 14 o 15 de noviembre de 1909 el viejo balandro chocó contra un vapor o fue abordado por alguno de los grandes transatlánticos que ya surcaban esas aguas, y que se hundió con todo adentro antes de que nadie pudiera siquiera lanzar un grito. Otros hablan de temporal, de una vía de agua que se abrió de golpe, de un hombre que se durmió una noche y no despertó. Lo cierto es que el mar no devolvió ni el barco ni al capitán, y la historia quedó con el hueco de su ausencia.
Mientras escribo esto, con la térmica pasando los treinta y pocos y la calle todavía tirrila, pienso en que Slocum era el tipo de hombre que este siglo ya no fabrica: uno que arreglaba su propio barco con las manos, que se reía de las modas técnicas, y que trataba al océano como a un par, no como a un paisaje de postal. Su libro sigue leyéndose porque tiene la voz de alguien que vio cosas y las cuenta sin aspavientos. Y su desaparición, casi un siglo y medio después, sigue siendo una de esas preguntas sin respuesta que el agua se guarda para sí.
“El océano no le devolvió el cuerpo ni el barco, pero le dejó a la posteridad algo que el vapor de su época no pudo comprar: la certeza de que un hombre solo, con un reloj de hojalata y un balandro reconstruido en un pastizal, podía darle la vuelta al mundo.”Javier Riveros, Sociedad y vida cotidiana
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