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Viernes, 9 de octubre de 2026
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La chica de la aguja y el caso de los bebés de Copenhague: cuando la maternidad se cruza con el crimen

La película de Magnus von Horn reconstruye un hecho real sucedido en la Dinamarca de posguerra y lo convierte en una reflexión sobre la pobreza, la elección y los márgenes de las mujeres en una sociedad que las empujaba a decisiones imposibles.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · · 5 min de lectura
La chica de la aguja y el caso de los bebés de Copenhague: cuando la maternidad se cruza con el crimen

Hay tardes de julio en Mendoza en las que la helada temprana obliga a los viñateros a levantar las copas y mirar el cielo como quien mira un veredicto, y en esas tardes uno termina buscando en la pantalla algo que lo saque del calendario de la finca y lo ponga frente a una historia distinta pero igualmente cruda. La chica de la aguja, el largometraje que el director sueco Magnus von Horn estrenó el año pasado, llegó a las salas con la promesa de un drama de época en blanco y negro y se terminó convirtiendo en una de esas películas que se quedan dando vueltas varios días después de los créditos finales, no tanto por lo que muestra sino por lo que deja pensando sobre los márgenes de elección que tiene una persona cuando el Estado y la sociedad le dan la espalda.

La película toma como punto de partida un caso criminal real ocurrido en Copenhague en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, una ciudad marcada por la pobreza, el hambre y unas distancias sociales que el relato no disimula. Von Horn elige contar esa historia desde el lugar de las mujeres que la padecieron, y por eso la cámara sigue muy de cerca a Karoline, una joven obrera que llega a la capital danesa embarazada, sin red familiar y sin más horizonte que el de un trabajo mal pago y un cuarto prestado. Es ese punto de partida, el de una mujer sola frente a un futuro incierto, el que le da a la película su motor y su incomodidad.

Dagmar y la sospecha que sostiene el relato

En ese camino aparece Dagmar, el personaje que la actriz Trine Dyrholm compone con una mezcla de dulzura y opacidad que es lo mejor del filme. Dagmar se presenta como una mujer dedicada a conseguir familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos, una especie de intermediaria de la adopción en un tiempo en que esa palabra tenía un significado mucho más turbio que el actual. Para Karoline, ese ofrecimiento aparece como una tabla en medio del naufragio, una posibilidad concreta frente a un futuro que se le cierra.

El vínculo entre las dos sostiene buena parte de la narración y se va cargando de sospecha a medida que la película avanza. Von Horn dosifica la información con paciencia: no apura revelaciones ni moralinas, y deja que el espectador vaya cruzando lo que ve con lo que intuye, como cuando uno mira el cielo de madrugada y no sabe si la helada va a quemar el Malbec o va a pasar de largo. Esa construcción hace que la confianza entre los personajes quede atravesada por una duda que nunca se termina de apagar, y que el blanco y negro funcione menos como un capricho estético que como una forma de subrayar la falta de escapatoria que rodea a Karoline.

  • La película reconstruye un caso criminal real de la Copenhague de posguerra, no una invención del guionista.
  • El blanco y negro no es decorativo: refuerza la sensación de encierro y de país en penumbra que rodea a los personajes.
  • Trine Dyrholm compone a Dagmar como una figura ambigua, ni madre ni villana, que recién al final muestra su verdadera cara.
  • El relato pone en el centro la pregunta por el margen de elección que le queda a una mujer sin dinero, sin familia y sin derechos.

Hay en La chica de la aguja una pregunta que sobrevuela toda la película y que la conecta con discusiones muy actuales, más allá de la época en que está ambientada: qué margen real de decisión tiene una persona cuando le faltan recursos, apoyo y un Estado que la acompañe. Karoline no es presentada como una víctima pasiva ni como una heroína trágica, sino como alguien que va tomando decisiones dentro de un menú de opciones cada vez más estrecho, y es esa estrechez la que el director busca mostrar sin golpes bajos.

“La película no se pregunta si Karoline hizo bien o hizo mal, sino por qué el mundo que le tocó vivir le dejó tan pocas salidas como para tener que hacérselo preguntar.”Hugo Elizondo

La puesta en escena acompaña esa reflexión con espacios opresivos, pasillos oscuros y una ciudad filmada lejos de cualquier postal turística de la Europa de entreguerras. Von Horn muestra una Copenhague sucia, gris, con hambre, y en esa ciudad la maternidad deja de ser un asunto íntimo para volverse un problema público que el relato no resuelve ni pretende cerrar con un final amable. De la pantalla al bolsillo del espectador, lo que queda es esa incomodidad, que es la misma que uno siente cuando mira el precio de la uva en la tranquera y se pregunta quién se queda con la diferencia.

Queda, al final, la misma pregunta con la que el material invita a cerrar la nota: qué lugar le damos hoy, como público, a estos dramas basados en hechos reales que no ofrecen la digestión fácil de un thriller ni la recompensa emocional de una historia de superación. La chica de la aguja exige atención, paciencia y tolerancia a la ambigüedad, y devuelve, a cambio, una película que habla de un caso criminal concreto y, al mismo tiempo, de las deudas que arrastramos con las mujeres que en cualquier época se quedaron sin respuestas del Estado. De eso se trata, en definitiva, de no mirar para otro lado.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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