La fórmula latinoamericana para cuidar la memoria pasa por la cocina, el caminador y el control del colesterol
Un estudio que siguió durante dos años a más de mil adultos mayores de once países mostró mejoras en las funciones cognitivas y abrió la pregunta por cómo sostener esos cambios en la vida cotidiana. Especialistas reunidas en Buenos Aires contaron los detalles.

La mañana arrancó pesada en la Ciudad de Buenos Aires, con esa humedad que se pega al cuello y la térmica que ya a las diez prometía un alivio corto. Por esas calles, en la zona de Núñez, un grupo de investigadoras y médicos de toda la región se sentó a discutir algo que en el barrio parece ajeno y sin embargo toca a cualquiera que tenga un padre, una madre o un abuelo: qué hacer para que la memoria aguante lo más posible y para que la demencia, si aparece, lo haga lo más tarde posible.
El encuentro, organizado por FLENI, sirvió para presentar los resultados del ensayo LatAm-FINGERS, un trabajo que durante dos años siguió a 1.065 personas de entre 60 y 77 años distribuidas en once países de América Latina. La investigación puso bajo la lupa una idea que ya circulaba en el mundo pero que nunca se había probado con esta rigurosidad en nuestra región: que la demencia se previene, o al menos se posterga, con un paquete de hábitos que incluye la alimentación, el movimiento físico, el entrenamiento de la mente, los vínculos sociales y el cuidado del corazón.
Por qué el corazón va primero
Acá, del otro lado del mostrador, lo primero que aclaran las especialistas es que hablar de memoria no es hablar solo del cerebro. La hipertensión, la diabetes, el colesterol alto y el tabaquismo lastiman los vasos sanguíneos que nutren al cerebro, y cuando esos vasos fallan, fallan las capacidades cognitivas. Por eso la estrategia arranca en el consultorio clínico, con los controles de presión, glucosa y colesterol, y desde ahí se extiende hacia la mesa, la caminata diaria y la conversación con el vecino.
“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI
Crivelli, que además es investigadora principal del estudio, fue la encargada de explicar cómo se adaptaron las recomendaciones a las cocinas y a las rutinas de cada lugar. En países tan distintos como Argentina, México, Colombia, Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Paraguay, Ecuador, República Dominicana y Bolivia, la idea fue la misma, pero el menú cambió: lo que en un lugar fue un taller de cocina con legumbres, en otro fue un encuentro comunitario con pescado y verduras propias de la zona. La consigna, resumió la especialista, fue mantener la esencia y aceitar el formato para que la gente pudiera cumplirlo.
Cómo se midió el ensayo
Los participantes se dividieron en dos modalidades de acompañamiento. Una, más intensiva, ofreció actividades organizadas y un contacto frecuente con equipos de salud; la otra, más autónoma, se apoyó en recomendaciones generales para que cada persona fuera incorporando los hábitos por su cuenta. Ambos grupos recibieron orientación preventiva, lo que permitió comparar no solo qué intervención rendía mejor, sino también si valía la pena sostener el esfuerzo en contextos con recursos limitados.
Los resultados abren una puerta, pero no prometen milagros. Los propios investigadores aclararon que los cambios en el estilo de vida no garantizan que la demencia no aparezca; lo que muestran es que se puede hacer algo, y que ese algo se traduce en mejoras medibles en pruebas de memoria y razonamiento. Para una región que envejece a ritmo acelerado y con sistemas de salud desiguales, la conclusión práctica es concreta: vale la pena empezar por lo que ya se sabe hacer, comer un poco mejor, moverse, controlar la presión y, sobre todo, no dejar que la rutina aísle. Como me dijo una médica que trabaja en el conurbano bonaerense y que pidió no ser mencionada por su apellido, porque la quiso contar igual: la memoria se cuida en la mesa, en la plaza y en el centro de salud, no en un frasco de vitaminas.
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