La huerta de primavera se cuela en el jardín y se gana un lugar junto a las flores
Septiembre abre la puerta para mezclar plantas comestibles con ornamentales en un mismo espacio. La clave pasa por planificar el tamaño que tendrán, la luz que recibirán y los cuidados que pedirán los frutos.

El zonda baja tibio por la calle y, aunque todavía no aprieta como en enero, ya empieza a recordarnos que la primavera en Mendoza no es un cuento de hadas sino una estación que se trabaja con las manos. En los barrios, las veredas se llenan de gente que mira el cantero, la maceta del balcón o ese rincón del patio donde el año pasado no creció nada y este año, dicen, quieren intentarlo de verdad. La huerta vuelve a estar de moda, pero no como un espacio aparte y escondido al fondo del terreno: ahora se piensa como una parte más del jardín, integrada con las plantas que dan flores, color y aroma. Y acá, del otro lado de la pantalla, me toca contarles cómo se organiza esa convivencia sin que ni la ensalada ni el jazmín se peleen el lugar.
Pensar el espacio antes de meter la pala
Antes de elegir qué sembrar en septiembre, lo primero que conviene hacer es mirar bien el terreno con el que se cuenta. Una huerta puede ocupar una franja chica junto a la pared, puede rodear una fuente o puede compartir el cantero central del jardín con las plantas ornamentales. Lo importante es que se piense como parte de la vista desde la ventana de la cocina, porque si está alejada y olvidada, termina convertida en un yuyal. Para que la combinación funcione, el diseño debe contemplar la cosecha, sí, pero también el tamaño que alcanzará cada especie y los pasillos que van a quedar libres para circular y conectar las distintas áreas.
Una manera práctica de organizarla, como me contaba esta semana Marta, vecina de Guaymallén, es mezclar la vegetación que dura varios años con los cultivos que se renuevan cada temporada. Las plantas perennes le dan continuidad al conjunto: el romero, el tomillo, el orégano y el laurel comestible se plantan una vez y acompañan durante años, con poco mantenimiento y mucho perfume. Entre las opciones de siembra que septiembre ofrece aparecen el tomate, la albahaca, la berenjena, la lechuga y el pepino. La posibilidad de incorporar semillas o plantines permite preparar el espacio con las dos alternativas y ganar tiempo, sobre todo cuando la estación avanza y el calor no espera.
Sol, agua y orientación, el triángulo que decide todo
La ubicación condiciona cualquier elección. Las plantas de huerta necesitan al menos medio día de exposición solar directa, algo que en nuestra provincia no falta pero que hay que saber aprovechar. Identificar hacia dónde queda el norte ayuda a reconocer el sector con mayor asoleamiento y a decidir dónde van los cultivos más demandantes. También resulta práctico tener una canilla o una manguera cerca: durante la primavera y el verano aumentan la evaporación y la transpiración de las plantas, así que facilitar el riego es parte de la planificación y no un detalle menor. Cuando uno se olvida de esto, termina cargando baldes a las once de la noche, y eso, créanme, no es parte del plan.
Alturas, colores y esos detalles que hacen la diferencia
Con esas necesidades resueltas, llega la parte que más disfrutan los que gustan de mirar el jardín: distribuir alturas, formas y colores. Un laurel comestible, por ejemplo, permite armar un cerco verde para ocultar una vista que no se quiere destacar, como el famoso tender donde queda la ropa secándose o un depósito que afea el fondo. Sobre un alambrado o una reja, el taco de reina aporta flores amarillas, anaranjadas o rojizas que suben por la estructura y la llenan de vida. La elección final depende de las condiciones de cultivo y del lugar que ocupará la planta cuando crezca, porque no es lo mismo un jazmín que se desborda que una achira que se queda contained.
También conviene anticipar qué cultivos van a necesitar protección. Las frutillas, por dar un caso, suelen requerir una red contra los pájaros, sobre todo cuando empiezan a ponerse rojas y los mirones alados aparecen de todos lados. Ubicar ese sector fuera del primer plano de la huerta permite integrar la cobertura al diseño sin que la red tape las flores o las plantas más vistosas. En el suelo o en macetas, el compost y el humus de lombriz ayudan a mejorar la estructura de la tierra y aportan nutrientes, algo que en los suelos arcillosos de la zona se agradece y mucho.
El mantenimiento, además, debe contemplar un detalle que a veces se pasa por alto: habrá alimentos entre la vegetación, y eso cambia las reglas del juego. Los productos fitosanitarios que se utilicen en todo el sector tienen que estar aprobados para cultivos comestibles, incluso cuando se apliquen sobre las plantas ornamentales cercanas, porque lo que cae sobre una hoja de caléndula termina, tarde o temprano, en la tierra que alimenta al tomate de la ensalada. Cuidar ese equilibrio es, en definitiva, cuidar lo que después va a parar a la mesa.
“Yo arranqué con dos macetas en el balcón y ahora tengo medio patio convertido en huerta, lo importante es animarse y empezar con lo que se tiene.”Marta, vecina de Guaymallén
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