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Lunes, 12 de octubre de 2026
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La mesa familiar como escenario educativo: especialistas argentinos impulsan un giro en la mirada sobre la alimentación infantil

Un consenso presentado en el último Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica propone dejar de pensar solo en qué comen los chicos y empezar a pensar en cómo, con quién y dónde lo hacen. La comensalidad, la imitación y la rutina cotidiana aparecen como claves para construir hábitos que duren.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
La mesa familiar como escenario educativo: especialistas argentinos impulsan un giro en la mirada sobre la alimentación infantil

El sol cae a plomo sobre la vereda de este miércoles y el aire se pega como un trapo húmedo, pero acá lo que me importa es otra cosa: empecé a mirar de otro modo la mesa de mi casa. Hace un par de semanas caí en una charla en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, donde un grupo de especialistas presentó un documento que me cambió varias ideas que arrastraba desde la infancia. Se llama NutreAR, lo desarrollan los Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, conocidos como PROFENI, y arranca de una pregunta bastante simple pero que a veces se nos escapa: importa más lo que los chicos comen o el modo en que lo hacen? La respuesta corta es que las dos cosas cuentan, y que subestimar el cómo es un error que cometemos seguido.

El concepto que ordena toda la propuesta tiene un nombre que no había escuchado nunca: comensalidad. Suena a palabra de manual, pero en realidad es bastante llana: significa todo lo que rodea al acto de comer, o sea el momento, las personas, el lugar, los tiempos, las conversaciones, el ruido de los platos. No es solo un listado de alimentos adecuados para cada edad, aclaran los especialistas, sino una mirada que contempla el contexto. Y acá viene el primer punto que me parece central: las necesidades nutricionales de un nene de dos años, de uno de diez y de un adolescente de dieciséis son distintas, y el consenso busca dar orientaciones diferenciadas para cada etapa, no un recetario único que termine sirviendo para cualquiera.

Aprender comiendo, como en casa

Hay un mecanismo que los pediatras que trabajaron en este documento repiten hasta el cansancio: el aprendizaje por imitación. Lo sintetizo con mis palabras porque me parece lo más fuerte de todo lo que leí: los chicos aprenden a comer, en buena medida, mirando a los demás. Si ven a sus padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, su propio repertorio se amplía con menos resistencia. Si en cambio la oferta es siempre la misma, si el menú se cristaliza, se vuelve más difícil instalar alimentos nuevos. Por eso la recomendación concreta que destacan los autores es doble: ofrecer siempre algo nuevo, por más que el chico lo rechace varias veces, y evitar consolidar menús demasiado restringidos. La repetición insistente, sin convertir la comida en una batalla, suele abrir puertas que parecían cerradas.

  • La comensalidad como concepto rector: no alcanza con definir alimentos, hay que pensar el contexto en que se consumen.
  • Aprendizaje por imitación: los chicos amplían su repertorio si ven a su entorno comer variado.
  • Persistencia frente al rechazo: ofrecer alimentos nuevos de manera repetida, sin convertir la comida en una pelea.
  • Selectividad alimentaria: cuanto más restringido es el menú, más difícil resulta revertirlo.
  • Una comida compartida por día: la recomendación concreta para sostener el hábito frente a la vida agitada.

Lo que me llamó la atención al leer el documento es cómo nombra una costumbre que veo todo el tiempo en casa de conocidos: a partir de los catorce o quince años, la tendencia creciente es comer solo, muchas veces en el cuarto, con la pantalla encendida. Los especialistas lo describen como un fenómeno que reduce las oportunidades de construir los vínculos alrededor de la comida. Frente a eso, la sugerencia práctica es modesta pero firme: sostener al menos una comida compartida por día, y aclaran que la cena suele ser la más viable, porque los horarios laborales, la escuela y las actividades deportivas conspiran contra el resto. La aclaración que me parece más interesante es que la mesa no tiene que ser obligatoriamente familiar en el sentido tradicional; cenar con amigos cumple la misma función desde el punto de vista del aprendizaje.

El consenso tampoco se queda en la puerta del hogar. Incluye recomendaciones para el ámbito escolar, donde los comedores con menús planificados bajo criterios nutricionales y las viandas preparadas en casa aparecen como herramientas para ampliar las opciones de los chicos y abrir conversaciones sobre lo que comen. La idea de fondo, me da la sensación, es que la alimentación es también un hecho social, y que la calidad de lo que se come se juega tanto en el plato como en la silla, en la compañía y en la rutina. En un país donde la semana suele ser un tembladeral de horarios cruzados y la pandemia dejó huella en muchas mesas, volver a poner el foco en el cómo puede sonar a consejo de abuela, pero los números de la infancia argentina le dan la razón a quienes insisten con la idea. Por ahora, me quedo con una frase que me repitió una vecina de San Telmo mientras le contaba de qué se trataba todo esto, y que condensa bastante el espíritu de la propuesta: en casa, mientras se come, se enseña a vivir.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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