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La panza no se acostumbra: cuando la rutina diaria empieza a jugarle en contra al intestino

Dietas repetidas, antibióticos a la ligera y estrés acumulado alteran la microbiota y disparan molestias que muchos normalizan. Especialistas consultados por distintos medios insisten en que la consulta profesional llega a tiempo antes de que el cuerpo empiece a pasarle la cuenta.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 27 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Hay tardes en las que el calor se pega a la vereda y uno termina cenando lo mismo de siempre: un sándwich, una pasta rápida, lo que haya. Acá, en muchísimos hogares del conurbano y del interior, la rutina se impone sin que nos demos cuenta, y esa monotonía, que parece inofensiva, muchas veces es la primera señal de que algo le está pasando al intestino. Conviene prestarle atención, porque gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las deposiciones no deberían convertirse en paisaje de fondo de la vida cotidiana, y mucho menos en algo a lo que uno se acostumbra nomás porque lleva años aguantándolo.

La variedad en el plato como punto de partida

La dietista clínica Marcie Vaske viene insistiendo en algo que suena elemental pero que casi nadie aplica del todo: comer variado no es un capricho de nutricionista, es una necesidad concreta del aparato digestivo. La fibra que aportan las frutas, las verduras, las legumbres, los frutos secos y los cereales integrales es el alimento de una parte importantísima de los microorganismos que tenemos instalados en el intestino, y cuando esa fibra escasea porque repetimos siempre los mismos platos y llenamos la heladera de ultraprocesados, el equilibrio interno empieza a correr de su eje. La Organización Mundial de la Salud recomienda incorporar estos grupos de alimentos todos los días y llegar, como mínimo, a los 400 gramos diarios de frutas y verduras, una cifra que suena ambiciosa pero que se alcanza repartiendo el consumo en varias comidas.

Sobre este punto, la dietista Jenna Volpe completó la idea con una advertencia que a mí me dejó pensando: sostener en el tiempo una alimentación poco diversa puede modificar la microbiota intestinal y abrirle la puerta a procesos inflamatorios que después cuestan muchísimo revertir. Los alimentos fermentados, como el yogur, el kéfir o el chucrut, pueden sumar y mucho dentro de una dieta equilibrada, y acá vale la pena aclararlo porque hay una confusión enorme: comer más fermentados no reemplaza la consulta profesional si las molestias vuelven. Es un complemento, no un remedio.

Lo que va y viene en el intestino, y por qué

El intestino es una ciudad entera: alberga bacterias, virus, hongos y un montón de microorganismos más que intervienen en la digestión, en las defensas del cuerpo y hasta en la forma en que aprovechamos la energía de los alimentos. Esa composición cambia con el paso del tiempo y, según el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos, la alimentación y los medicamentos están entre los factores que más la modifican. Por eso, cuando uno toma un antibiótico sin que sea estrictamente necesario, no está haciendo un trámite administrativo: está alterando un ecosistema que tardó años en armarse y que, como les pasa a los barrios de toda la vida, no se reconstruye de un día para otro.

La recomendación sanitaria es bien clara y conviene tenerla siempre a mano: los antibióticos se toman con prescripción médica, durante el tiempo indicado y sin automedicar ni suspender el tratamiento antes de tiempo. Parece de manual, pero en la Argentina de hoy, con la venta libre que todavía se cuela en algunas farmacias y la costumbre de repetir la receta del vecino, es una advertencia que vale repetir cuantas veces haga falta.

El cuerpo habla, y a veces grita

Hay algo que la gastroenteróloga Asma Khapra suele remarcar en sus conversaciones con colegas y que me parece clave para entender por qué muchos llegan tarde a la consulta: el estrés no es solo un estado mental, es un fenómeno fisiológico que modifica los movimientos del tubo digestivo y vuelve al intestino mucho más sensible de lo habitual. Eso explica por qué semanas de mucho laburo, de preocupaciones familiares o de incertidumbre económica suelen coincidir con panzas revueltas, digestiones pesadas y visitas reiteradas al baño que después se van solas, pero que mientras tanto complican la vida cotidiana. Para adultos, la Organización Mundial de la Salud sugiere mover el cuerpo entre 150 y 300 minutos por semana, una franja que incluye desde caminar rápido hasta bailar folklore los domingos, y que ayuda tanto al ánimo como al tránsito intestinal.

  • Diversificar el plato con frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, apuntando a los 400 gramos diarios de frutas y verduras que recomienda la OMS.
  • Sumar alimentos fermentados como yogur o kéfir, entendiendo que son aliados y no sustitutos de la consulta médica.
  • Evitar la automedicación con antibióticos y respetar siempre la prescripción y la duración del tratamiento.
  • Incorporar movimiento corporal regular, idealmente entre 150 y 300 minutos semanales, para acompañar la salud digestiva.
  • Consultar a un profesional de la salud cuando las molestias digestivas se repiten, se prolongan o cambian el ritmo de vida.

Yo, cada vez que escucho el relato de alguien que vive con la panza inflamada hace años y nunca se acercó a un consultorio, me acuerdo de aquella frase que le escuché a una vecina de Boedo, Mabel, mientras charlábamos en la puerta del kiosco esperando el colectivo: "uno se va arreglando como puede, pero el cuerpo después pasa la factura". Tiene razón. La microbiota es un patrimonio que se construye con los años y que se deteriora con hábitos que uno minimiza, así que antes de naturalizar cualquier molestia, vale la pena hacerse un tiempo y sentarse a conversar con quien sabe.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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