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La panza que no se va: por qué el abdomen se resiste aun cuando uno se esfuerza

La genética, las hormonas, la edad y el sueño se mezclan en un cócktel que explica por qué la grasa abdominal suele ser la última en ceder, incluso en quienes ya mueven el cuerpo y cuidan el plato.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 6 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acá, sentado en la galería mientras baja un sol de esos que todavía pinchan en la vereda, uno termina pensando en cuántas veces escuchó lo mismo a lo largo de los años: hago abdominales, dejo el pan, camino todos los días y la panza sigue ahí, firme, como si tuviera voluntad propia. Y la verdad es que, en cierto sentido, la tiene. El organismo no toma decisiones caprichosas, pero tampoco hace caso a nuestros caprichos. Si le decís que querés perder grasa de un solo lugar, te ignora con una elegancia fisiológica que lleva décadas de estudio intentando descifrar.

Lo que la evidencia viene mostrando es que la grasa abdominal es, probablemente, la más rebelde del cuerpo. Y no por capricho, sino porque ahí confluyen la genética, la edad, los cambios hormonales y hasta la calidad del sueño. Es decir: no es una sola variable la que decide, sino un combo completo que funciona como una orquesta, a veces afinada y a veces no.

Por qué el cuerpo no elige de dónde sacar la energía

Cuando uno se mueve o deja de comer, el organismo quema energía. Pero lo hace de manera general, no por zonas. Esto quiere decir que nadie puede pedirle al cuerpo que pierda grasa únicamente del abdomen mientras mantiene todo lo demás igual. La grasa se distribuye según una lógica que incluye el sexo biológico, la edad, las hormonas y la herencia familiar.

En el abdomen se alojan dos tipos de tejido adiposo bien diferenciados. El primero es el subcutáneo, que está justo debajo de la piel y es el que uno pellizca cuando se mira en el espejo. El segundo es el visceral, más profundo, que envuelve los órganos internos y que, según múltiples estudios, es el más vinculado a riesgos cardiovasculares y metabólicos. Perder uno no implica automáticamente perder el otro, y muchas veces la tenacidad de la pancha tiene que ver con el visceral, que no se ve pero está.

El mito de las abdominales

Hacer abdominales fortalece la faja muscular del abdomen. Eso nadie lo discute. Mejora la postura, da firmeza, ayuda a sostener la columna. Pero reducir la grasa acumulada en la zona es otra historia. Los ejercicios localizados tonifican el músculo, pero no le indican al cuerpo de dónde sacar la grasa para usarla como combustible. Por eso es perfectamente posible tener un abdomen más firme y, al mismo tiempo, seguir notando un volumen que no termina de bajar.

  • La grasa se pierde de forma general, no localizada.
  • La firmeza muscular y la pérdida de grasa son procesos distintos que conviven.
  • La acumulación visceral depende de edad, genética y hormonas individuales.
  • Dos personas con rutinas similares pueden obtener resultados visiblemente diferentes.

El sueño, ese gran olvidado

Acá viene un dato que a veces sorprende, y que uno de los vecinos del tercero me repetía cada vez que le preguntaba por la dieta: dormir mal engorda, y no sólo por la noche de pizza a las tres de la mañana. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir el sueño se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. A esto se suma que dormir poco altera las señales de hambre y saciedad, lo que hace más difícil sostener cualquier plan alimentario en el tiempo.

Lo que mejor funciona, según los números

Una investigación publicada en JAMA Network Open, que siguió a más de 7.000 adultos durante un promedio de 7,2 años, encontró algo bastante concreto: quienes mejoraron la calidad de la dieta y, al mismo tiempo, aumentaron la actividad física presentaron menor acumulación de grasa visceral. El grupo con mayores mejoras conjuntas registró 149 gramos menos de grasa visceral al final del seguimiento. El dato es modesto en términos de balanza, pero relevante en términos metabólicos.

La orientación que surge de toda esta evidencia apunta a algo que en el barrio conocemos bien: no hay atajo mágico. Hay que articular alimentación, movimiento y descanso de manera sostenida. Y medir el progreso con vara más amplia: la fuerza que uno va ganando, los hábitos que uno sostiene en el tiempo y los cambios en la circunferencia de cintura suelen ser marcadores más completos que el espejo de cada mañana.

“Uno termina entendiendo que la panza no se va por sacarla a empujones, sino por darle al cuerpo un conjunto de condiciones estables para que él mismo decida, con el tiempo, empezar a soltarla.”Daniel, vecino de San Telmo
JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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