Lunes, 14 de septiembre de 2026
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La plata entra, pero no se gasta: por qué los salarios que le ganan a la inflación todavía no mueven el consumo

Los sueldos acumulan cinco meses de mejora real y la inflación de agosto perforó el 1,7%, pero los argentinos siguen eligiendo comprar dólares antes que salir a gastar. El crédito se retrae, los bancos se ponen cautelosos y la economía mira de reojo un segundo semestre sin rebote a la vista.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · 14 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Soy Hugo Elizondo, y hace rato que vengo siguiendo esta película con una sensación conocida: cuando finalmente aparece algo de aire en el bolsillo, el bolsillo se cierra en otra parte. La inflación de agosto se acomodó en 1,7% mensual, el número más bajo en mucho tiempo, y del otro lado los salarios acumulan cinco meses seguidos ganándole al índice de precios. En cualquier manual de economía, eso debería traducirse en una calle llena de gente con bolsas, góndolas movidas y tickets de tarjeta saltando de alegría. Pero no: el consumo sigue sin despegar, y entender por qué es entender, en buena medida, cómo piensa hoy el argentino de a pie.

El economista Fernando Marull lo dijo con una frase que vale como resumen de toda esta nota: Los salarios ya acumulan cinco meses de recuperación real, en un contexto de descenso de la inflación. Pero se nota mucha cautela y ese rebote no está yendo al consumo. La palabra clave es cautela, y la palabra cautela, en criollo, significa desconfianza. Desconfianza de que esta tranquilidad dure, desconfianza de que los precios no vuelvan a pegar un salto, desconfianza de que el esfuerzo de llegar a fin de mes vuelva a ser en vano dentro de dos meses.

El dinero extra se va por la convertidora

¿Y entonces a dónde va ese peso que sobra? La respuesta es casi mecánica: se transforma en dólares. Solo en julio, las familias argentinas comprieron cerca de 3.000 millones de dólares para guardar, un salto de casi 50% respecto de los meses previos. Un tercio de esos billetes verdes se quedaron en las cajas de ahorro en moneda extranjera, otro tercio salió del sistema financiero hacia el clásico colchón o la caja fuerte, y el resto se usó para pagar resúmenes de tarjeta en dólares. Cada peso que termina del otro lado del mostrador de una casa de cambio es un peso que no va a comprar una heladera, no va a pagar una cena afuera, no va a financiar unas vacaciones. El ahorro en dólares actúa como un freno directo, de esos que se sienten en el mostrador, sobre el consumo interno.

El crédito no viene en ayuda

Como si eso fuera poco, el sistema financiero tampoco tira del carro. Los bancos arrastran niveles altos de morosidad que les dejaron los meses más bravos y se muestran remisos a prestar plata. Las tasas de interés están llamadas a bajar en los próximos meses, pero la prudencia de las entidades demora esa recuperación del financiamiento. Para una familia tipo, eso significa que la heladera nueva, el arreglo del auto o la salida del invierno largo se financian, en el mejor de los casos, con lo que entra en la cuenta; en el peor, directamente no se compran.

  • Sectores exportadores, como energía, agro y minería, crecen con fuerza y empujan el promedio de la economía.
  • Industria y construcción acumulan caídas: en julio ambos retrocedieron 5%, lo que muestra que el alivio salarial todavía no se traduce en más actividad.
  • El consumo masivo sigue sin reaccionar, con familias que priorizan ahorro en moneda dura por sobre gastos postergables.
  • El crédito al consumo sigue cayendo, con bancos que prefieren no prestar hasta no ver morosidad más controlada.
  • Los analistas esperan un segundo semestre sin derrumbe pero también sin rebote rápido, con precios estables o con subas moderadas.

Para el bolsillo de todos los días, el escenario más probable de acá a fin de año es de una inflación que se mueve despacio, salarios que pueden seguir ganando algo de terreno real y un consumo que tarda en animarse, mientras la incertidumbre siga empujando la plata hacia el dólar. Lo que falta resolver, y acá viene el clásico final con pendiente, es lo que el Estado todavía no resolvió: la confianza. Sin un piso de confianza claro, con reglas que se sostengan en el tiempo y un horizonte que permita mirar más allá del próximo mes, los argentinos van a seguir haciendo lo que mejor saben hacer cuando la economía les da un respiro: guardarse ese respiro debajo del colchón, en dólares, por las dudas. Y mientras tanto, la calle, la góndola y el comercio de barrio van a seguir esperando.

La pregunta queda picando en el aire, y se la dejo a quien esté leyendo: ¿cuándo se animan a gastar los argentinos cuando sienten que sus sueldos mejoran? Porque por ahora, la respuesta parece ser: todavía no.

HE
Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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