La red social quedó lejos: Sorkin se vuelve a hacer solo el daño
El guionista vuelve a ponerse detrás de la cámara y la película quea de Facebook repite los mismos tropiezos de sus intentos anteriores como director, en una semana donde el calor no afloja en las fincas y el productor mira el cielo con recelo.

El termómetro pasó los treinta y cinco grados pasado el mediodía en la zona de Maipú, y la parra lo siente: las hojas empezaron a colgar al sol, los racimos todavía verdes piden agua y el viento zonda se anuncia para el fin de semana. En medio de ese paisaje que se busca a sí mismo, me senté en la sala a ver la nueva película de Aaron Sorkin sobre Mark Zuckerberg y las redes sociales, y la sensación que me quedó fue la de un viñatero que se niega a dejar entrar al enólogo. La viña puede tener buena uva, pero sin alguien que la discipline afuera, el vino sale como le pinta al productor.
Un guionista que se dirige a sí mismo
El problema central de El precio de la red no está en el papel que escribió Sorkin, sino en la silla donde se sentó para filmarlo. La crítica especializada coincide en algo que yo, como espectador y como alguien que trabaja con textos propios, no puedo más que confirmar: Sorkin escribe como los dioses cuando otro lo contiene, y se desborda cuando tiene el control total. Pasa con el mosto, pasa con un guion: si nadie lo frena, la mano se va de boca.
“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, en un tramo de la propia película
- David Fincher en La red social: la película que marcó el estándar y que hoy sirve de espejo en contra.
- Danny Boyle en Steve Jobs: contención absoluta para un texto que podía desbordar.
- Rob Reiner en Algunos hombres buenos: el ejemplo de manual sobre cómo disciplinar un libreto brillante.
- Molly's Game, su debut como director: la excepción que confirma la regla, recibida con cierta benevolencia.
- El proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin lleva años intentando levantar sin éxito: otro guion que pide un director externo.
Eso es exactamente lo que vuelve a faltar acá. Las secuencias de diálogo existen, sobre todo, porque suenan bien cuando uno las declama en voz alta, no porque la cámara las necesite. Las escenas de interiores están mal resueltas en iluminación, algo que llama la atención porque el director de fotografía es el mismo que trabajó en La red social hace más de una década: el problema, otra vez, viene del que dice corte. No hay urgencia en el montaje, no hay una sola imagen que trascienda lo funcional, y eso, en una película que pretende mostrar el derrumbe institucional de un país, duele.
El propio filme se hace cargo de la objeción, con esa frase del personaje que interpreta Bill Burr y que ya se escuchó en los tráileres. Sorkin la escribió, la filmó y la dejó pasar, y eso dice más que cualquier reseña: es la autocrítica de un autor que reconoce el defecto pero no puede corregirse. Es como el viñatero de San Juan que sabe que el riego por goteo le vino mal y sin embargo vuelve a comprarlo, porque es el sistema que conoce.
Mientras el termómetro sigue subiendo y la góndola empieza a aceitarse para la cosecha, esta película me deja la misma pregunta de todos los veranos cuando uno mira el calendario y ve que el Estado no movió una sola fecha, no firmó ningún convenio, no resolvió nada de lo que prometió en marzo. La estructura oficial sigue con los brazos caídos mientras la película del campo, afuera, se resuelve sola, para bien o para mal, sin que nadie desde arriba la discipline. Eso, y no el libreto, es lo que se terminó de derrapar.
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