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La vuelta al mundo en silla de ruedas: la hazaña de Fletcher y Lachie que atraviesa cuatro continentes

Dos amigos australianos, unidos por la rehabilitación y la música, recorrieron Europa, Asia, África y América del Sur durante tres meses. Subieron 268 escalones, bucearon con tiburones y durmieron en una capilla del siglo X. Una historia de amistad, y contra la accesibilidad.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 3 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acuérdense de esto la próxima vez que alguien les diga que algo es imposible: dos pibes australianos agarraron una silla de ruedas, una mochila y una oferta de pasaje barato, y se comieron el mundo durante tres meses. Fletcher Crowley y Lachie Bennett no son deportistas de elite ni influencers con sponsors millonarios. Son, simplemente, dos tipos que se conocieron en un centro de rehabilitación para lesionados medulares, se hicieron amigos hablando de música y ansiedad, y decidieron que una silla de ruedas no iba a ser el límite de nada. Acá les cuento su historia, que arranca en una cena de turno noche y termina en la cima de una estatua gigante en Hong Kong.

Fletcher tenía 17 años cuando se fracturó dos vértebras haciendo mountain bike. Hoy puede ponerse de pie y caminar unos pasos, pero el esfuerzo lo deja KO enseguida. Lachie trabaja como terapista en ese mismo centro donde se reencontraron después de haber compartido el colegio de chicos. Fue durante una cena de turno nocturno, cuentan ellos, donde la amistad empezó a tomar otra forma. Descubrieron que les gustaba lo mismo: la música, la moda, conocer gente, meterse en líos nuevos. Pero también que los dos habían lidiado con ansiedad y habían aprendido a calmarla. Eso, dicen, fue el verdadero punto de partida.

De dos semanas a tres meses en cuatro continentes

El plan original era modesto: una escapada corta, quince días, algún lugar cercano. Pero apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas y la compraron casi sin pensarlo. El itinerario final fue una locura: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Tres meses. Cuatro continentes. Y una silla de ruedas como única garantía.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones del Gran Buda. Definieron el momento como surrealista.
  • En Suiza, una familia que los seguía por redes los invitó a quedarse en su casa sin conocerlos.
  • En Francia durmieron en una capilla del siglo X cerca de Niza y se alojaron en la granja de ovejas de un conocido.
  • En Brasil se metieron en la selva en cuatriciclo.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente.

La logística no siempre fue fácil, claro. Algunos lugares directamente no estaban preparados para una silla de ruedas y tuvieron que buscar rutas alternativas o aguantar que Lachie cargara a Fletcher a upa. "Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione", explicó Fletcher en una de las entrevistas que dieron al volver. La plata tampoco sobraba al principio: arrancaron con ahorros propios, hasta que los videos que empezaron a subir en redes se viralizaron. Una campaña de micromecenazgo les dio aire para improvisar sobre la marcha. Gran parte del alojamiento, además, se resolvió gracias a la gente que los contactaba ofreciéndoles un cuarto, una casa o un consejo. Esa cadena de favores, dicen, fue una de las sorpresas más lindas del viaje.

"El mundo no es accesible, nosotros lo somos"

Hay una frase que ellos repiten como un lema y que, a esta altura, ya es casi una marca registrada: "El mundo no es accesible, nosotros lo somos." No es un eslogan MARKETINERO ni una frase sacada de un libro de autoayuda. Es la conclusión práctica de tres meses comprobando, esquina por esquina, escalera por escalera, aeropuerto por aeropuerto, que las barreras arquitectónicas existen pero se pueden negociar. Que lo que parece infranqueable muchas veces depende de que alguien tenga la gana de buscar otra puerta.

“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione.”Fletcher Crowley

Mientras escribo esto, con el ventilador a toda máquina y la ventana abierta de par en par porque afuera la térmica no baja ni a palos, pienso en la cantidad de veces que uno escucha "no se puede" como si fuera un veredicto definitivo. Fletcher y Lachie, dos pibes de Melbourne que se conocieron rehabilitándose de lesiones graves, demuestran que a veces el "no se puede" es apenas una pregunta mal hecha. No les faltaron escaleras, no les faltaron hoteles sin rampa, no les faltó el presupuesto justo. Les sobró, en cambio, esa mezcla de terquedad y cariño que aparece cuando alguien te dice "dale, vamos igual" y te carga al hombro si hace falta. Como me dijo esta mañana un vecino de Devoto, Alberto, mientras tomábamos mate en la vereda: "Mirá, si hasta un australiano en silla se da el gusto de conocer el mundo, acá no hayexcusa que valga". Tiene razón el Alberto. No hay excusa que valga.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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