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Límites que cuidan: por qué decir que no también es una forma de querer

Especialistas en crianza coinciden en que poner normas claras, con presencia y sin violencia, resulta clave para que los más chicos aprendan a tolerar frustraciones y a convivir. Dialogar no equivale a negociar siempre: el adulto debe sostener su palabra sin transformarse en autoritario.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura
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El termómetro de la siesta mendocina marca treinta y dos grados y la brisa del zonda se hace sentir sobre la vereda de la casa de Sandra, en Guaymallén. Adentro, mientras acomoda los platos del almuerzo, Sandra mira de reojo a su hijo de siete años, que insiste en quedarse un rato más con la tablet. La escena, que se repite en countless hogares argentinos, resume un debate que cada vez preocupa más a familias y especialistas: hasta dónde conviene conversar y hasta dónde hace falta sostener un no.

Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, la confusión aparece cuando el diálogo se transforma en una negociación permanente y el adulto empieza a esquivar el conflicto. Conversar no le quita autoridad a nadie; muy por el contrario, la pierde quien le teme al berrinche y termina moviendo el límite. Cuando eso ocurre, el mensaje que llega a los chicos se vuelve opaco y resulta muy difícil volver atrás.

La especialista marca una diferencia que acá, en la diaria, muchas veces se pierde de vista: la autoridad nada tiene que ver con el autoritarismo. El autoritarismo es un abuso de poder, mientras que la autoridad es la capacidad de ordenar el vínculo sin destratos. Respetar a niños y adolescentes no significa dejar que hagan todo lo que quieran, sino tratarlos bien mientras se sostienen las normas que la casa y la vida en sociedad necesitan.

Los tres estilos de crianza que conviven en la consulta

  • Autoritario: reglas rígidas, obediencia sin demasiada escucha y poco lugar para el vínculo afectivo.
  • Permisivo: mucho cariño y diálogo, pero escasos límites; los padres suelen ceder para evitar el enojo del hijo.
  • Democrático o autoritativo: combina normas claras con conversación y contención. Es el modelo que más recomiendan hoy las especialistas.

El recorrido académico ayuda a entender de dónde viene tanta confusión. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió estos tres estilos y, con el tiempo, la investigación fue sumando evidencia a favor del modelo democrático. En crianzas permisivas, señala la psicóloga Deborah Bellota, los adultos son muy afectuosos, pero muchas veces evitan poner límites por miedo a que el hijo se enoje. Esa dinámica puede alimentar la autoestima, aunque también suele traducirse en baja tolerancia a la frustración, dificultades para autorregularse y resistencia frente a figuras de autoridad.

Acá aparece lo que Raschkovan resume en una idea que cuesta digerir: los límites son una forma de cuidado. La vida misma, incluso en los días más tranquilos, trae consigo dosis cotidianas de frustración, como tener que ir a dormir aunque queden ganas de seguir jugando, no poder almorzar caramelos o dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas renuncias del día a día van entrenando, casi sin que nos demos cuenta, la tolerancia a la frustración que después se necesita para sobrellevar conflictos más grandes.

“Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

Esa capacidad no brota sola ni se aprende mirando televisión: se construye con cada no sostenido con afecto, con cada explicación a tiempo, con cada beso después del enojo. Cuando los más chicos no experimentan el no en un entorno seguro, les cuesta más hacerse de recursos emocionales para procesar situaciones adversas fuera de la casa, como pelearse con un amigo, perder un partido o recibir una mala nota.

El trabajo no termina cuando se dice no

Bellota insiste en un punto que a veces se olvida: sostener un límite es solo el comienzo. Después del no aparece la parte que enriquece el vínculo, que es acompañar, explicar por qué se decidió así y reparar el enojo que pueda haber quedado flotando en el aire. En criadernos con presencia, la regla no se impone a los gritos ni se negocia hasta disolverse; se comunica, se sostiene y se abraza después.

Mirando hacia la galería de la casa, Sandra termina de secar el último plato y le explica a su hijo que la tablet se apaga después de cuarenta minutos, no porque él sea malo ni porque ella quiera castigarlo, sino porque el cuerpo también necesita un rato sin pantallas. El nene protesta un poco, guarda el aparato y vuelve a la mesa. Del otro lado del ventanal, la tarde sigue temblando bajo el zonda, y Sandra respira tranquila: hoy, el límite también fue una manera de cuidar.

“Yo entiendo que se enoje, pero la regla está. Igual lo abrazo después.”Sandra, vecina de Guaymallén
JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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