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Los fármacos para la obesidad: por qué el cuerpo no se explica solo con voluntad y qué hay que sostener en el tiempo

La jefa de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA, Pilar Quevedo, describió cómo trabajan la semaglutida y la tirzepatida, qué señales del hambre y la saciedad modulan y por qué el descenso de peso exige controles, hábitos y un plan que sobreviva al frasco.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 21 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

La calle estaba pesada, de esas tardes en las que el asfalto todavía guarda el calor del mediodía y la gente camina despacio, como si el aire empujara desde abajo. En el consultorio del Hospital de Clínicas, la conversación de este martes giró alrededor de algo que muchos pacientes nombran con culpa y poca precisión: la obesidad y los medicamentos que hoy prometen resultados donde la dieta sola no alcanzó. Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo de ese hospital dependiente de la Universidad de Buenos Aires, recibió a este cronista con la misma calma con la que recibe a quienes llegan al consultorio descreídos de sus propios antojos.

Lo primero que la médica pidió dejar en claro es que el tratamiento farmacológico de la obesidad no empieza con una aguja ni con una caja de comprimidos: empieza con una evaluación clínica. "La dosis y el ritmo de descenso se ajustan a cada persona", explicó Quevedo. El objetivo, completó, no es solo mover el peso en la balanza: "se busca reducir grasa corporal y, al mismo tiempo, preservar la masa muscular", un punto clave que muchas veces queda fuera de la conversación de sobremesa.

Cómo actúan la semaglutida y la tirzepatida

La especialista describió el mecanismo con un lenguaje llano, para que se entienda sin tener un posgrado en endocrinología. "La semaglutida y la tirzepatida reproducen señales que el intestino genera naturalmente y que se comunican con el cerebro, el estómago y el páncreas", dijo. La diferencia, señaló, está en la cantidad de receptores sobre los que actúan: mientras la semaglutida trabaja sobre uno, la tirzepatida interviene sobre dos vías complementarias. Esas acciones están vinculadas con tres procesos muy concretos: la regulación del apetito, la saciedad y el control glucémico, este último especialmente relevante para personas con diabetes.

  • Actúan sobre señales que el intestino ya produce de forma natural.
  • Intervienen en la comunicación entre cerebro, estómago y páncreas.
  • Modulan el hambre, la saciedad y el metabolismo de la glucosa.
  • Se aplican mediante una titulación gradual, con aumento progresivo de la dosis.
  • Requieren controles médicos periódicos para evaluar respuesta y composición corporal.

En la consulta, la médica dijo algo que suele caer como un baldazo de agua tibia: "Son frecuentes los relatos de hambre intensa, dificultad para sentirse satisfecho y consumo de alimentos entre comidas". Y agregó, sin moralismo: "Esas experiencias forman parte de una enfermedad multifactorial y no pueden explicarse solamente por la voluntad individual". La frase importa porque corre de escena a la voluntad como única variable y la reemplaza por una idea más incómoda y más justa: el cuerpo responde a señales químicas, a hábitos aprendidos y a un entorno que empuja en una dirección concreta.

El punto crítico: qué pasa cuando se deja el medicamento

Hay un tramo del intercambio que a mí, como a cualquiera que haya hecho dieta alguna vez, me dejó pensando. Quevedo explicó que, después de adelgazar, el organismo puede activar mecanismos que favorecen la recuperación del peso, un fenómeno conocido y temido por quienes pasaron por restricciones severas. "Estos medicamentos también ayudan a sostener el descenso durante el período de uso indicado por los profesionales", aclaró la especialista, y fue categórica sobre lo que ocurre al suspenderlos: "Puede producirse una recurrencia, especialmente si no existe una estrategia integral que acompañe el tratamiento". En criollo: si se abandona la medicación sin un plan de fondo, el cuerpo tiende a volver a su set point anterior.

Por eso, insistió, el abordaje nunca es solo farmacológico. Se complementa con alimentación adecuada, hidratación correcta, descanso reparador, actividad física y acompañamiento profesional. La médica también mencionó algo que a veces queda afuera de los manuales: "Los hábitos dependen del entorno familiar y laboral, condiciones que deben considerarse al organizar los cambios cotidianos". Es decir, no alcanza con recomendar ensalada si en la casa hay otra dinámica, otros horarios y otras presiones. Cada recomendación se negocia con la vida real del paciente.

“La dosis y el ritmo de descenso se ajustan a cada persona; se busca reducir grasa corporal y, al mismo tiempo, preservar la masa muscular.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA

Al cierre de la charla, la médica dejó una idea que vale como resumen y como advertencia amable: la medicación puede ser una herramienta formidable, pero su éxito depende del andamiaje que se construya alrededor. Comer mejor, moverse, dormir, sostenerse en el tiempo y volver al consultorio para los controles no son accesorios opcionales: son parte del mismo tratamiento. Mientras en la vereda el calor seguía pegado a las baldosas, la sensación era que la conversación había corrido varios lugares comunes de la mesa y había dejado, al menos, una certeza: la obesidad no se resuelve con un frasco, pero tampoco con un puro acto de voluntad, y pensar en serio el problema implica aceptar esa complejidad sin simplificaciones baratas.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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