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Meliquina esconde una capillita con aroma a los Alpes y un príncipe detrás de la historia

A pocos kilómetros de San Martín de los Andes, una construcción de madera de inspiración alpina se mimetiza con las lengas y los coihues. Fue el sueño de un noble alemán que terminó dejando su huella más visible en plena Patagonia.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · · 3 min de lectura
Meliquina esconde una capillita con aroma a los Alpes y un príncipe detrás de la historia

Acá, cuando el sol cae a plomo sobre la Ruta Provincial 63 y el aire trae ese perfume a lenga y a coihue que solo se siente en esta parte de la cordillera, uno entiende por qué alguien eligió levantar una capillita con pinta europea en medio del bosque. A unos 40 kilómetros de San Martín de los Andes, en el tramo que va hacia Paso Córdoba, aparece la Capilla San Jorge, una construcción de madera con techos inclinados y líneas sencillas que parece trasplantada de los Alpes, pero que se acomoda al paisaje patagónico sin gritar ni pedir permiso.

Lo que muchos turistas que pasan de largo hacia el lago no saben es que detrás de esa silueta tan chiquita y tan prolija hay una historia con título nobiliario incluido. El responsable fue Georg von Waldburg-Zeil, un príncipe alemán que se hizo dueño de la histórica Estancia San Jorge y que, como buen devoto, viajaba desde sus tierras hasta San Martín de los Andes para participar de las misas en la Parroquia San José. Cansado de tanto traslado, decidió hacerse su propio templo en el medio del bosque. Y como si fuera poco, costeó también desde Europa el sistema de campanas electrónicas de esa parroquia, uno de los gestos más recordados de su paso por la región.

Una capillita en campo privado

La Capilla San Jorge no está abierta al público todos los días ni funciona como una iglesia tradicional. Al estar enclavada dentro de una propiedad privada, las misas y celebraciones abiertas son más bien esporádicas y dependen de lo que vaya coordinando la Parroquia Nuestra Señora de la Vega, de San Martín de los Andes. Aun así, parar la camioneta, bajarse y caminar un rato por el exterior bien vale el desvío. Alrededor del templo se levanta un pequeño cementerio rural que completa la postal y le da un aire todavía más detenido, como de pueblo chico donde todos se conocen.

"La gente se sorprende cuando llega, porque no espera encontrarse con algo así en medio del bosque", cuenta Ricardo, vecino de Villa Lago Meliquina, mientras señala la entrada del predio con la perilla de su termo. Para él, la capilla es una de esasjoyas que casi no aparecen en las guías y que los propios habitantes del lugar recomiendan en voz baja, casi como un secreto a voces que se pasan de boca en boca entre los que quieren algo distinto del clásico recorrido lacustre.

Una posta del Camino de la Fe neuquino

La capillita forma parte del Camino de la Fe neuquino, un recorrido de más de 800 kilómetros que arranca en Ailinco, bien al norte de la provincia, y termina en Villa La Angostura, ya en el sur, enlazando templos, capillas y sitios ligados a distintas expresiones religiosas. San Jorge es uno de los tramos menos conocidos del itinerario, justamente por su escala chiquita y por su ubicación entre los árboles, casi escondida a la vista del viajero apurado.

  • Lago Meliquina: playas de arena y piedra, aguas transparentes y propuestas de kayak, stand up paddle, kitesurf y windsurf.
  • Mirador Cuatro Encantos y La Puntilla: vistas abiertas sobre el lago, la villa y las montañas que hacen que uno saque la cámara cada dos minutos.
  • Río Caleufú: pozones y rápidos para quienes buscan meterse al agua sin necesidad de entrar al lago.
  • Lago Filo Hua Hum y senderos cercanos: opciones de trekking, mountain bike y pesca deportiva dentro de la temporada habilitada.
  • Paso Córdoba: bosques, formaciones rocosas y varios puntos panorámicos para estirar la jornada hasta el final de la ruta.

Lo más lindo de la recorrida, en definitiva, es que arranca con una historia europea clavada en el bosque y termina abriendo la puerta a todo lo que Meliquina sabe ofrecer: agua, montaña y silencio. "Siempre que viene alguien de afuera lo llevo primero a la capillita, y después al lago. Es la mejor manera de que entiendan este lugar", cierra Ricardo, con esa convicción tranquila de quien sabe que está mostrando algo propio y no lo entrega a la ligera.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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