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Migraña en adultos: una guía internacional redefine cuándo conviene empezar a prevenir y cómo elegir el tratamiento

Un panel de especialistas publicó 17 recomendaciones clave: desde la cantidad de crisis mensuales que justifican medicar hasta cuánto tiempo esperar antes de evaluar si el remedio funciona. La decisión, dicen, se construye junto al paciente y no existe una pastilla mágica para todos.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 3 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

El sol pegaba de lleno sobre la vereda cuando me crucé con Eugenia, vecina de un tercer piso por el barrio de Caballito, y mientras me contaba sus largas jornadas lidiando con migrañas que le desarman la semana, tomé dimensión de algo que parece obvio pero que no lo es tanto: no es lo mismo atravesar una jaqueca de vez en cuando que vivir pendiente del próximo episodio. Y en ese punto exacto, en esa frontera entre "me duele la cabeza a veces" y "esto me organiza la vida alrededor del dolor", es donde se mueve la nueva guía clínica que acaban de publicar la Academia Estadounidense de Neurología y la Sociedad Estadounidense del Dolor de Cabeza en la revista Neurology, un documento que, en la práctica, le pone números y reglas claras a una decisión que durante años quedó librada al ojo clínico de cada profesional.

Cuándo conviene empezar a hablar de prevención

La primera gran pregunta que contesta el texto es cuándo dejar de esperar y empezar a prevenir, y la respuesta es bastante concreta: si una persona adulta tiene cuatro o más días de migraña por mes, o cuatro o más jornadas con dolor de cabeza moderado a fuerte, ya entra en el radar de un tratamiento preventivo. También queda incluida aquella gente que, sin llegar a ese umbral, sufre una discapacidad importante por la enfermedad, porque acá lo que se mide no es solo el conteo de crisis sino hasta qué punto la migraña le roba horas al trabajo, al sueño y a la vida en común, algo que Eugenia reconoce de memoria cuando dice, con la taza de mate todavía en la mano, que muchas veces termina cancelando planes con sus hijas porque sabe que si fuerza la salida paga el precio al día siguiente.

No hay un fármaco ideal para todos los casos

Una de las recomendaciones que más me llamó la atención, y que vale la pena subrayar porque rompe con la lógica del "tomá esto que es lo más fuerte", es que los ensayos clínicos disponibles no permiten decir que exista un preventivo claramente superior al resto. Eso significa que la elección del remedio no nace del médico ni del laboratorio, sino de una conversación larga en el consultorio donde se cruzan los antecedentes médicos y psiquiátricos, la medicación que el paciente ya toma, las contraindicaciones posibles, la vía de administración, la tolerancia a los efectos adversos, el costo y, sobre todo, las preferencias de quien va a convivir con el tratamiento. La guía incluso pone sobre la mesa un menú de moléculas con buen respaldo para la migraña episódica y para la crónica, pero deja claro que la selección final varía según lo que cada persona priorice.

Pacientes que piden un cuidado extra

Hay grupos de pacientes donde la decisión se vuelve más delicada y donde la guía pide pisar con más cuidado. En personas con capacidad de gestar, por ejemplo, se recomienda evitar agentes con efectos teratogénicos conocidos y pensar primero en estrategias sin fármacos, algo que cobra una relevancia enorme si se tiene en cuenta que buena parte de quienes sufren migraña son mujeres en edad reproductiva. En pacientes con obesidad se sugiere evaluar topiramato oral, mientras que en quienes tienen fibromialgia aparece la amitriptilina como una herramienta posible, y en hipertensos sin tratamiento se mencionan opciones como enalapril o telmisartán, fármacos que pueden sumar dos beneficios a la vez. El documento también advierte que el ácido valproico puede elevar el riesgo de síndrome de ovario poliquístico, una señal que obliga a controlar y conversar antes de sostener ese medicamento en el tiempo.

Ocho a doce semanas: el reloj de la paciencia

El otro punto que me parece clave, y que muchas veces genera frustración en el consultorio, es que la guía fija un plazo de entre 8 y 12 semanas antes de evaluar si el tratamiento preventivo está funcionando o no, un tiempo que a quien sufre migrañas puede parecerle eterno pero que tiene una razón clínica concreta: la mayoría de los fármacos preventivos necesitan ese período para mostrar su efecto real, y cambiarlos antes sólo lleva a probar de todo sin sacar conclusiones serias. Eugenia, la vecina de Caballito, lo resume con una frase que se parece mucho al espíritu de toda esta guía: "uno quiere la solución para mañana, pero si te apurás terminás dando vueltas sin entender qué te hace bien y qué te hace mal". Y en eso, justamente, la nueva guía parece coincidir: la prevención de la migraña no es una carrera por encontrar la pastilla más potente, sino un proceso paciente, conversado y hecho a medida de cada cuerpo y de cada historia.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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