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Mover el cuerpo también puede mover la libido: claves para no pasarse de rosca

La fisioterapeuta Erika Lydon explica cómo empezar de a poco, por qué el suelo pélvico no siempre pide más fuerza y qué señales indican que el entrenamiento se come el deseo.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 27 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Enero en Buenos Aires y la térmica no afloja. El sol cae a plomo sobre la vereda, las persianas bajan a medias y, en la cuadra de la redacción, un vecino barre la puerta del kiosco con la misma parsimonia con la que uno acomoda los pensamientos un domingo a la tarde. Lo saludo con un gesto y me quedo pensando en algo que escuché esta semana y que tiene tanto de medicina como de vida cotidiana: cómo impacta eso que hacemos con el cuerpo en eso que nos pasa en la cama. No es un tema menor, y tampoco es un tema del que se habla con liviandad. Por eso fui a buscar a alguien que lo trabaja todos los días.

Erika Lydon es fisioterapeuta especializada en suelo pélvico y, desde su consultorio en Mendoza, recibe a personas que llegan con una pregunta que no siempre se animan a hacer en voz alta: si moverse más, o moverse mejor, puede cambiar algo en su vida sexual. La respuesta, me dice, no es blanca ni negra. Tiene zonas grises, y esas zonas grises son, justamente, las que más conviene conocer antes de largarse a entrenar como si el cuerpo fuera una máquina sin consecuencias.

Empezar por lo posible, no por lo ideal

La primera recomendación de Lydon es tan simple como desoída: empezar con movimientos que uno pueda sostener en el tiempo. Para la mayoría de las personas, sugiere como referencia general reunir 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado o 75 minutos de actividad intensa por semana, sumados a dos jornadas de fuerza. Pero aclara, y acá viene lo importante, que esa es una pauta orientada a la salud general: no constituye un tratamiento para el bajo deseo ni garantiza cambios en la libido. La salud y el estado emocional de cada persona también intervienen, y pesan.

Para quienes llevan meses sin pisar una plaza, la sugerencia concreta es bien terrenal: una caminata de 15 minutos, tres veces por semana, y de ahí ir subiendo. Caminar es gratis, no pide permiso y, según me cuenta la especialista, ya empieza a mover cosas. Cuando la rutina se afianza, se puede sumar algo que guste: andar en bicicleta, nadar, una clase de baile. La idea, insiste, no es transformarse en atleta, sino construir un hábito. Lo accesorio, dice, es que ese hábito termina derramando hacia otras áreas de la vida, incluida la sexual.

El suelo pélvico: ni siempre flojo ni siempre débil

Antes de lanzarse a los famosos ejercicios de Kegel, conviene leer dos veces lo que sigue. La musculatura del suelo pélvico sostiene estructuras de la pelvis y participa en la función sexual, pero no siempre necesita fortalecerse. En algunos casos, el problema no es la falta de tono sino justo lo contrario: músculos que permanecen contraídos o que tienen dificultades para relajarse. En esas situaciones, sumar más contracción puede empeorar las cosas y volver las relaciones dolorosas. Por eso Lydon recomienda consultar a un profesional de salud o de fisioterapia de suelo pélvico si hay dolor o preocupación por el desempeño sexual. Cada cuerpo es un mapa distinto y la evaluación, aclara, debe ser individual.

Lo que el movimiento hace por dentro

Aun así, la especialista pone un freno que muchos deportistas amateurs no quieren escuchar: entrenar demasiado, sin alimentarse adecuadamente ni recuperarse lo suficiente, puede afectar el deseo. El sobreentrenamiento, me explica, suele traer consigo fatiga, irritabilidad, alteraciones del sueño y, en algunos casos, una caída de la libido que aparece como un síntoma más dentro de un cuadro más amplio. Cuando el cuerpo pasa hambre de energía, suele apagar lo que no considera esencial. El deseo, para el organismo, entra en esa categoría cuando las cuentas no cierran.

“Si los músculos del suelo pélvico permanecen contraídos o tienen dificultades para relajarse, sumar más contracción puede volver las relaciones dolorosas. Por eso la evaluación debe ser individual.”Erika Lydon, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico

Antes de cerrar la nota me cruzo con Marta, vecina del primer piso, que me ve llegar con el grabador y se ríe. 'Yo lo único que hago es subir y bajar por la escalera del edificio', me dice mientras acomoda una maceta con malvones en el pasillo. Le cuento de qué se trata la nota y se queda pensando un segundo. 'Sabés qué', me suelta con una sonrisa cómplice, 'a esta edad lo que más ayuda no es el peso que levantás en el gym, es no llegar a la noche tan cansada como para no tener ganas de nada'. Tiene razón. Acá, como en tantos temas del cuerpo y la vida, la medida sigue siendo la mejor herramienta.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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