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Por qué algunos se despiertan recordando el sueño y otros lo pierden en el primer pestañeo

Una investigación de quince días con 217 adultos sanos dejó en claro que la memoria onírica no es capricho de la noche: depende de la edad, de cómo está hecha la cabeza de cada uno y, sobre todo, de lo que pasa en el tramo final del descanso.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 7 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Amaneció tibio acá en la ciudad, con esa brisa tibia que se queda pegada a la vereda y que invita a caminar despacio, y mientras cruzaba la plaza me crucé con Marcelo, del segundo B, que viene todas las mañanas con el termo bajo el brazo y la misma cara de medio dormido. Charlamos, como siempre, y cuando le conté de qué se trataba esta nota me dijo una frase que me quedó dando vueltas: "Yo antes me acuerdo de todo, ahora se me borra apenas abro los ojos". Esa sensación que muchos comparten, la de tener un sueño nítido un instante y al siguiente solo un vago aroma onírico, no es pura mala suerte ni cuestión de imaginación: hay razones concretas, y un estudio reciente se tomó el trabajo de mapearlas durante quince días seguidos con 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años.

Lo que midió el estudio y a quiénes siguió

La investigación, publicada en la revista Communications Psychology, les pidió a los participantes que cada mañana, al levantarse, anotaran si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo fue recopilando información demográfica, psicológica y del sueño propiamente dicho mediante dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. La idea era sencilla en su planteo pero ambiciosa en su ejecución: entender por qué a una persona se le queda grabado lo que soñó y a otra se le evapora antes de terminar de despabilarse.

  • La actitud atenta hacia los propios sueños: quien le presta atención a lo onírico, lo registra más.
  • La tendencia a la divagación mental, es decir, la inclinación de la mente a encadenar pensamientos sueltos en lugar de quedarse clavada en un único foco.
  • La edad, que va modificando con los años la facilidad para retener el contenido onírico al despertar.
  • La vulnerabilidad a la interferencia: cualquier estímulo matinal (luz, ruido, el primer pensamiento consciente) puede borrar el recuerdo si aparece antes de que se consolide.
  • La estructura misma del sueño: predominio de fases más ligeras y menor proporción de sueño profundo (la etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral).

Sueño blanco: cuando uno sabe que soñó, pero no puede decir qué

Lo que más me llamó la atención, y entiendo que también le va a llamar la atención al lector, es que el estudio separó dos experiencias que en la vida cotidiana se mezclan todo el tiempo. Una es recordar el contenido concreto: escenas, acciones, emociones. La otra es lo que los autores llaman "sueño blanco": despertar con la certeza íntima de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar un solo detalle, como si el sueño se hubiera desvanecido en el aire. Esa segunda vivencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para confirmar algo clave: soñar y recordar lo soñado no son la misma cosa, aunque en el habla cotidiana las tratemos como sinónimos.

En cuanto a la arquitectura del descanso, los resultados fueron bastante elocuentes. Quienes pasaban más tiempo en episodios de sueño prolongados, con menos peso del sueño profundo y mayor presencia de fases más livianas, eran los que llegaban a la mañana siguiente con recuerdos oníricos más accesibles. Las fases superficiales del dormir parecen ofrecer, en otras palabras, condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede disponible cuando abramos los ojos. Si a eso se le suma una mente habituada a divagar y una edad que ya no es la de los veinte, el cuadro se completa con bastante precisión.

“Entonces no estoy loco: mi cabeza de mayor ya no se acuerda igual que la de pibe, y el ruido de la calle no me ayuda. Ahora me cierra todo un poco más.”Marcelo, vecino del segundo B
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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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