Roblox, la plaza digital donde los chicos se juntan: lo que un padre necesita saber antes de prohibir
La plataforma cumplió veinte años y sigue convocando a millones de chicos argentinos. La divulgadora Julieta Schulkin pasó meses investigándola y cuenta cómo funciona la economía interna, por qué reemplazó a la vereda para muchos pibes y qué configuraciones marcan la diferencia para las familias.

Arrancamos esta nota con un termómetro que a esta altura ya es casi parte del paisaje de cualquier mediodía de febrero en Mendoza: el calor pegaba fuerte, de ese que obliga a refugiarse en la sombra y, ya que estamos, a buscar algo para hacer adentro. La pregunta que me quedó dando vueltas estos días no es nueva, pero volvió a instalarse en los grupos de WhatsApp de padres que comparto con mi esposa: ¿dejamos o no dejamos que los chicos entren a Roblox? No es un debate menor, porque la plataforma que acaba de cumplir veinte años se convirtió, para una generación entera de pibes argentinos, en algo mucho más grande que un juego.
Para entender qué hay detrás de la pantalla me senté a charlar largo y tendido con Julieta Schulkin, una periodista y divulgadora que viene trabajando el tema desde hace rato y que le dedicó una investigación entera a esta plataforma. El punto de partida que ella plantea es uno solo, pero clave: "Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien", me dijo Julieta, con esa franqueza que a veces se agradece en la conversación entre adultos. La advertencia concreta es que, si un pibe no puede entrar a Roblox, lo más probable es que termine migrando a otra plataforma de diseño similar, con los mismos riesgos y sin que los padres hayan conversado el tema con él.
No es un juego, es una plaza con millones de canchitas
Acá viene la primera confusión que Schulkin intenta desarmar. Roblox no es un juego, es una plataforma que aloja más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y empresas. El chico no llega a Roblox únicamente a jugar, llega sobre todo a encontrarse con otros, a pasar el rato, a armar grupo, y en muchos casos a reemplazar el espacio físico del barrio o la plaza. Esa distinción importa muchísimo a la hora de pensar cómo acompañarlos, porque si el adulto cree que está dejando entrar a un videojuego y lo que en realidad está autorizando es el ingreso a una red social con todas sus lógicas, el punto de partida ya es otro.
La economía de los Robux y la estructura de clases que se reproduce adentro
Lo que muchos padres no ven es la economía interna de la plataforma, que tiene su propia moneda, los Robux, y se compra con plata real. Con esos Robux se accede a elementos visuales para el avatar, a mascotas virtuales y a servidores privados. Se puede jugar perfectamente sin gastar un peso, pero quienes tienen Robux o pasan muchas horas acumulando recompensas acceden a beneficios que los demás no tienen. Julieta lo describe de una manera que me hizo pensar en más de una sobremesa familiar: adentro del juego se nota quién invirtió dinero y quién no, igual que en la vida física, y eso termina configurando algo muy parecido a una estructura de clases sociales reproducida en clave digital.
Lo social: seguidores, amigos y la lógica de las redes
Otro punto que las familias suelen pasar por alto es la dimensión social de Roblox. Los usuarios pueden seguir a otros, tener seguidores, armar listas de amigos, y la plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico. Eso la convierte en un ecosistema con lógicas parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla. Para los adultos, la clave es entender que cuando un pibe se sienta a jugar Roblox no está eligiendo un título: se está metiendo en un mundo donde lo convocan otros, donde quiere ser visto, y donde el tiempo que pasa ahí adentro tiene mucho de vida social y poco de entretenimiento pasivo.
Los riesgos y la configuración que puede hacer la diferencia
Entre los riesgos más serios aparece el grooming, que es la posibilidad de que un adulto contacte a un menor dentro de la plataforma con fines de abuso sexual, una práctica real y documentada en distintos países. Schulkin no propone el rechazo automático, sino la configuración activa, es decir sentarse a ajustar juntos los controles de privacidad, revisar quién puede chatear con el menor y habilitar las restricciones de contacto. La idea, dice ella, no es asustar ni clausurar el acceso, sino entender que con veinte minutos de configuración honesta un padre puede cambiarle la experiencia a su hijo.
- Configurar el control parental desde la cuenta del adulto y vincularla a la del menor antes de que empiece a usar la plataforma.
- Revisar quién puede chatear y quién puede enviar mensajes privados al chico, y dejarlo solo en contactos conocidos.
- Limitar o bloquear las compras de Robux con tarjeta de crédito para evitar gastos no autorizados.
- Hablar con el chico sobre la diferencia entre contactos del juego y contactos de la vida real, y dejar en claro qué información personal no se comparte nunca.
- Acompañar la primera experiencia entrando juntos a uno o dos mundos para entender qué hace el hijo adentro y con quién se cruza.
- Establecer un tiempo máximo de uso y, sobre todo, mantener abierta la conversación para que el chico cuente si algo lo incomodó.
Antes de cerrar, me quedé pensando en lo que me dijo Gabriela, una vecina del quinto B con la que crucé charla mientras esperaba el ascensor, y que resume bastante el sentir de varios padres con los que hablé esta semana: ella prefiere que su hija juegue Roblox en la mesa del living y no escondida en la pieza, porque así al menos la puede acompañar. Es, en el fondo, la misma lógica que propone Julieta Schulkin: no se trata de prohibir lo que no se entiende, sino de dejarse caer por esa plaza digital, sentarse al lado de los pibes y aprender a leer las reglas del juego con ellos. Como me dijo la propia Julieta al final de la charla, si la conversación en la casa se corta, el problema real recién empieza.
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