Samuel L. Jackson tiene una debilidad guardada: la olvidó un público que la convirtió en objeto de culto
A casi tres décadas de su estreno, el actor confiesa que la volvería a ver y hasta la pone por encima de sus grandes taquillazos. Una historia de amnesia, espionaje y un guion de cuatro millones de dólares.

Hay elecciones que un actor hace en público y que, sin embargo, no terminan de coincidir con lo que la platea esperaba escuchar. Eso es lo que acaba de ocurrir con Samuel L. Jackson, que a la hora de señalar cuál de sus películas estaría dispuesto a volver a ver eligió un título de 1996 que, fuera del circuito de los fans más recalcitrantes, sigue siendo un nombre menor en su enorme filmografía. La elegida fue Memoria letal, el thriller de acción que el director Renny Harlin rodó hace casi treinta años con Geena Davis como partenaire y con Jackson en el rol de un detective privado que termina metido de lleno en una conspiración de la CIA. Para el actor, la película ocupa un lugar que ninguna otra de sus más de cien producciones logró desplazarle.
Lo notable de la confesión es que el propio protagonista la lleva un paso más allá y no se limita a ponderar al filme, sino que coloca a su personaje por encima de todos los demás que interpretó en su carrera. Mitch Hennessy, el investigador excéntrico y algo desquiciado que acompaña a la maestra con amnesia protagonista de la historia, se transforma así en la llave que Jackson entrega para explicar por qué esa película le ganó al resto. No es Pulp Fiction, no son los Vengadores ni el mismísimo Jules Winnfield: es Hennessy, con sus modos de detective de oficina chiquita y su humor ácido, el que se queda con el primer puesto de la memoria personal del actor.
Una premisa que se lee como un policial negro con espías
La película parte de un recurso clásico del género: una mujer que pierde la memoria y recurre a un detective privado para reconstruir su identidad. Lo que en cualquier policial de bajo presupuesto sería apenas el arranque de una pesquisa de rutina, en Memoria letal se vuelve el disparador de una cadena que lleva hasta la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos. La maestra descubre entonces que antes de enseñar en un pueblo chico se hacía llamar Charly y se ganaba la vida como asesina a sueldo al servicio del gobierno estadounidense. A partir de ese quiebre, el filme combina la búsqueda personal con la acción de espionaje, en una mezcla que en su momento no terminó de encontrar al público masivo pero que con el paso del tiempo se ganó un lugar propio en la lista de los títulos de culto de los años noventa.
“Mi personaje favorito es una especie de detective privado un tanto excéntrico, un tipo un poco loco: Mitch Hennessy de Memoria letal. Me encanta esa película, me lo pasé genial con Geena Davis.”Samuel L. Jackson
El rodaje dejó, además de una película, un vínculo profesional que Jackson suele mencionar cuando se refiere al filme. La dupla con Geena Davis, ya consolidada como actriz con dos Oscars en su haber y una carrera sólida, funcionó como engranaje central de la química que el actor remarca cada vez que vuelve sobre el tema. Davis interpreta a Samantha Caine, la mujer que lleva años reinventándose a sí misma en un pueblo costero y que, al empezar a recuperar destellos de su pasado, decide contratar a Hennessy para que la ayude a entender quién fue. Esa dinámica entre una maestra con doble vida desconocida y un investigador que en cualquier otra película sería apenas un personaje de reparto termina sosteniendo toda la película.
- Guion de Shane Black, comprado por cuatro millones de dólares: por entonces, la cifra más alta jamás pagada por un libreto en Hollywood.
- Presupuesto total de producción: 65 millones de dólares.
- Recaudación mundial en cines: 95 millones de dólares, lo que dejó a la película fuera del rango de rentabilidad para el estudio.
- Título original: The Long Kiss Goodnight.
- Un director, Renny Harlin, dispuesto a encabezar una secuela que nunca llegó a concretarse.
El dato del guion no es menor y ayuda a entender parte del carácter de la película. Shane Black, el mismo guionista que venía de firmar Arma letal y que después escribió y dirigió Iron Man 3, había construido un libreto con una estructura de humor negro, acción desmedida y diálogos filosos que en otras manos podría haber quedado en la gaveta. El estudio apostó fuerte: pagar cuatro millones por el texto fue, en 1996, un récord de la industria. Lo que terminó siendo Memoria letal fue un filme de producción grande, con escenarios en Nueva York y Canadá, persecuciones, explosiones y ese tono socarrón que se volvió la marca registrada de Black. Sin embargo, los números no acompañaron: con 95 millones recaudados en todo el mundo sobre 65 invertidos, el saldo dejó a la productora sin un margen cómodo, y eso explica por qué el proyecto de una segunda parte, con el propio Harlin disponible para dirigirla, nunca pasó de la carpeta de preproducción.
De la cinta a la góndola del videoclub: cómo se construyó el mito
Lo que la taquilla no le dio, el tiempo se lo terminó devolviendo. La película fue encontrando nuevos espectadores primero en el circuito del VHS y después en el del DVD, hasta convertirse en una fija de los listados de thrillers de culto de los noventa. Jackson, lejos de renegar de ese estatus, parece sentirse cómodo con él: cuando habla de Memoria letal lo hace como quien recuerda un rodaje placentero, un papel que lo divirtió y un título que podría ver de nuevo sin cansarse. Hay, en esa elección, algo de reivindicación de un filme que la industria midió por sus números y no por su identidad. Esa identidad, conviene recordarlo, no se parece a nada de lo que el propio Jackson volvió a hacer después: ni las películas de Quentin Tarantino, ni sus incursiones en el universo Marvel ni sus thrillers de acción en solitario se parecen demasiado al tono de comédie noire que Black escribió para Harlin.
Por eso la elección funciona casi como una declaración de principios. Un actor con más de cien largometrajes en el currículum, acostumbrado a hablar de sus colaboraciones con Spike Lee, con los hermanos Russo o con el propio Tarantino, vuelve la mirada hacia 1996 y se queda con la película que la crítica de su tiempo recibió con tibieza y que el público masivo acompañó sin fervor. Lo que Jackson reivindica, en definitiva, es una pieza de esa extraña zona de Hollywood donde los presupuestos grandes se cruzan con guiones de autor y donde, muchas veces, el negocio termina siendo un fracaso y la película, a la larga, un clásico. Memoria letal recorre ese camino con una particularidad extra: no sólo está en la memoria de sus fans, sino también en la de su protagonista, que la pone por encima del resto y, de paso, deja en off una pregunta incómoda para los estudios que miden todo por la recaudación del primer fin de semana.
Mientras el cine de Hollywood siga funcionando con la lógica que explica por qué filmes como Memoria letal no se vuelven a financiar después de un debut tibio en la boletería, la escena de Jackson recomendándola como su favorita personal seguirá sonando como un pequeño desquite del intérprete contra la máquina que lo hizo famoso. Es el desquite de un actor que, a esta altura de su carrera, puede darse el lujo de elegir una película por lo que le dio en el rodaje y no por lo que le dio en el balance contable. Lo que el Estado todavía no resolvió, si se me permite el cierre, es por qué la cadena que lleva de un guion de cuatro millones a una película de culto sigue dependiendo, en buena medida, del capricho de la taquilla del primer fin de semana y no del juicio del tiempo.
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