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Una infancia entre hielos: la historia de la nena que pasó un año en la base antártica y terminó escribiendo un libro

Natalia López tenía doce años cuando llegó a la Antártida con su familia. Hoy, casi treinta años después, reconstruye esa experiencia en su primer libro y repasa cómo fue crecer en uno de los lugares más extremos del planeta.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Una infancia entre hielos: la historia de la nena que pasó un año en la base antártica y terminó escribiendo un libro

A veces uno piensa que las grandes historias empiezan con un viaje exótico, con un vuelo largo y una valija llena de expectativas. Pero la de Natalia López empezó en un lugar donde no hay árboles, ni calles asfaltadas, ni ese ruido de ciudad que a uno lo termina adormeciendo. Empezó en el hielo, en el viento, en esa Antártida que parece de otro mundo y que, sin embargo, para ella fue la casa de un año entero. Cuando me puse a leer sobre su historia, me pasó lo de siempre con los relatos que valen la pena: te quedas enganchado, te olvidás del celular y querés saber cómo sigue. Y lo mejor es que acá se lo cuento yo, con sus palabras y con todo.

En 1996, Natalia tenía doce años y pasó una invernada completa en la Base Esperanza, junto con sus padres y sus hermanos. La experiencia, que ahora muchos conocerían como una rareza, en aquel entonces formaba parte de un esquema bastante particular que tenía la Argentina: enviar dotaciones con familias al continente blanco, con chicos incluidos, para mantener presencia soberanía mediante durante todo el año. No era un destino turístico. Era, en criollo, mudarse a un lugar donde el termómetro te puede dejar afuera de combate en cuestión de minutos.

La vida cotidiana en el casino de la base

Durante esos meses, los chicos de la dotación compartían los tiempos libres en el casino de la base, un espacio con mesa de pool, metegol y equipos para escuchar música. También hacían caminatas por los alrededores, siempre con una radio handy para mantenerse comunicados con los adultos. En ese entorno, el clima y el hielo imponían cuidados específicos que los padres y los militares les repetían hasta el hartazgo.

En ese marco, los chicos aprendían rápido a leer el terreno. El hielo no es un suelo cualquiera: es un universo aparte, con sus reglas, sus peligros y sus caprichos. Acá, en Buenos Aires, uno mira una mancha en la vereda y se queja si se le manchan los zapatos. Allá, una mancha en el hielo puede ser la diferencia entre seguir caminando o terminar en el agua helada.

La caída al agua y el rescate de la hermana

López recordó que, desde la llegada a la base, recibieron indicaciones concretas para reconocer los riesgos del terreno. Sin embargo, durante una salida con otros chicos, el hielo cedió bajo sus pies y cayó al agua de deshielo. Quedó sostenida apenas con las manos y los brazos, aferrándose al borde, hasta que su hermana se agachó para ayudarla a salir. Un momento que, leído desde acá, a tres décadas de distancia, todavía le corta el aliento a cualquiera.

Tras el accidente, un adolescente dio aviso a la base. Natalia y el resto del grupo caminaron unos tres kilómetros hasta regresar, mientras los adultos salían a buscarlos. Al llegar, la asistieron con una ducha caliente para que recuperara temperatura. Y como pasa en cualquier casa, en cualquier barrio, en cualquier familia de acá o de la Antártida, después del susto vino el reto de los padres, que tampoco se hicieron esperar.

“En la base se llevaba lo indispensable y los objetos disponibles cobraban otro valor. Cerca del final de la estadía, por ejemplo, intercambiaron cucharitas argentinas por manzanas con pasajeros de un buque turístico alemán.”Natalia López

Esa frase, que bien podría ser de un libro de economía, resume mejor que cualquier manual qué significa vivir en un lugar donde no hay verdulería a la vuelta. Donde cada cosa tiene un peso distinto, donde lo que acá tiramos sin pensar allá se cuida como si fuera de oro. Y donde un trueque con unos turistas puede ser el evento social de la temporada.

De la radio de la base al periodismo

La experiencia también influyó de manera directa en su futuro profesional. Su madre trabajaba como locutora en la filial de Radio Nacional de la Base Esperanza, y ese contacto cotidiano con el micrófono y los parlantes le terminó despertando a Natalia el interés por la radio. Más adelante estudió periodismo y locución, realizó una tesis documental sobre la Antártida y regresó al continente en cuatro oportunidades. O sea que aquella invernada le marcó la vida entera, para bien y para siempre.

Tres décadas después de aquella invernada, Natalia López retomó aquellos recuerdos en su primer libro, donde reconstruye escenas de la convivencia familiar, el aprendizaje de la austeridad y el vínculo con la naturaleza. Un libro que, me imagino, debe leerse con un buen mate de por medio y con la calefacción prendida, porque uno, acá, mientras lee, no puede evitar sentir un poco de frío en los pies. Y eso que estamos en pleno otoño porteño, sin viento zonda ni nada que se le parezca. Habrá que preguntarle, en otra nota, qué otras cosas se trae guardadas de aquel año en el fin del mundo. Por lo pronto, la pregunta queda picando: ¿qué aprendizaje de la infancia sigue presente en la vida de uno, muchos años después, sin que uno se dé cuenta?

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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