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Una silla, un banco y la voluntad de no perder la autonomía: la rutina de tres movimientos que propone una entrenadora para los mayores de 60

La propuesta de Denise Austin, referente del fitness durante décadas, apunta a sostener la fuerza, el equilibrio y la movilidad con ejercicios simples que se hacen en casa y sin equipamiento.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 6 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Amaneció con esa tibieza húmeda que se pega en la nuca y obliga a salir a la vereda en busca de un poco de aire. Acá, en el barrio, mientras el sol todavía no termina de acomodarse, uno se cruza con los vecinos que ya están en movimiento: algunos caminan rápido, otros se detienen a charlar en la esquina, y no son pocos los que, después de los sesenta, empiezan a quejarse en voz alta de lo que antes hacían sin pensar. Levantarse de una silla. Levantarse del piso. Mantenerse firme cuando el colectivo frena de golpe. Son gestos que parecen menores hasta el día en que dejan de salir solos, y ahí es cuando la vida cotidiana empieza a pedir un esfuerzo que antes no existía. De eso se trata, precisamente, la rutina que la entrenadora estadounidense Denise Austin viene difundiendo y que se resume en una idea muy concreta: trabajar la fuerza y el equilibrio en casa, con lo que se tiene a mano, antes de que la autonomía empiece a ceder.

Lo que Austin plantea es un protocolo breve, apenas tres movimientos, pensado para personas mayores que no quieren (o no pueden) pagar un gimnasio, viajar hasta uno ni invertir en pesas o máquinas. La lógica es directa: si uno entrena las funciones físicas básicas que se usan a diario, el cuerpo responde mejor cuando la rutina lo exige. Para la propuesta solo hace falta una silla firme, una superficie elevada como una mesa, un banco firme o el brazo de un sofá, y algo de voluntad. Nada más. Lo que se trabaja, según la explicación, son piernas, glúteos, pecho, brazos, abdomen y core, es decir, casi todo el mapa muscular que sostiene la postura, la marcha y los pequeños esfuerzos que permiten vivir sin pedir ayuda.

Los tres ejercicios, paso por paso

  • Pararse de frente a una silla firme, con los pies separados al ancho de las caderas.
  • Bajar el cuerpo como si uno fuera a sentarse, con la espalda recta y los brazos extendidos hacia adelante para ayudar al equilibrio.
  • Tocar apenas el asiento con los glúteos, sin dejarse caer, y volver a ponerse de pie.
  • El ejercicio replica el gesto de sentarse y levantarse, fortalece piernas y glúteos y se puede graduar: desde apoyarse del todo hasta apenas rozar la silla.
  • Apoyar las manos separadas al ancho de los hombros sobre una mesa, un banco o el brazo firme de un sofá.
  • Flexionar los codos para acercar el pecho al apoyo y luego estirar los brazos para volver a la posición inicial.
  • Mantener el abdomen activo durante todo el movimiento.
  • Trabaja pecho, hombros y brazos, y mejora la capacidad de empuje, clave para impulsarse desde una silla o recuperar el equilibrio.
  • Sentarse en una silla y recostar el torso unos 45 grados.
  • Despegar los pies del suelo con las rodillas flexionadas y apoyar las manos al costado de las caderas.
  • Acercar las rodillas al pecho mientras el torso avanza, y estirar las piernas hacia adelante mientras el tronco vuelve a inclinarse.
  • Se recomiendan 20 repeticiones y, al final, sostener la posición durante 20 segundos para reforzar abdomen y core.

Lo que me queda dando vueltas, después de revisar la propuesta, es algo que me parece importante decir con todas las letras: ninguna rutina, por buena que sea, reemplaza la consulta con un médico antes de empezar a moverse, sobre todo si hace tiempo que uno no hace actividad física, si toma medicación de forma crónica o si arrastra alguna dolencia articular. El sentido de estos ejercicios es preventivo y de mantenimiento, no un tratamiento para lesiones ni una manera de forzarse más allá de lo razonable. Dicho eso, la idea de fondo es muy humana y muy de sentido común: mover el cuerpo un rato cada día, en la propia casa, con lo que se tiene a mano, para que levantarse de una silla o cruzar la calle no se convierta en una proeza.

Eliana, vecina del departamento de al lado y que cumplió 63 el mes pasado, me lo dijo mientras tomábamos mate en la escalera, con esa sinceridad que aparece siempre después de los sesenta: uno no se da cuenta de lo que vale estar parado firme hasta que le cuesta. Acá, en el barrio, donde la rutina pesa y el tiempo apura, esa frase suena menos a consejo y más a recordatorio compartido.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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