Adentro del Malacara: una caminata por las entrañas de un volcán mendocino que cambió la vida de una familia criancera
En el paraje La Batra, a pocos kilómetros de Malargüe, la familia Quezada abrió las puertas de su campo para mostrar los pasillos internos del volcán. Lo que empezó como un trabajo científico de la geóloga Corina Risso se transformó en una salida turística que hoy atrae a visitantes.

Arrancamos la nota con la térmica que te quema la nuca apenas pisás el sur mendocino, ese sol que pega distinto en La Batra, y con la vereda de ripio que se pierde rumbo al volcán Malacara. Acá, a unos kilómetros de Malargüe, hay un campo donde la geología se cruza con la vida cotidiana de una familia criancera que un día decidió abrir las tranqueras y mostrar lo que tenían debajo de los pies, en el corazón del Malacara.
El Malacara es uno de esos volcanes chiquitos del sur provincial, pero lo que lo hace particular es que se puede caminar por dentro. Tiene tres cráteres en su parte alta, aunque desde abajo casi no se notan por la forma del terreno y por la vegetación que lo cubre, y conserva tres cárcavas que la erosión fue laburando con el correr de los años. El recorrido que hoy ofrece la familia Quezada, dueña del predio, atraviesa dos de esas cárcavas y suma una subida hasta un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo, allá lejos, como una mancha brillante en medio de la estepa.
Un paisaje amarillo y negro contado por la ciencia
Adentro del volcán la paleta de colores llama la atención: paredes onduladas, manchones de roca amarilla y depósitos negros que se desgranan al tacto. La luz entra por las aberturas superiores y el aire frío se mete por las grietas, así que uno pasa del calor de afuera al fresquito de las entrañas en pocos pasos. Esa mezcla de tonos no es caprichosa, y la explicación la aporta Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, que llegó al lugar en el año 2000 de la mano de Alberto "Beto" Quezada.
- El Malacara se formó por el contacto del magma con agua, posiblemente de una antigua laguna que ocupaba la zona.
- Esa interacción fragmentó la lava y alteró los materiales, lo que explica buena parte de las superficies amarillas que se ven hoy.
- Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y se acumularon materiales oscuros por encima de los anteriores.
- Mucho después, la erosión del agua y del viento abrió los corredores internos que hoy se recorren a pie durante la visita.
De campo criancero a destino turístico
La apertura turística cambió el uso de un sector del campo donde los Quezada criaban animales. En 2002, Risso presentó sus investigaciones en Malargüe y la familia empezó a trabajar con guías de la zona. Las primeras salidas, cuenta Beto, se hacían a caballo por senderos del propio predio, hasta que en 2006 una antigua huella petrolera dejó entrar una camioneta y después maquinaria para acondicionar el camino. Así, lo que empezó como un trabajo académico se transformó, de a poco, en una propuesta de turismo rural que hoy convoca a visitantes de toda la Argentina y del exterior.
“Esto antes era un campo más, criábamos animales y nada más. Cuando Corina empezó a estudiar el volcán y nos mostró lo que teníamos adentro, cambiamos para siempre.”Alberto "Beto" Quezada, administrador del predio
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