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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Cuando la cabeza juega una mala pasada: cuándo conviene pedir una consulta y por qué no hay que demorarla

Ver imágenes que nadie más ve, sentir que una habitación cambia de tamaño o sostener creencias firmes que afectan la vida cotidiana son motivos suficientes para ir al médico. Especialistas explican qué diferencias hay entre alucinación, delirio y distorsión, y cuándo conviene pedir una evaluación profesional.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · · 3 min de lectura
Cuando la cabeza juega una mala pasada: cuándo conviene pedir una consulta y por qué no hay que demorarla

El sol pega fuerte en la vereda y la gente camina con esa prudencia que impone el mediodía porteño, cuando hasta el aire parece pedirle permiso al asfalto. En la calle, mientras esquivo la sombra de un jacarandá, pienso en cuántas veces uno duda si lo que le pasa en la cabeza merece una consulta o si conviene dejarlo pasar, porque "no será nada" o "será el cansancio". La verdad, como aclaran los profesionales, es que hay señales que justifican largar el orgullo y sentarse frente a un médico.

No hace falta un diagnóstico para pedir ayuda

No hace falta tener un nombre en la cabeza para pedir una evaluación. Cambios repentinos en la visión, distorsiones persistentes del tamaño de las cosas o sensaciones físicas sin explicación son motivos suficientes. También lo son las creencias firmes sobre la propia salud o sobre las personas cercanas, cuando generan un malestar intenso y empiezan a complicar los vínculos de todos los días. La consulta, aclaran los especialistas, no es un paso definitivo: es un modo de ordenar lo que está pasando.

“A veces uno se queda esperando que el cuadro se defina solo, pero hay manifestaciones que no conviene dejar pasar porque comprometen la vida cotidiana y los vínculos.”Enrique Mansilla, médico psiquiatra

Tres palabras que no significan lo mismo

  • Distorsión: modifica la percepción de algo que existe, como sentir que una habitación cambió de tamaño o que los objetos están más lejos o más cerca de lo que realmente están.
  • Alucinación: supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca, por ejemplo ver una persona donde no hay nadie.
  • Delirio: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contra, como la convicción inamovible de que alguien cercano fue reemplazado por un impostor.

Ver lo que nadie ve no implica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica

Las personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas en el síndrome de Charles Bonnet y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. En esos casos, la evaluación suele incluir exámenes neurológicos y cognitivos, y en presentaciones atípicas se suman estudios de neuroimagen para descartar otras causas.

Cuando el cuerpo parece cambiar de tamaño

El síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos, mientras que las encefalitis predominaban en menores de 18 años. Por eso, cualquier alteración del tamaño aparente del cuerpo o del entorno necesita contexto clínico antes de pensar en un origen psicológico.

Creencias que afectan la vida cotidiana

Hay manifestaciones que comprometen las creencias sobre uno mismo o los demás. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y no deben leerse como conductas voluntarias. Los celos delirantes, además, no equivalen a los desacuerdos habituales de una pareja.

La piel también avisa

Cuando alguien siente organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación debe descartar primero una infestación real y otras causas médicas, antes de considerar un diagnóstico psiquiátrico primario. Entre las posibles causas aparecen déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento depende de lo que el cuadro clínico vaya develando.

En la redacción nos repetimos, como me decía mi vieja cuando era chico, que uno no tiene por qué entender lo que le pasa para animarse a pedir una consulta. Y a veces, como me lo resumió Daniela desde San Telmo mientras esperábamos el colectivo bajo el sol de las tres de la tarde, "ir al médico no es dramatizar, es cuidarse el primero". Tiene razón: en estos temas, el primer paso suele ser el más difícil y, también, el más importante.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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