Dos preguntas que separan lo propio de lo prestado a la hora de decidir
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio simple para distinguir qué decisiones nacen de convicciones personales y cuáles llegan heredadas de la familia, el entorno o la cultura. La idea, respaldada por un metanálisis, es que perseguir metas alineadas con los propios valores se asocia con más esfuerzo, más avance y mayor bienestar.

La tarde en Buenos Aires no da tregua. El asfalto de esta ciudad hierve después del mediodía, la brisa del río se hace desear y hasta la vereda parece exhalar un vapor finito que se pega a la camisa. Pero en medio de ese calor de manual, hay una pregunta que sobrevuela la cabeza de cualquiera que alguna vez se haya cruzado con la sensación de vivir un guión ajeno: ¿de quién es la vida que estoy viviendo? Y una segunda, todavía más incómoda, que suele caer como baldde de agua fría: ¿quién debería determinar cómo vivo? Las dos las puso sobre la mesa Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, y la idea es tan simple como útil para separar los deseos genuinos de las presiones familiares, sociales y culturales que muchas veces ni siquiera registramos.
El molde que llega sin que nadie lo pida
Acá en el barrio, basta con sentarse en un café de la calle Corrientes a escuchar cinco minutos de conversación para entender de qué se habla. En la mesa del fondo, un contador de 45 años le cuenta a un amigo que estudió Abogacía porque su padre era abogado, que se recibió sin chistar, que ejerce sin entusiasmo y que cada vez que le preguntan qué le gusta, se queda mudo. Como él, somos muchos los que transitamos un camino heredado sin haberlo discutido en serio. Bedzow, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, lo resume con una frase que duele por lo precisa: "Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo". Esa comodidad, advierte, puede llevar a vivir según un libreto prestado sin haberlo elegido jamás de manera consciente.
“La primera pregunta suele recibir una respuesta rápida. La segunda incomoda, porque obliga a reconocer que el rumbo no está fijado de antemano por nadie más y que la responsabilidad del timón, para bien o para mal, termina siendo de quien lo sostiene.”Ira Bedzow, filósofo y director del Emory Purpose Project
El planteo no es un llamado a volverse un ermitaño de las decisiones ni a despreciar la opinión del otro. Bedzow distingue con bastante claridad entre recibir perspectivas externas y entregarles el control. Hablar con un colega sobre una oferta de trabajo, escuchar a un amigo que cuestiona una suposición sobre una relación de pareja, pedirle a un hermano mayor que tire una primera lectura de un proyecto personal, todo eso puede revelar ángulos que uno no había considerado. La diferencia, insiste, está en quién toma la decisión final y desde qué criterios. Ahí es donde la cosa se pone en serio.
- Perseguir metas alineadas con los propios valores e intereses se asocia con más esfuerzo, más avance y mayor bienestar, según un metanálisis de Sezer y colaboradores.
- Las decisiones orientadas por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa tienden a generar el efecto contrario: más esfuerzo, pero menos satisfacción.
- La autorreflexión no es quedarse mirando el ombligo, sino examinar las razones por las que se elige lo que se elige, considerar alternativas y aprender de los resultados.
- Practicarla en decisiones de bajo riesgo, como un cambio de hobby o de rutina, fortalece el criterio para cuando las apuestas son más altas, como un cambio de trabajo o el inicio de una convivencia.
A esa mirada se suma la filósofa Susan Wolf, que aporta otro ángulo: el sentido no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. En criollo, la cosa va de preguntarse no solo qué quiero, sino si lo que quiero merece ser querido. Es la pregunta que, según Bedzow, muchos evitamos porque nos obliga a poner en la balanza no solo lo que nos gusta, sino lo que consideramos bueno. Y ahí, claro, entran valores, convicciones, y esa brújula íntima que a veces uno mismo se encarga de esconder debajo de la alfombra.
En mi caso, cada vez que me senté a escribir una nota larga o a armar un proyecto nuevo, volví a esas dos preguntas como quien vuelve a una receta de la abuela. La primera vez me incomodó de verdad. La segunda, ya con algo de práctica, empezó a ser una herramienta. No es magia ni iluminación, es gimnasia. Y como toda gimnasia, rinde más cuando uno la hace seguido y sin apuro, en la calma de un domingo o en la pausa del café de las seis, antes de que la noche de Buenos Aires invite a tomar decisiones importantes con la cabeza todavía tibia. Como me dijo una vez Marta, vecina de Palermo y docente jubilada, cuando le conté de qué se trataba el ejercicio: "Hijo, uno no se da cuenta de lo que carga hasta que alguien le pregunta por qué lo carga".
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