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El cuarto propio ya no es un refugio: las redes lo convirtieron en un set y los adolescentes lo saben

Paredes neutras, luces led y camas impecable: la habitación donde antes se ensayaba la intimidad hoy se ordena para una audiencia que casi nunca está conectada, pero que igual vigila. Especialistas consultados explican cómo se rompió el viejo pacto de la puerta cerrada y qué queda del margen para equivocarse.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acá en Buenos Aires el enero se hace largo, pero hay una postal que sobrevive al calor y las vacaciones: entrar al cuarto de un adolescente y encontrar el caos como de identidad. Pósteres pegados con cinta que se cae, una remera sobre la silla desde antes de la primavera, el diario íntimo escondido entre el colchón y la biblioteca y esa sensación de que ese territorio, justamente porque nadie lo miraba, era donde alguien se estaba armando. A mí, cada vez que me toca cruzarlo como cronista de esta sección, me vuelve a la memoria el de mi propia adolescencia, en un departamento de tres ambientes de Lanús, con un póster de Los Redondos que terminó ardiendo en una vela mal apagada.

Esa postal, según reconstruyeron especialistas a los que pude consultar para esta nota, se está extinguiendo. Los cuartos que hoy aparecen en TikTok, Instagram y YouTube difícilmente muestren singularidades o acumulaciones de objetos personales. En su lugar, paredes de tonos neutros, camas perfectamente tendidas y tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad, parece, no desapareció: se retiró del plano físico.

Del laboratorio al decorado

El sociólogo Erving Goffman, en una de sus observaciones más citadas, distinguió hace décadas entre el frente de escena, donde las personas sostienen una imagen ante los demás, y el espacio privado donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno, y quienes vivimos esa época lo sabemos porque ahí aprendimos a ser, justamente, cuando nadie miraba.

Ese pacto, advirtió para esta nota la escritora Sithara Ranasinghe, se rompió. La investigadora lo describe como una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida. El resultado, según su lectura, es un cuarto que deja de ser laboratorio de exploración para convertirse en decorado.

La cámara apagada también vigila

Lo más significativo, y acá viene lo que a mí más me inquieta, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento de quien lo habita: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia la estandarización. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible pero internalizada, que termina ordenando hasta los libros de la estantería.

  • Paredes de tonos neutros y luces tipo led que funcionan como set improvisado para filmar contenidos en cualquier momento del día.
  • Camas tendidas con precisión casi hotelera y escritorios despejados, como si esperaran la próxima toma más que el próximo estudio.
  • Paredes limpias de pósteres, recortes y fotos, lo que reduce las marcas de identidad personal que antes caracterizaban al cuarto adolescente.
  • Presencia creciente de muebles y objetos elegidos pensando en cómo se verán a través de una pantalla antes que en su uso cotidiano.

Florencia, mamá de dos adolescentes en un departamento de Palermo, me lo resumió con una frase que se me quedó dando vueltas: Antes el cuarto era de él, ahora parece de todos. La mujer me contaba, mientras tomábamos un café en la vereda de su casa, que su hijo mayor cambió tres veces la disposición del mobiliario en seis meses, siempre pensando en cómo iba a quedar en un reel, y que el menor, en cambio, se niega terminantemente a mostrar el suyo en redes, como resguardando un último rincón sin cámaras.

La adolescencia, conviene recordarlo, siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje y donde el desorden de la habitación era casi un síntoma esperable de un mundo interior en plena formación. La pregunta que dejan estos cuartos despojados, y que sobrevuela a los especialistas que pude consultar para esta nota, es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convirtió, sin que nadie lo firmara como decreto, en un set permanente. A mí, que me crié entre pósteres despegados y una puerta que mi madre sabía no abrir, la imagen me sigue resultando tristemente familiar: como si una generación hubiera decidido filmar, antes que vivir, los años en los que más se aprende a estar solo.

JR
Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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