La vereda de Roseti 93, donde el vinilo todavía se escucha de parado
En Chacarita, un galpón de 540 metros cuadrados reúne a vecinos que se juntan a escuchar un álbum entero, bailar house y discutir qué hacer con la inteligencia artificial, todo con el celular guardado en el bolsillo.

La tarde cae pesada sobre la vereda de Roseti 93, en Chacarita, y uno se acomoda en la puerta de Artlab con la sensación de estar haciendo algo que ya casi no se hace: quedarse quieto frente a un parlante. Acá, en este galpón de 540 metros cuadrados que funciona desde 2015, el tiempo se mide por la cara del disco, no por la pantalla del teléfono, y la música electrónica convive con el jazz, el arte audiovisual y una colección de ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7 fabricados en 1954, reliquias analógicas que, según su dueño, probablemente salieron de un cine porteño emblemático, aunque todavía no se pudo confirmar del todo de cuál se trata.
El responsable de armar este universo es Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, que con los años convirtió su obsesión por el sonido en un punto de encuentro para vecinos y curiosos. La idea madre es bastante simple y a la vez bastante revolucionaria para estos tiempos: escuchar música como se escuchaba antes, con cuerpo, con ambiente, sin la intermediación permanente del celular. Para eso, el espacio sostiene dos ciclos regulares que se convirtieron en el corazón de la propuesta y que, en la práctica, terminaron marcando la identidad de la cuadra.
Audiófilos y Círculo de Sonido, las dos mesas de siempre
El primero se llama Audiófilos y está pensado para quienes quieren escuchar un álbum completo, de punta a punta, sin distracciones. El programa puede ir desde Miles Davis hasta Pink Floyd, pasando por Invisible o Massive Attack, y se reproduce en vinilo, en CD o en archivos lossless, según qué formato rinda mejor para cada obra. El segundo, Círculo de Sonido, mantiene viva la tradición bailable del house con Solimano y otros DJs en consola, una excusa perfecta para sacudirse la rutina de la semana sin tener que ir a un boliche gigante lleno de gente que filma todo con el celular.
“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab
Este domingo, justamente, Artlab cierra la octava edición porteña del festival MUTEK, que nació en Canadá en el año 2000 y que Solimano trajo al país en 2018. La propuesta apunta a la música electrónica experimental, el arte audiovisual y las nuevas tecnologías, con una escala y un perfil muy distintos a los festivales masivos de género, esos recitales enormes donde la mitad del público mira el escenario a través de la pantalla. Acá la idea es otra: la experiencia se vive de cerca, con el oído atento y, si se puede, con los ojos bien abiertos.
María, vecina del departamento de al lado que suele pasar por Roseti 93 los sábados a la tarde, me lo dijo mientras esperaba que abriera la puerta con una bolsa de discos bajo el brazo: 'Yo vengo por el house, pero me terminé quedando con el hábito de escuchar los discos enteros. Te cambia la cabeza'. Esa frase, que parece menor, resume bastante lo que pasa adentro: la música deja de ser fondo de pantalla y vuelve a ser el centro de la escena.
Inteligencia artificial, vinilo y la pelea por prestar atención
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