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Por qué casi todos abandonan el propósito de año nuevo y qué hacen los que sí lo sostienen

Bajar de peso, dejar de fumar o empezar a moverse son metas que se diluyen en las primeras semanas. Especialistas y organismos internacionales marcan qué distingue a los que perseveran de los que bajan los brazos antes del tercer mes.

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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana · 8 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

La rambla de cualquier ciudad argentina a las siete de la tarde, en pleno febrero, todavía guarda ese calor espeso que se pega en la remera y no se va ni cuando sopla algo de viento. Es el momento del día en que, según cuentan los vecinos de San Fernando, se ve más gente caminando con auriculares que en cualquier otra esquina del conurbano. Y sin embargo, basta con volver a pasar por el mismo lugar un mes después para comprobar que casi ninguno de esos caminantes sigue en la ruta. Lo que pasa entre una foto motivadora de WhatsApp y la constancia del tercer mes es justamente lo que preocupa a quienes estudian el cambio de hábitos: la distancia entre la buena intención y la acción diaria, que es, como explica la educadora en salud Vicki Griffin, la verdadera trinchera donde se gana o se pierde la pulseada.

El primer enemigo no es la voluntad sino la formulación de la meta

Carlos, vecino de Pilar y contador de oficio, lo resume con una frase que repite cada vez que arranca una dieta: yo quiero bajar veinte kilos. Y ahí, según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, es donde empieza el problema. El organismo recomienda traducir el deseo en un plan con objetivos específicos, medibles y acotados en el tiempo. Una revisión publicada por los Institutos Nacionales de Salud norteamericanos refuerza esa idea: cuando la meta está formulada con precisión, fijar el criterio para medir los avances deja de ser un acto de fe y pasa a ser una herramienta concreta. La Asociación Estadounidense de Psicología da un paso más y pide dividir los cambios en tramos manejables, un comportamiento por vez, porque la cabeza humana soporta mal los paquetes de transformaciones simultáneas.

El ritmo lo marca el cuerpo, no el afiche de Instagram

La Organización Mundial de la Salud lo dice con una frase que parece pensada para aplacar la culpa del que todavía no empezó: cualquier cantidad de actividad física es mejor que ninguna. Para los adultos, la referencia queda en 150 a 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, un número que sirve de brújula pero que, aclaran los especialistas, no tiene por qué cubrirse de un día para el otro. El neurocientífico Karl Bailey aporta la otra pieza del rompecabezas: el cerebro conserva capacidad para reorganizar circuitos y acompañar nuevas conductas durante toda la vida adulta, de modo que el argumento del ya estoy grande para cambiar no tiene asidero biológico. Lo que sí tiene asidero, y mucho, es la paciencia para consolidar un hábito antes de sumar otro.

Tropezones no son abandonos

Acá, en mi experiencia covering historias de vecindarios del Gran Buenos Aires, hay algo que se repite en cada persona que dejó de fumar o de comer de noche: la primera vez que fallaron no pensaron en retomar, pensaron en tirar la toalla. Por eso Griffin propone resignificar el error como una señal para revisar la estrategia, y la Asociación Estadounidense de Psicología coincide en que los deslices ocasionales son esperables y la clave está en retomar el plan sin convertir una interrupción en abandono definitivo. La literatura sobre cambio de conducta sugiere, además, ajustar las metas cuando dejan de ser viables en lugar de abandonarlas, algo tan simple como bajar la cantidad de minutos semanales o cambiar el horario del entrenamiento cuando la vida real lo exige.

El entorno decide más que la fuerza de voluntad

Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades sugieren acciones muy concretas para rodearse de apoyo: compartir los objetivos con personas de confianza, caminar o cocinar en compañía y hablar abiertamente de los obstáculos que van apareciendo en el camino. La Asociación Estadounidense de Psicología refuerza esa línea al señalar que involucrar a familiares, amistades o grupos de apoyo refuerza la motivación y crea responsabilidad compartida. Repetir la conducta en horarios y contextos estables es, según los mismos organismos, lo que termina convirtiendo al ejercicio o a la cena liviana en rutina y no en excepción. La Organización Mundial de la Salud cierra el cuadro con una mirada amplia: las conductas de salud se construyen en la vida cotidiana, a través de alimentación equilibrada, movimiento regular y menos sedentarismo, que es justamente el tipo de recomendaciones que uno escucha en la verdulería de la esquina cuando le pregunta a Marta, vecina de San Isidro, cómo hace para mantenerse activa después de los sesenta.

“Cuando uno se cae, no es el momento de dejar de caminar; es el momento de revisar por qué se cayó y seguir.”Vicki Griffin, educadora en salud
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Javier RiverosSociedad y vida cotidiana

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