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Miércoles, 21 de octubre de 2026
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Zárate en plena ebullición: Quilmes pone tres millones de dólares sobre la mesa para empujar el segmento de cervezas sin alcohol

La planta cervecera incorporó una dealcoholizadora y maquinaria para variantes sin gluten y sabores frutales. Desde 2024, el segmento 0.0 triplicó su participación en el mercado argentino y ya representa el 3% del total de cervezas que se venden en el país, con precios en góndola similares a las premium convencionales.

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Hugo ElizondoVitivinicultura y campo · · 6 min de lectura
Zárate en plena ebullición: Quilmes pone tres millones de dólares sobre la mesa para empujar el segmento de cervezas sin alcohol

Les cuento de entrada cómo viene la mano en Zárate: arranca una jornada templada, con esa brisa que suele colarse desde el río Paraná y que en esta época del año ya empieza a sentirse más pegajosa que fresca, y eso importa porque en una planta cervecera cada grado de temperatura y cada punto de humedad cuentan a la hora de mantener estables los procesos de fermentación y filtración; en ese marco, la gente de Cervecería y Maltería Quilmes decidió redoblar la apuesta por un segmento que hasta hace poco parecía un capricho de nicho y que hoy, me animo a decir, ya se instaló como una categoría con peso propio dentro del consumo masivo de los argentinos.

Una inversión que reconfigura la planta

La compañía destinó tres millones de dólares a modernizar su planta industrial de Zárate, ubicada a menos de cien kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, con un objetivo muy concreto: producir localmente cervezas sin alcohol, sin gluten y variedades frutales, dejando atrás la etapa en la que buena parte de esos productos había que importarlos o elaborarlos en otras unidades del grupo fuera del país, y para eso incorporó una dealcoholizadora, que es el equipo encargado de retirar el alcohol sin destruir los aromas ni la estructura original del mosto, y readaptó distintas líneas de envasado para poder responder a tres formatos de demanda que, hasta acá, venían creciendo en paralelo pero sin una oferta industrial integrada.

La tecnología que se puso en marcha en Zárate combina, según me explicaron quienes conocen el proceso de punta a punta, una etapa de destilación a baja presión con el uso de levaduras especiales que consumen los azúcares residuales sin generar alcohol, de manera que el producto final conserva cuerpo, espuma y ese perfil de sabor que el consumidor argentino ya identifica con una cerveza tradicional, y eso se nota cuando uno revisa la góndola y se encuentra con que hoy la planta ya embotella y envasa en lata Quilmes 0.0, Corona Cero y Stella Artois 0.0, además de otras dos líneas con las que el grupo busca ocupar los flancos del segmento.

El segmento 0.0 ya mueve el 3% del mercado

Para dimensionar lo que está pasando, vale una cifra que la propia empresa repite cada vez que presenta sus números: desde 2024, el segmento de cervezas sin alcohol triplicó su participación dentro del total del mercado cervecero argentino y hoy representa aproximadamente el 3% de las unidades que se venden en el país, lo que significa que de cada cien cervezas que pasan por la caja del supermercado o del kiosco, tres ya son 0.0; dentro de ese universo, hay una marca que lleva la delantera y es Corona, ya que según datos de la propia cervecería una de cada diez unidades de Corona que se comercializan en Argentina corresponde a la versión sin alcohol, un dato que a mí, como observador del consumo, me parece uno de los más elocuentes de los últimos tiempos.

Cuando me adentro en los números de precio, que es donde la teoría se choca con la realidad del bolsillo, encuentro que las cervezas sin alcohol hoy se ubican en niveles comparables a los de las cervezas premium convencionales, ni más baratas ni más caras, lo que ayuda a entender por qué el consumidor las mira con menos prejuicios: una lata de Quilmes 0.0 de 473 mililitros ronda los 2.400 pesos, una botella de Stella Artois 0.0 de 330 mililitros se consigue cerca de los 2.100 pesos, y un pack de seis porrones de Corona Cero de 330 mililitros sale alrededor de los 16.900 pesos, lo que lleva cada unidad a unos 2.800 pesos, valores que, considerando la inflación acumulada del último año, no parecen estar tan lejos de lo que se paga por una lager premium clásica.

Sin gluten, sabores frutales y quién las toma

En el rincón sin gluten, la historia arrancó hace algunos años en Tucumán y hoy también se produce en Zárate, donde se embotella Michelob Ultra, primera cerveza sin gluten elaborada localmente, a un precio aproximado de 2.600 pesos por lata de 473 mililitros, y se suma Stella Artois Pure Gold, la segunda opción libre de gluten dentro del portafolio del grupo, una variedad que apunta a un público que, además de moderar el consumo de alcohol, necesita evitar esta proteína por razones de salud; en paralelo, en el último tramo se incorporaron dos cervezas dulces que ya están empezando a aparecer en las góndolas, como Brahma FT, con notas de limón y pomelo, a 2.129 pesos el pack, y Flying Fish, una marca de origen sudafricano que combina cerveza con jugo de limón y se vende a unos 2.900 pesos por unidad, dos lanzamientos que ensanchan la categoría por el lado del sabor y no por el de la quita de alcohol.

A mí, lo que más me interesa destacar de toda esta movida es el perfil de consumidor que la empresa misma describe, porque rompe con el mito de que la cerveza 0.0 es para alguien que no toma cerveza: según los datos que manejan en Quilmes, el 85% de quienes eligen una sin alcohol también consumen cerveza convencional en otras ocasiones, y dentro del universo de bebidas sin alcohol, las cervezas ya representan el 68% del volumen, lo que confirma que esta categoría no reemplaza a otras sino que les pisa cada vez más fuerte el segmento a las gaseosas, las aguas saborizadas y los jugos listos, algo que incluso los analistas de consumo masivo venían anticipando en sus informes de los últimos dos años.

De la hilera a la góndola: lo que falta del lado del Estado

Si me permiten cerrar esta columna con una mirada más amplia, lo que está pasando en Zárate confirma que las grandes cerveceras están leyendo bien el cambio cultural que se dio en la mesa de los argentinos, sobre todo entre los adultos de cuarenta a sesenta años que son los más preocupados por moderar el consumo de alcohol sin resignar la experiencia social de tomarse una cerveza, y eso explica por qué Quilmes decidió invertir en una planta que ya estaba operativa desde 1992, con ocho líneas de producción, en lugar de abrir un nuevo establecimiento; sin embargo, y acá viene el llamado de atención que no puedo dejar de hacer como analista del campo y de la industria, todavía quedan varios temas sin resolver del lado del Estado, porque mientras la empresa invierte tres millones de dólares para innovar, el sector vitivinícola y el de bebidas en general siguen esperando una ley de modernización tributaria, una actualización del régimen de promociones industriales y una definición clara sobre los gravámenes que pesan sobre los envases retornables, tres temas que, como bien sabe cualquier productor de la zona núcleo, son los que terminan definiendo si estas inversiones quedan en un buen anuncio de prensa o se traducen en más trabajo registrado, más proveedores locales y más competencia sana en las góndolas de todo el país.

HE
Hugo ElizondoVitivinicultura y campo

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